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Ayer y hoy en París y en el Paseo de los Ingleses, Niza — Por Hugo Pezzini

Ayer y hoy en París y en el Paseo de los Ingleses, Niza — Por Hugo Pezzini

Ayer y hoy en París y en el Paseo de los Ingleses, Niza  — Por Hugo Pezzini

18/07/2016

Categoría: Opinion, xHoy1

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Altar por las víctimas de Niza

Altar por las víctimas de Niza

Hoy es 14 de julio, el gran feriado francés: En este día del año 1789 el “pueblo” invade, ocupa (libera a sus únicos siete prisioneros) y quema la Bastilla, la fortaleza-prisión burocrática en lo que era en aquel entonces un rincón medieval de la ciudad (hoy, el barrio de Bastille es un pujante y agitado centro neurálgico de París). Este es un evento que en un principio fue considerado inconsecuente. No obstante, su ‘efecto dominó’ consistió en la serie de acontecimientos históricos que acabaron conocidos de forma general como “La revolución francesa”. Por lo tanto, toda la Francia celebra hoy el “cambio de régimen” que originó la primera democracia del mundo moderno (la del mundo antiguo fue la Grecia clásica).

Hace diez días que aterricé en el Aeropuerto Charles de Gaulle y por lo tanto cuento ya con ese número de días de estadía en este suelo galo: Gauloises, galos/galeses, era como se llamaba colectiva o singularmente a los individuos del grupo de tribus y etnias consideradas originales de este terruño —La Gaule (la Galia)— , que se extendía en el área más o menos indefinida que podría incluir toda la presente Francia, parte de Bélgica y Suiza.

He pasado estos días reviendo viejos lugares (dejé de habitar en esta ciudad hace ya una docena de años), observando cambios y confirmando permanencias . . .

La Asamblea Nacional

La Asamblea Nacional

. . .   . . .   . . .

Escribí estas líneas de arriba, y entonces no pude continuar. Ahora es ya domingo 17 de julio y me obligo a seguir escribiendo,  ya que existió una especie de compromiso no establecido de forma estricta entre Gustavo Bo y yo, de continuar presente en Baraderoteinforma aun cuando me iría temporariamente de Estados Unidos a Francia —donde me hallo ahora, claro.

No pude continuar escribiendo debido al shock –sea del signo que sea— que sufrimos todos los habitantes de París (y de todo este país) en el día de la Toma de la Bastilla. Mi narrativa –arriba—fue interrumpida por la noticia de la inmensa desgracia reciente.

Los eventos son conocidos: debido a la veloz tecnología que asiste a los medios de difusión, se sabía ya en todo el mundo pocas horas después que —en Niza, ese paradisíaco balneario de la Costa Azul—  un ciudadano francés de origen tunecino (recuérdese que Túnez fue una de las colonias francesas del norte de África desde 1883 hasta 1957) —Mohamed Salman Ben Mondher Ben Mohamed Lahouij Bouhlel— fue responsable por el acto que ostenta el triste record de ser el ataque terrorista protagonizado por un único individuo aislado que ha causado el mayor número de víctimas mortales (ochenta y cuatro cuerpos) y de heridos (ciento veintiún individuos) en la historia de los atentados de este tipo “en todo el Occidente”.

El ya conocido grito de Allahu Akbar! (Dios es grande!) se oyó una vez más en Francia; y resuena cuando las ofrendas florales a los otros atentados recientes están todavía frescas en la estatua de la República, a pocas cuadras de mi hogar parisino actual. Ahora la cantidad de ofrendas es aún mucho mayor.

Dejé de escribir al recibir —de modo casi absurdo— la llamada telefónica de mi hija desde Estados Unidos para inquirir si yo estaba bien y, ante mi ignorancia, informarme del atentado que acababa de ocurrir en este país (yo había empezado a escribir mientras el estéreo colmaba mi living de jazz; no oía radio ni televisión).

Al amanecer del día siguiente, el 15 de julio, desperté perturbado (era realmente de madrugada) y no pude volver a dormirme —la masacre se asociaba y había traído a mi memoria el desastre de las torres gemelas, ocurrido mientras yo estaba en New York.

Todo esto había hecho brotar a la superficie de mi afectividad profundas emociones. Entonces salí a correr temprano por la ciudad, todavía tratando de evocar los dulces sentimientos que me había generado el clima celebratorio del feriado de La Bastilla – y que habían persistido hasta la llamada de mi hija:

Como de costumbre, durante la mañana del Día de la Bastilla, 14 de julio, había habido un desfile militar con la presencia del Presidente de la República, François Hollande, en la mítica Avenue des Champs Elysées.

Era un día de sol radiante y cielo diáfano. La colorida novedad de esta Francia inclusivista, multicultural, consistía en que —marchando marciales por primera vez en este país— habían abierto el desfile escuadrones de guerreros nativos maoríes —para recordar la presencia entre las tropas aliadas de la Primera Guerra Mundial de huestes formadas por estos aborígenes del archipiélago-país de Nueva Zelandia.

Durante el discurso presidencial pos-desfile, Monsieur Hollande había destacado las mejoras recientes en la economía francesa y brindado a las audiencias nacionales la primicia de que había llegado el momento de suspender las medidas excepcionales “de emergencia”, que hasta ese momento otorgaban poderes extraordinarios extra-constitucionales y judiciales a las fuerzas del orden (Policía y Gendarmería) y al Poder Judicial. Las mismas habían sido implantadas justamente como consecuencia de los atentados terroristas de 2015.

