Desde tiempos remotos el mortero es el foco de un micromundo donde las sustancias cambian de color, sabor y naturaleza, donde se alteran las propiedades y la semilla se hace alimento, tóxico o remedio, la hoja se convierte en fibra, el grano en polvo, el sólido en jugo, lo diverso se unifica y lo único se multiplica.
Por eso cualquier mortero, de piedra, metal, madera, mármol o vidrio, guarda algo de receptáculo mágico. Más allá de cualquier explicación lógica, el mortero parece alojar y retener secretos asombrosos e inexplicables. Esta condición de cáliz de prodigios le ha asegurado un lugar de relevancia en el arte de las culturas más diversas.
Aparecen morteros esbeltos y sencillos en muchos frescos egipcios y romanos, similares a los que aún hoy se usan en comunidades de África y Asia. En las ruinas de Troya, se encontró un mortero de basalto y mano de granito, que nos sugiere usos más prestigiosos, seguramente ceremoniales; en tanto Virgilio, en un pequeño poema, se entretiene describiendo diferentes usos del mortarium en la cocina popular.
La mano o maza proviene del latín pistillum, que significa machacador. La palabra latina mortarium degeneró en mortero en castellano que se entiende como «receptáculo para triturar».
El mortero es muy usado todavía en las regiones rurales y muchos están hechos de algarrobo o quebracho. Además de su uso práctico la creencia popular lo conoce en la curación de los orzuelos y es que cuando se sufre de ellos, deberá darse un golpe con la maza dentro del mortero, diciendo: “Buen día señor orzuelo/ aquí le traigo este orzuelo/ para su consuelo”, retirándose luego sin mirarlo.
Nos dice el estudioso catamarqueño Villafuerte que cuando el viento es muy fuerte y puede dañar las plantas del cultivo, hay que poner el mortero con la boca contra el viento y la mano en cruz para desviar la tormenta. “El mortero es muy venerado en el valle Calchaquí, donde su cuestión fálica para moler se manifiesta en la fecundación de la tierra a través de los granos”.
Los morteros tienen gran utilidad en la cocina criolla para preparar algunos ingredientes, los pueblos originarios de América empleaban morteros que excavaban en una roca a modo de hueco para poder moler distintos frutos. Hay morteros de gran tamaño, elaborados de piedra de dos a tres metros de altura, que se emplearon en Oriente Medio para picar carne y poder elaborar quepis o quepes.
Existen morteros frágiles y diminutos y otros enormes y resistentes, especialmente los de bronce. En pleno siglo XV, un farmacéutico catalán poseía uno que pesaba doscientos kilos y cuyo anónimo fabricante debió ser, sin duda, fundidor de campanas.
Existen diversidad de diseños, materiales, tamaños y procedencias donde puede apreciarse un mundo de modelos que abarca siglos de historia de los cinco continentes. En nuestro país, el artesano Oscar Sandoval de Paraná es de los que en la madera del ñandubay encuentra una forma de tallar sus morteros.
Estos valiosos objetos, a lo largo de la historia, han unido el arte decorativo con el arte de curar o las comidas, quehaceres complementarios en la aventura cotidiana e interminable de asegurar la salud y el espíritu del hombre.
Fuente: Folkloreadas











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