En horas del mediodía del 30 de Julio sobre la Avenida San Martín los clientes de un conocido supermercado local ubicado entre las calles Emilio Genoud y Lino Piñieiro eran sorprendidos con un raro espectáculo, un vehículo que otrora seguramente haya sido un ómnibus de larga distancia de al menos 30 años de actividad, pero que el impiadoso paso del tiempo y la falta de mantenimiento lo han transformado en un «carromato», sin alguno de sus vidrios, con el parabrisas estallado en un costado, sin faros ni traseros ni delanteros, obviamente sin paragolpes ni patente, visiblemente oxidado y agotado, puesto que el motor del mismo dijo ¡Basta!
Justo ahí, en medio de la San Martín y a la vista de todos. Hubo un comentario de que parecía uno de esos caballos que son explotados tirando carros por la capital hasta que ya no dan más.
Una triste realidad, tanto la de capital como la nuestra, teniendo en cuenta que a pesar de que hoy no carga pasajeros, sino cítricos desde el campo hasta los comercios, no deja de ser un peligro tanto para sus eventuales compañeros de carga, como los que circulamos por el acceso y nuestra ciudad con todos los requerimientos que nos impone la obligatoria (y sin excepciones) VTV, por nuestra seguridad y la de terceros. Aunque sea para trabajar, como argumentó uno de sus cuidadores.
Aquí nos cabe una reflexión de Maquiavelo. ¿El fin justifica los medios?

BTI










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