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Lo que resta de la vida, novela por entregas/13

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Lo que resta de la vida, novela por entregas/13

26/04/2020

Categoría: Interés general, xHoy1

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Por Federico Jeanmaire

Baradero.

Ahora el pueblo es mi madre. Además de la infancia y los recuerdos y los olores y las caras conocidas que encuentro por sus calles. Un sitio que sé. Un sitio como no hay ningún otro en el planeta. También es volver a alguna instancia anterior de mi propio ser. O a las ganas de visitar, como en este viaje, alguna instancia posterior: el cementerio y la bóveda que compró mi bisabuelo hace ya más de un siglo.

Abro la puerta de la casa de mi madre.

La abrazo. Nos besamos. Y caminamos juntos hasta la cocina.

Nos sentamos alrededor de la mesa. Inés ha dejado de teñirse el pelo. Me gusta como le quedan las canas. Se lo digo. Le gusta que se lo diga. Y no tarda nada en preguntarme por el perfume que le compré en el aeropuerto de Berlín.

Pero lo dejé en Buenos Aires.

Me olvidé de llevárselo.

Todos nos olvidamos de cosas. Y los viejos nos olvidamos más. Yo de llevar el perfume. Mi madre de casi todo.

Aunque hay algo singular en sus olvidos.

Rara vez olvida aquello que de verdad le importa. Por ejemplo, que prometí llevarle un perfume que le traje de Alemania.

Me apuro a asegurarle que le traeré el perfume para Navidad, sin falta; que restan unos pocos días nada más, que no sea ansiosa, que la próxima vez seguro voy a recordarlo, que entienda que no solo a ella le funciona mal la memoria. Comienza entonces a contarme otra vez el asunto de los parches y de ese médico que no le gusta. Pero la interrumpo. Con la única pregunta que, sé perfectamente, puede detener su verborragia.

¿Ya armaste el pesebre?

No, no. Tengo las cajas en la parte de arriba del ropero. No puedo sacarlas, están muy altas para mí y no me animo a subirme a un banco.

¿Lo armamos?

¿Ahora?

Sí, ahora mismo.

¿No estás cansado por el viaje?

No.

Bueno.

Salgo al jardín. Antes de armar el pesebre quiero ver cómo está el cerezo que plantamos con Juan el invierno pasado. Se lo ve muy bien. Ha crecido unos cuantos centímetros y se ha llenado de hojas. Lástima que no llegué a ver su floración, me dice mi madre desde la puerta de la cocina.

Hay algo, sin embargo, que me provoca risa.

La ley de gravedad.

Y mi absoluta imposibilidad de respetarla.

El tronco del árbol está torcido hacia la izquierda. Bastante torcido. Igual que la mayoría de las fotos que cuelgan enmarcadas de mi pared, en Buenos Aires. Aunque es verdad que no lo planté solo, que lo plantamos con Juan. Entonces, me río otra vez. ¿También se heredará la falta de respeto hacia la ley de gravedad?

Inés trae una silla hasta cerca del hueco que quedó de un hogar de leña que jamás funcionó. El hueco en donde cada año se pone el pesebre. Antes, mientras yo bajaba las cajas desde la parte alta de su ropero, buscó una tela de color verde, de felpa o algo parecido a la felpa, siempre la misma, que hará las veces de base sobre la cual iré colocando los muñecos que ella ha comenzado a desenvolver.

Me siento en el piso.

Primero termino de sacar todos los muñecos, se los alcanzo a mi madre y luego coloco las cajas vacías, dadas vuelta, para crear un escenario con desniveles. Después, extiendo el manto verde por encima de las cajas y enseguida pongo el establo, bien al fondo. El establo es el único de los elementos que conforman el pesebre que no está envuelto en papel de diario. Tiene su caja particular. Además, claro, de que también es el único de los componentes que no ha sido fabricado por mi abuelo.

Mi madre me pasa el niño dios.

Lo llama así, siempre lo llamó así.

El niño dios es un Jesús bebé que yace sobre una cuna pequeña rellena de paja. Lo instalo en el centro del establo. Y aunque no me lo haya preguntado en ese momento, me lo pregunto ahora que es tarde y estoy dando cuenta de lo ocurrido durante el día: ¿debería escribir Niño Dios con mayúsculas o niño Dios solo con la mayúscula inicial en Dios o acaso debería dejarlo en minúsculas como lo escribí en primera instancia?

Podría preguntárselo a mi madre.

Pero no, prefiero no hacerlo.

Prefiero dejarlo así en minúsculas. Tal y como lo pensé cuando Inés me lo alcanzó para que lo ubicara en el centro del establo. Hay algunas cuestiones teológicas que me exceden por completo.

José está muy logrado. Arrodillado, con una barba azabache, corta y tupida, da toda la impresión de ser un humilde carpintero que no entiende del todo bien lo que le ha tocado en suerte vivir. La virgen María no está tan bien, hay poco de la impronta de mi abuelo en su forma y mucho de lugar común. Los tres reyes magos, por el contrario, aquellos cuyos restos supuestamente descansan dentro del dorado relicario de la catedral de Colonia, son en verdad inmejorables.

De todos modos, los que más me gustan, desde siempre, son los camellos.

Son una maravilla.

Sobre todo uno, el que en esta oportunidad coloco junto a Baltasar, cerca del establo. Es hermoso. Realmente hermoso. Además de la montura ubicada entre las jorobas, con detalles que imitan engarces de piedras preciosas, tiene apoyadas las rodillas de las patas delanteras contra el piso, ha torcido apenas la cabeza y mantiene los ojos bien abiertos. Mi abuelo Rómulo parece haberse tomado el trabajo de captar hasta el detalle el momento exacto en que el animal le permitía, al rey mago, descender y dejarle sus ofrendas al niño dios que había nacido para salvar a la humanidad.

Mientras escribía lo que acabo de escribir, no podía dejar de seguir preguntándome si correspondía el uso o no uso de mayúsculas para referir al niño dios. Y creo haber encontrado una solución al dilema. Aunque, claro, ignoro si esa solución tiene algún asidero más o menos teológico.

Jesús nació como un hombre y murió como un hombre.

Por lo tanto, niño debería siempre comenzar con una minúscula que expresara esa humanidad. Sin embargo, al tercer día de su crucifixión, resucitó entre los muertos. Algo que de ningún modo puede hacer un hombre, algo que solo podía hacer un dios.

Me quedo con niño Dios.

Y que me disculpen los curas y los teólogos si es que mi decisión implica algún tipo de herejía, no lo hago desde ninguna mala intención, pero, cuando nació, Jesús era solo un niño, recién tres días después de muerto se convirtió en Dios.

Cuando terminamos con el pesebre, le cuento a Inés que voy a ir al cementerio y le pregunto si tiene ganas de acompañarme, ganas de llevarle jazmines a mi padre. Me responde que sí, que ya mismo va a cortar flores de la planta y que, de paso, aprovechará la visita para ver si el muchacho limpió la bóveda, que ella le llamó la atención, que quiere ver si su reto produjo algún resultado positivo, que las telarañas y la suciedad y el abandono, que se puso muy mal, que por favor la espere, que va a cortar los jazmines y partimos.

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