A diez años de República Cromañón, el periodista de Crónica, Javier García, cuenta por primera vez de manera pública y con lujo de detalles cómo sobrevivió la noche de la tragedia
No voy a decir que no es un ejercicio doloroso rememorar cómo salí aquel 30 de diciembre de 2004 de las entrañas de República Cromañón. Sí, de las entrañas, porque lo que era un lugar más para recitales y demás, se terminó convirtiendo en un monstruo que a fuerza de fuego, pero sobre todo de humo venenoso, fue devorando la vida de 194 personas. Y se llevó la de otras tantas en estos 10 años.
Yo tenía 19 años cuando República Cromañón me puso de cara a la muerte. No tomaba ni fumaba, pero sí me divertía yendo a recitales. No jodía a nadie. Ni yo ni mis amigos. Ni ninguno de los miles que estábamos ahí adentro, haciendo la previa de lo que sería el comienzo de un nuevo año. El lugar estaba lleno como pocas veces, y había bengalas, como siempre. Como en cada show de esa época. Las bengalas no eran sólo potestad de Callejeros, pese a que la opinión pública así se empeñe en creerlo.
Como cada vez que Callejeros estaba por salir a escena, sonó “Ji, ji, ji”, de los Redondos y el pogo ganó cada centímetro del lugar. Mientras, las cervezas iban y venían, porque el calor era agobiante. Recuerdo que decidí correrme unos metros del vallado -dónde siempre iba- porque me parecía que el calor era excesivo. Y las bengalas no paraban de ganar el espacio, iluminando el interior del boliche. “Hijos de puta, paren con las bengalas. Porque si acá se prende fuego no sale nadie. Nos vamos a morir todos como en Paraguay”, tronó la voz de Omar Emir Chabán, aleccionando a las masas. Y, por supuesto, enajenándolas más. Éramos todos pibes, adolescentes, rebeldes sin causa…¿En serio Chabán creía que así nos iba a calmar? Bueno, no funcionó.
Callejeros salió igual, el show comenzó con “Distinto”, el tema que abría “Rocanroles sin destino”, el disco que se presentaba esa noche. No sé cuánto fue. Un minuto. Minuto y segundos, cuando, de repente, desde el techo apareció una bola naranja incandescente…Como una especie de “sol” en la oscuridad del boliche. Y los primeros gritos. Y el primer caos. Y la primera estampida. Y el primer no saber qué carajo estaba pasando.
Retrocedí. Impulsado por la gente, y por mi propio instinto de supervivencia. Había que llegar a la puerta, como sea. De pronto, me atasqué. No se podía avanzar más. La gente, desesperada, buscando entre otros cuerpos transpirados el contacto con el amigo, el hermano, el primo, la pareja o con quién hayan concurrido. No había espacio. Callejeros ya había desaparecido en el escenario. Luego reaparecería, cuando todo ya era dantesco en el lugar.
Me puse la remera que tenía -una de la selección, truchísima, que decía “Callejeros”- a modo de improvisada máscara, buscando ahí adentro, en el espacio entre mi pecho y mi boca el aire que ya se estaba yendo del lugar, reemplazado por el veneno tóxico que escupía la mediasombra del lugar. Y, de pronto, se apagó la luz. Se cortó. Se volvió todo negro. Y escuché la oleada de gritos más escalofriante de mi vida. Estábamos solos. Solos y en la penumbra. Solos y asustados. Yo pensaba que no me podía morir ahí adentro. No tenía chance de permitirme eso. Me aferré a pedirle a mi viejo -que había muerto en 2001- que me sacara de ahí, que me ayudara, pensé en mi mamá y en mi hermana. En ellas y en que no podía dejarlas solas. Así y todo, más que pensar, yo no podía hacer nada. Estaba atascado, escuchando como la intensidad de los gritos se iba apagando. Estaban cayendo como moscas. El humo, el veneno, la asfixia, estaba acallando las voces. De pronto, la pila humana en la que yo estaba metido, cedió para un costado. Mantuve el equilibrio y empecé a andar adonde yo sabía que estaba la puerta. O dónde creía que estaba. El quemarme con un hierro, que era de dónde estaba el sonido, me confirmó que la dirección estaba bien. Más aún cuando adelante mío vi un haz de luz. Un haz de luz que era un portón abierto de par en par -el único-. Un portón se veía como una rendija. Así de oscura era la oscuridad de Cromañón. ¿Qué pisé para salir? Esa fue una de las preguntas que me hizo la psicóloga… Y no supe qué responderle. Sólo sé que haya pisado lo que haya pisado, la supervivencia, mi familia y mis ganas de no morirme ahí, pudieron más. Y cuando llegué a la rendija-portón, tuve que casi que saltar una pila de cuerpos, algunos ya inconscientes, otros lesionados en las piernas, otros aplastados, otros gritando. Ignoré todo eso y pasé. Afuera, sobre Mitre, se había instalado el infierno.
