
La revolución tecnológica de la cual somos contemporáneos, nos permite acortar tiempos y distancias, pero no deja de ser una herramienta que mas allá de la ficción aun está muy lejos de poder aplicarla a los sentimientos.
Cuando se trata de reconstruir nuestra historia, la historia de los abuelos inmigrantes, es necesario estar, conocer lugares y personas, experimentar aromas, sabores, sonidos. Bucear en cada uno de ellos hasta reconocerlos como propios y encontrarse con un montón de momentos olvidados de nuestra niñez .
Por diversas razones, algunas reales otras excusas, Lucy fue postergando año tras año esa necesidad interior de reencontrar sus raíces, de sentirlas. Todo lo que su abuelo le había contado no alcanzaba, lo recordaba con añoranza e imaginaba que en un rincón del mundo estaba ese lugar para saldar esa deuda de corazón.
Su hijo, fue quien se encargó de investigar en internet, de informarse, de ir preparando todo para, sin la certeza de lograrlo, unir nuevamente esos lazos de sangre tan importantes para su madre.
Su hija Gilda, sus amigos Lucas y Hugo, armaron el viaje casi sin que se entere por miedo a que lo rechazara. Unos días más tarde estaba parada frente al mar en el puerto de Nápoles, experimentando en parte lo mismo que sintió su abuelo a principios del siglo XX cuando con una valija como único elemento, tomó ese barco que lo llevaría hasta América.
Lucy Capucee (Capucci), es baraderense y como para tantos argentino su ascendencia directa es inmigrante.
La italiana es el movimiento migratorio más numeroso e importante que recibió la República Argentina. Unos tres millones de italianos llegaron a nuestro país, desde 1814 hasta 1970 llegaron contingentes de inmigrantes de todas las regiones de Italia. El flujo migratorio alcanzó su pico máximo, estos inmigrantes provenían primordialmente del sur y centro italiano, principalmente de Calabria, Sicilia, la Campania, Apulia, los Abruzos y Molise.
“La intención del viaje tenía dos motivos muy fuertes para mí que era la visita al Vaticano, poder asistir a la audiencia papal y también poder disfrutar el origen que siempre uno tiene guardado en la memoria, cosas que el abuelo contaba y las tristezas trasmitidas en los relatos de la familia sobre la despedida y el no poder volver nunca más». Comienza relatando Lucy, quien aun conmovida por todo lo vivido remarca la valentía de aquellos hombres y mujeres;
«La verdad que fue maravilloso poder evaluar después de tantísimos años lo corajudo, lo hermoso que tenían de aventurero fiel, lo grande que eran como personas. Uno hoy con un avión y con una tarjeta de crédito gasta tanto a veces por miles de cosas en reconstruir la historia y ellos se vinieron hacer una nueva historia sin nada- vinieron en un barco con una valija- y la verdad que encontrarme en un pueblo, reconocerme en gente que nunca había visto en mi vida fue una experiencia que realmente no pensé que iba a pasarme jamás».
El plan de viaje carecía de plan, quizás imitando inconscientemente a sus antepasados;
«Nosotros llegamos a Roma buscando precios, sin ningún plan y de ahí fuimos a Nápoles. Mi abuelo vino de una provincia llamada Iserrnía, que está en el centro del país, a ciento cincuenta, ciento ochenta kilómetros al sudeste de Roma.
Yo tenía como recopilación de historias- yo era muy chica cuando mi abuelo murió- y lo que yo tengo son vagos recuerdos, pero cuando trate de reconstruir la historia me dijeron que él había salido de un puerto que se llamaba Pescara– que esta sobre el Adriático–
El primer contacto con un familiar lo hago en Nápoles, Luciano mi hijo- el gran aglutinador de la familia-él fue el que hace muchísimos años empezó a rastrear y lo hizo a través del Intendente de Poggio Sannita, un pueblo de 800 habitantes declarado y que en realidad viven 300 y llegué, porque estando en Nápoles conversando con otra parienta me dice de acá salió el abuelo, a lo que yo le pregunto ¿cómo no salió de Pescara? y me dijo no contundentemente, para luego dar sus validos argumentos; yo soy la autora del libro de recopilación histórica sobre la emigración de los Italianos hacia el mundo, no me podes decir a mí de donde salieron- salió de Nápoles- o sea que casualmente había llegado al mismo lugar de donde mi abuelo había salido hacia América».