Pero ahora, sumando la masacre de Niza, la prensa ha caracterizado la situación corriente de este país como la más grave y sangrienta desde comienzos de la década del sesenta, cuando Francia se hallaba en medio de lo que ha entrado a la historia como “La guerra de Argelia” – el combate sangriento contra los militantes revolucionario-guerrilleros argelinos, por el cual la ex-colonia francesa ganó su independencia.  

Por supuesto que las medidas “de emergencia” no fueron derogadas, sino que se han prolongado por seis meses más, anunció el Presidente François Hollande en su discurso a la nación poco después del ataque terrorista.

Mientras corría, yo recordaba también la noche de unos pocos días precedentes, la del domingo diez de julio, cuando la Selección Francesa jugó la final de la Copa Europa contra la de Portugal.

Habito en un barrio de onda, con muchísima vida nocturna, conocido por el nombre de su arteria principal (y estación del Métro del mismo nombre): Oberkampft. Tan sólo en mi cuadra hay cerca de diez bares, y la misma situación se repite en las varias manzanas del barrio.

Oberkampft es un lugar marcado sobre todo por su diversidad étnica y multinacional. Hay una fuerte presencia africana de diversas razas y “colores” —más de uno de los bares de mi cuadra son árabes, con narguilés o hookahs (pipas de agua de largas boquillas flexibles) y bebidas no-alcohólicas (principalmente té y café) para satisfacer las demandas culturales de sus parroquianos islamitas o mahometanos— y habitan allí también por supuesto franceses de raíces y etnia local, o sea “blancos”, y muchos otros de razas mixtas; además hay gente de otros varios continentes y naciones de origen (yo, sin ir más lejos, soy un argentino que suma su presencia a ese grupo poliforme). Por mi calle —Rue Saint Maur— caminan desde mujeres de minúsculas minifaldas prêt-à-porter hasta otras enteramente cubiertas por burkas.

Para la noche del diez de julio, casi sin excepción todos los bares, restaurante y cafés del barrio, estaban equipados con enormes pantallas de TV  —algunos tenían carteles anunciando que se aceptaban reservas anticipadas de mesas y había menús especiales: el partido (que se jugaba localmente, en el “Stade de France”, el Estadio de Francia) sería transmitido en vivo y en directo.

Las alternativas del partido son conocidas. Si dividimos el tiempo del juego en, digamos, seis segmentos, hubo cinco anteriores de gritos eufóricos y uno posterior de silencio sepulcral. La derrota causó este último, pero fue un silencio de obvio carácter cohesivo; había una unidad que, al menos por el momento (y como siempre, con y en la esperanza de efectos duraderos) eliminaba las barreras raciales, étnicas, religiosas, políticas, y hasta de clase. Toda esa diversidad de mi calle, de mi barrio; toda esa mezcla de idiomas, de vestimentas, de aspectos físicos múltiples subsistía, pero hermanada. Hermanada. Je suis Français

Estoy seguro de que en ese momento eso se repetía en toda Francia. Sé que todo el país había hinchado por Francia, por supuesto —excepto, claro, los inmigrantes y descendientes de portugueses de primera y segunda generación (que según Radio France totalizan un millón y medio de personas). Debido al espíritu deportivo, por el fútbol en este caso, —de la misma forma que hubieran celebrado una victoria saltando y vivando juntos— la gente se había fusionado también en un todo, para vivir ese breve luto deportivo, unida. Nous sommes tous Français.

Es accesorio pero igualmente evidente que la misma multi-racialidad que muestra la composición de la Selección nacional, se observa en esta miscegenación —metafórica, real e inevitable— del París de hoy, la ciudad posmoderna; de la Francia de hoy, el país posmoderno.
No obstante, el silencio en las calles parisinas que crucé en mis veinte kilómetros al día siguiente del oprobio, el 15 de julio, era un silencio de luto radicalmente distante del anterior. Reconozco y destaco que sus dimensiones son incomparables —y por cierto no constituye una decisión muy “feliz” o “inspirada” de mi parte el forzar estos dos silencios de categorías diferentes a los distintos platillos de una balanza comparativa. Pero lo hago porque el silencio que (no) oí y vi durante mis cientos de cuadras parisinas ese día fue para mí un silencio inidentificable o inexplicable —al menos muy, muy difícil de discernir—, quizás una mezcla de dolor, de desazón; la expresión de un estado de espíritu oscurecido, evidenciado en ese lenguaje corporal de aislamiento, de la forma más espantosa de soledad.
Ojos bajos y bocas cerradas.
Cuadra tras cuadra observé personas solitarias y grupos compuestos de individuos igualmente aislados en ese dolor, en esa desazón.
Una humanidad con las heridas recientes aún ni cicatrizadas, sangrando una vez más.
Esa es la mañana de este extraño París que soy obligado a plasmar hoy en mi columna para Baraderoteinforma.
Mientras corro, en mi mente se reescribe una y otra vez el titular de la prensa francesa:
 
Nice: Du sang et des corps partout sur la Promenade des Anglais. 
Niza: Sangre y cuerpos por doquier en el Paseo de los Ingleses.
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___________________________________
París, 17 de julio de 2016

  1. Mi propia imagen: La Asamblea Nacional — sede de la institución continuadora de la Asamblea nacional original, que en 1789 establece históricamente la primera democracia del mundo moderno: la República francesa.
  1. Foto de Christophe Petit Tesson: Altar a las víctimas del terrorismo en el pedestal de la estatua de La República Francesa.

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