Lo que se relata ocurrió la semana próximo pasada en nuestra ciudad; atraída por un cartel en el que se ofrecía trabajo, una joven mujer, con cierta experiencia en el rubro que se requería en la solicitud, se presentó a trabajar con una amplia sonrisa, expresión de la esperanza que tendría punto de partida desde la aceptación de su empleador, cosa que se produjo de inmediato.
El trabajo consistía en atender la fiambrería de uno de los tantos mercados de propietarios chinos que ahora sobreabundan en Baradero. El horario de cada jornada, sumando mañana y tarde y los minutos necesarios para acondicionar la mercadería, previamente a la apertura del comercio y tras su cierre al finalizar la jornada, sumaba no menos de once horas. Se le informó que el pago sería cotidiano, al final de cada día, pero no se le dieron mayores informes en cuanto al monto que la flamante empleada percibiría, aduciendo que buena parte de él estaría en función del buen desempeño demostrado en la tarea que se le había confiado.
No necesitó la encargada de la fiambrería mayores instrucciones ya que, como se dijo antes, tenía algo de experiencia en el trabajo para el que se la había contratado, pero durante el día se enteró que, además de la atención de la fiambrería, tenía que ordenar el depósito, revisar la heladera de los lácteos constatando que no hubiese mercadería con fecha de vencimiento caducada y otros menesteres que se fueron sumando y que no formaban parte de lo que se había conversado durante el contrato verbal de las horas previas.
La mujer, mamá de cuatro hijos, puso su mayor esfuerzo en cumplir lo mejor posible con lo que se le había encomendado a punto tal que, terminado el día, recibió las felicitaciones del empleador, pero junto con ellas recibió también su paga que, tras 11 horas de trabajo, consistió en la suma de $ 300. El resultado de dividir 300 por 11 es de $ 27, 27 la hora aproximadamente, lo que exime de mayores comentarios.
La mujer, que tiene dignidad, le comunicó al empleador que no la esperara al día siguiente ya que la oferta no le resultaba conveniente, que tenía cuatro hijos y que, aunque su marido trabajaba, necesitaba tener otro ingreso para contribuir a la economía de su familia, pero que por ese dinero le convenía quedarse en su casa. El hombre la escuchó, lamentó que no regresara y quedó en «consultar» para hacerle un ofrecimiento más acorde con los tiempos que se viven.
En el título se expresa un sentimiento que, de manera alguna es racista ni xenófobo; nuestra tierra argentina ha sido y sigue siendo generosa; bienvenidos quienes deseen afincarse y trabajar entre nosotros como lo hicieron y hacen tantos, pero ya tenemos abusadores del trabajador en abundancia como para recibir a quienes, llegados desde lejanos países, quieran sumárseles. Debida nota tienen que tomar, también, todos aquellos que asumiendo como propio el lenguaje del explotador, sostienen nada más que porque hablar es gratis, que «acá no trabaja el que no quiere», frase hija de situaciones como la que se ha relatado. Muy probablemente el asiático pretendido empleador de la mujer en la fiambrería, comente mañana en rueda de conocidos que «necesitás alguien para trabajar y no se consigue».
Quede constancia que para no aburrir al lector, se ha dejado al margen detallar las innúmeras infracciones a la ley laboral que conlleva lo que se ha descrito y que, hoy más que nunca, resulta moneda corriente. (La foto es ilustrativa)
El Diario de Baradero











Comentarios de Facebook