Parada frente a la inmensidad del mar, con la cara humedecida por los vientos de agua y las lagrimas, Lucy se encontró de repente sintiendo, viendo y oyendo lo mismo que el abuelo. En ese preciso instante los tiempo se acortaron y sintió que ese lugar no le era tan ajeno, había algo en su interior que la ligaba a esa tierra;
«Desde allí emprendí un viaje al pueblo Poggio Sannita, fui con mi hija, vos no sabes lo que fue llegar a ese pueblo, son cosas que uno no espera que le pasen en la vida, cuando llegue y me encontré con todos los parientes parecía que estábamos en una película.
Fue increíble, la gente estaba tan feliz de vernos, es como que sentían que volvía parte de esa gente que alguna vez se fue. Nos citaron de la intendencia, nos esperaron con la banda en el despacho y nos sacamos la foto protocolar. Sentí por momentos como si no hubiera estado fuera de mi país, me faltaba el mate nomás, con esa apertura de abrirle la puerta al visitante que éramos nosotros».
El relato continua y emociona, su historia trasciende lo personal;
«Encontré un primo de mi papá que tiene 96 años, algunas cosas me recreó, pero el pueblo se vino en barco, el pueblo quedó vacío por lo barcos, de hecho la esposa del primo de mí papá que todavía vive – una señora de unos 90 años- era la esposa del carrero que llevaba a quienes iban a tomar los barcos, al lugar de donde salieron, y siempre recuerda la tristeza que causaba el ver al vecino que se iba y que no volvía a ver más. Era una época donde no había futuro en Italia, se iban por hambre, que son los que hicieron en gran parte la historia de la Argentina.
Las mujeres con los pañuelos negros en el pueblo cantaban, nos saludaban, y nosotros les gritábamos nosotros siamo lucia de Argentina, de Capucci, Capucci le gritaban del otro balcón, yo decía no es cierto, porque yo eso lo había visto en las películas pero nunca en vivo entonces éramos mezcla de sonrisas y lagrimas- porque también llore-porque yo tenía un vinculo muy, muy cercano con mi abuelo, no era un abuelo cualquiera y también siento que es algo de mi familia porque mis hijos también con su abuelo han tenido un pegotismo especial, fue algo muy importante en mi vida.
Por si todo esto fuera poco, les aguardaba en la iglesia de «Poggio Sannita», una historia más;
«También tuvimos una historia en una iglesia en la que casualmente- nada es casual- cuando yo entre a ese lugar en una de las esquinitas había una Virgen de Lujan, yo digo hay la virgen de Lujan, mi prima me mira como diciendo <la Virgen de Lujan no debe ser una virgen de acá>, después cuando hablo con el cura él me cuenta que quien entronizo esa virgen es una mujer que tenía aquí en la Argentina un sobrino muy enfermo y la familia le hizo mucho ruego a la Virgen de Lujan y les mando esa imagen para que la pongan en el pueblo, entonces ese pueblo tiene una Virgen de Lujan.
En el pueblo estuve cuatro días, pero continuo el contacto, seguimos comunicados por los medios que actualmente existen, me queda la esperanza de que puedan venir».
Terminando la entrevista Lucy Capucee, remarca que el viaje siempre lo quiso hacer de la manera que salió, lejos de guías de turismo y el estrés de correr de un lado para el otro;
«El viaje ya fue así sin rumbo, sin saber dónde íbamos a parar cada día, cada noche en el hotel pensábamos al otro día que íbamos hacer y a dónde íbamos a salir con la valija, fue todo muy lindo y dentro de eso estaba esta historia de reconstruir el pasado, pero con otro estilo, yo quería que fuera sin tanto protocolo».
Lamento que no hay viajado mi hijo Luciano porque él fue el que había armado el hilo conductor de toda esa historia, desde el 2004 está buscando datos, yo creo que él buscaba que en algún momento yo me rencontrará, porque la que contaba con lo que contaba mi abuelo era yo, pero el tiempo nos da siempre la oportunidad en el momento justo y seguro este era el momento y no otro.”
Después de este bello relato cargado de emociones, que muchos hijos y nietos de inmigrantes, pueden en parte hacerlo propio, volvemos a destacar, como hizo Lucy el coraje de esos hombres y mujeres que hace cien años, cargando una valija con poca ropa, lagrimas en los ojos y mucha angustia se subían a un barco partiendo hacia un destino desconocido del otro lado del mar.
Tal vez su abuelo mientras se alejaba de la costa, pensó sin mirar atrás, lo mismo que hoy nos dijo Lucy: «me queda la esperanza de que puedan venir»










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