Corridas de quienes podían correr, mientras otros, como yo, deambulaban y empezaban a escupir el hollín que se había instalado en nuestras vías respiratorias. Yo concurrí a Cromañón con nueve amigos. Nueve. No murió ninguno. Pero fue un suplicio de dos horas hasta que encontramos del primero al último. La gente gritaba nombres al cielo, lloraba desgarradoramente, otros, a los que la muerte ya les había anticipado que jamás olvidarían esa noche, estaban tirados en la calle, con la mirada perdida, llorando a quien se acababa de ir. No aguanté mucho todas esas escenas. Encontré a algunos de mis amigos, y salí rumbo a Rivadavia. Doblé por Jean Jaures. El estruendo de las sirenas era insoportable. Un ruido ensordecedor, que hacía más palpable mi aturdimiento. Así y todo jamás imaginé que ahí adentro se iban a haber muerto, cuando llegué el 31 de diciembre, 194 personas.
Llegué al estacionamiento del McDonalds de Rivadavia y Jean Jaures. Ahí nos dimos cuenta que, para abrir el auto, precisábamos las llaves que habían quedado dentro de una riñonera que se había perdido en la batalla por salir de Cromañón. Pedí un celular prestado a uno de los tantísimos vecinos de Once que oficiaron de psicológos, médicos, primeros auxilios y contención y llamé a mi mamá. No sabía nada ella. La tranquilicé, le dije que se había incendiado el lugar pero que yo y los chicos estábamos bien. Pareció tranquila. Y yo me tranquilice mucho más. Apareció, no sé aún de dónde, la riñonera y pudimos abrir el auto. Agarré mi celular, 50 llamadas perdidas, no sé cuantos mensajes, varios buzones de voz. Ahí me di cuenta que estaba pasando algo realmente grande.
Volví a la esquina y tuve que contener a una chica que no encontraba a su hermano. Mientras, mis amigos seguían apareciendo. Algunos caminando, otros rengueando, otros directamente cargados entre cuatro. Todos vivos, por suerte. El hermano de esta chica finalmente apareció. Otros no tuvieron tanta suerte. Cada tanto, cuando volví a Mitre para ver si encontrábamos al último de nosotros que aún no habíamos visto, un grito rompía la noche en mil pedazos. Era un alarido desgarrador, ya incluso de muchos padres que se habían llegado hasta allá, que asistían al horroroso espectáculo de un hijo muerto. O un amigo. O alguien querido.
Sobre Mitre, unas cuadras para el lado de Medrano, dónde varías líneas de colectivo tenían su terminal, había morgues a cielo abierto. Los cuerpos se alineaban, uno al lado del otro. Y los padres que no encontraban a sus hijos terminaban llegándose hasta allá, para ver sí ahí estaba. Me fui rápido de Mitre, me senté sobre el McDonalds, en la vereda, mientras las ambulancias iban y venían, los autos improvisaban ambulancias y los colectivos, funcionaban como transportes comunitarios al Hospital Penna o algún que otro cercano. Yo llamé a un amigo mío que no había ido y, como sabía que estaba con su padre, le pedí que me fuera a buscar. Me dijo que sí. En esa hora que habrá tardado mi amigo, yo no paraba de escupir negro. Y de toser. Tosía y escupía. Varios de los chicos que habían ido conmigo ya se habían ido, algunos incluso al hospital. Yo no quería saber nada, ni con ambulancias, ni con hospitales.
Mi amigo llegó, me abrazó y me dijo: “Qué susto que me diste, la concha de tu madre, Gordo” y me obligó, en realidad su papá, a que vaya a oxigenarme. Le tendré que agradecer siempre, pude haberme muerto esa noche. Se me partía la cabeza, y era por la intoxicación que tenía. Si no me hubiese oxigenado, tal vez me hubiera muerto durmiendo. Por suerte no fui tan cabeza dura.
Mi mamá me llamó de nuevo, dos, tres veces. En cada contacto, más nerviosa. Había puesto la tele y se había dado cuenta que no era un simple “incendio”, sino que se trataba del infierno en la tierra. Y me quería de nuevo en casa, con ella. Llegué a mi casa a las 4 de la mañana. Todo sucio, con mi nariz casi negra, escupiendo negro petróleo, con la camiseta y el pantalón desgarrados por los tirones dentro del lugar para salir y con una zapatilla menos. Pero vivo.
POR: GRUPO CRÓNICA
Por Javier García











Comentarios de Facebook