GLORIETA
Ahí, justito detrás del monumento a San Martín, en la plaza de Baradero, sobre uno de los senderos interiores de polvo de ladrillo, existía la glorieta que era usada por una notable pareja de novios de la ciudad.
Esta exclusividad sobre el lugar se mantuvo durante mucho tiempo y sólo les faltaba escriturarla por posesión veinteañal.
A las demás parejas ni se les ocurría sentarse, ya que aceptaban tácitamente este dominio.
Se trataba de una glorieta tradicional: la parte trasera y los laterales estaban cubiertos por una tupida trama de jazmín, que coronaba una enramada por encima del banco. Su flanco vulnerable a los ojos inquisidores era el frontal. Allí había que controlar.
La parejita llegaba cada domingo a las 20:20, cuando finalizaba el cine y la plaza estallaba de gente, previo paso por la vidriera de Albi para ver las fotos de los casamientos y chusmear los vestidos de las novias.
En los angostos veredones de la plaza pegados a la calle, caminaban del brazo, con recato, los noviazgos ya consolidados, cuatro años para arriba.
Por el amplio camino principal, flanqueado por hermosos jacarandás, desfilaban en grupo centenares de chicas hacia la izquierda y varones hacia la derecha. Toneladas de hormonas masculinas y femeninas girando en sentido contrario en estado de ebullición.
En la vereda de enfrente, sobre la calle Oro, los padres ocupaban las mesas de Marconi, el Sportman y el Hotel de las Naciones, con un ojo puesto en las aceitunas de la picada y el otro en la nena que daba la vuelta al perro en la plaza.
La novia se vestía algo anticuada para la moda de la época. La minifalda hacía furor, pero ella se empeñaba en usar unas polleritas tableadas que apenas mostraban la rodilla.Él, alto y delgado, empilchaba clásico, elegante sport, un interminable saco con pitucones en los codos y un escudito del Club Sportivo en la solapa.
Era hijo de un pequeño empresario local, del cual había heredado cierto donaire al caminar y unos prematuros pelos en las orejas, al igual que sus hermanos.
Tenía la costumbre, casi obsesiva, de tender sobre el cemento del banco su pañuelo de mano para que ella se sentara. Se empecinaba con que las rayas del pañuelo quedaran en forma paralela al borde del asiento y durante largos segundos lo retocaba una y otra vez hasta lograr la simetría perfecta. Muchas veces, ya sentados, seguía tironeando de las puntas del pañuelo porque no lo conformaba la alineación rayas-borde. También ponía un cuidado especial en que las iniciales, bordadas por ella, quedaran hacia atrás. Iniciales que eran la única destreza adquirida en las clases de actividades prácticas del colegio de monjas y que exhibía orgullosa como si fuera parte de la dote.
Ella, en tanto, usaba el pañuelo para los menesteres de pañuelo y lo guardaba femeninamente doblado en el puño de su camperita strech.
Un intenso aroma a jazmín daba al ambiente un excitante clima romántico, que no coincidía con las conversaciones de la pareja. Él acaparaba la charla con largos monólogos sobre la nada y el Turismo de Carretera. Nadie entendía la paciencia de ella, que hacía esfuerzos enormes por mantener la cara de atención, mientras de reojo disfrutaba lo que ocurría en el entorno. De poder elegir, hubiese preferido sentarse en un lugar más sociable. Más cerca de donde se definían los nuevos noviazgos, donde poder apreciar la ropa que lucían sus compañeras de colegio.
En fin, comenzaba a sentirse harta de ese aislamiento de cada domingo.
Lo único que parecía alterar el ánimo del novio era cuando en la propaladora de Panzero sonaban Los 5 Diamantes. Los parlantes inundaban la plaza con los discos de moda, pero un tema en especial lo ponía con cara de ternero degollado los tres minutos que duraba la canción: “Eres luz de mi vida, fuego de mi corazón y al recordar tus caricias se enciende mi sed de pasioooooón…”
Luego, vuelta a la normalidad.
Anduvieron de novio muchos, pero muchos años, señal estadística de que esto iba encaminado a un casorio inexorable. Pero no se dio, aunque parezca mentira, no se dio. Cupido también se aburrió de los monólogos y el Turismo de Carretera, erró el flechazo y se lo embocó al cóndor de la pirámide del centro de la plaza.
Un domingo de setiembre ya no volvieron juntos. Sí, recuerdo que era en setiembre, porque en el baile de la primavera andaba cada uno por su lado. Tampoco bailaron con nadie, por mutuo respeto.
La glorieta quedó vacía. Una semana, dos semanas, meses… Nadie se animaba a ocuparla porque podía tratarse de una pelea de novios pasajera y ninguna pareja quería que la gente se sorprendiera al notar nuevos inquilinos. Lo que uno menos quiere en una glorieta es, precisamente, llamar la atención. No sé si me explico.
En las ciudades pequeñas los noviazgos largos que resultan truncos son inadmisibles, si los motivos del final no son conocidos y justificados cabalmente. Por eso surgen las conjeturas, como manera de cerrar lo inconcluso, de tapar los huecos. Las salas de espera de peluquerías y dentistas se llenan de versiones.
Algunos cuentan que el novio era muy de derecha recalcitrante y la muerte del Che lo sorprendió con comentarios de ella muy apasionados, que a cada ataque rebatía con admiración: “- no lo amo por sus ideas políticas sino porque murió por sus ideales.”
Era el acabose. Ni sus amigos y menos su familia soportarían una novia comunista. Sería difícil pasearse o entrar al Ateneo con una bolche del brazo.
¿Comunista ella? cuyo único atrevimiento fue tener una foto del Che, oculta entre el forro y la tapa del cuaderno.
¿Comunista ella? que más de una vez masticó bronca, sin atinar a responder palabra, cuando su padre atacaba ferozmente la revolución cubana en charlas de sobremesa.
Otros afirman que las razones fueron menos profundas: que el padre de la novia era hincha furioso de Atlético y un gol en off-side del Negro Montaldi, desencadenó una discusión y trifulca familiar memorables, según un vecino, hasta voló un sifón.
La mayoría cree que, en realidad, se aburrieron mutuamente. Ella de los largos monólogos. Él, de la mirada ausente.
Hoy la glorieta ya no existe, ni siquiera rastros. Sólo queda el banco de cemento, desnudo, sin la gracia de otrora.
Pero algunos dicen que los domingos de luna llena, cuando la plaza queda solitaria, suelen ver una imagen, ahora descolorida, de los novios sentados, charlando como antes, en un envolvente aroma a jazmines.
Seguro que son ellos, porque todos refieren al escudito de Sportivo y la camperita stretch.
Los que han llegado a escucharlos afirman que sus conversaciones son antiguas y cuando aguzan el oído perciben de fondo, claramente, la voz de Juan Humberto, el cantante de Los 5 Diamantes.
Alguna vez consulté sobre esta cuestión de las apariciones al japonés Hokama, por tratarse de quien más ha vigilado la plaza en los últimos sesenta años. Antes desde el Café de Viale, ahora desde las mesas de Pelecho. Sin duda, una opinión autorizada.
Con su paciencia oriental tardó un largo rato en responderme y luego de sopesar cada palabra, como quien está a punto de hacer una gran revelación, me dijo lacónico: -“Están todos en pedo.” Y siguió en lo suyo sin lugar a repreguntas.
No hay manera de probarlo.
Para mí que son leyendas de pueblo.
Aunque a veces no estoy tan seguro, porque esas imágenes difusas, que muchos creen ver, demuestran que este romance dejó algo en pena.
Vaya a saber.
Jorge Romero













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