Septiembre guarda un amargo sabor para los argentinos. Se cumplen en este mes los aniversarios de los golpes de Estado que derrocaron del gobierno a los jefes de los dos movimientos nacionales que del siglo XX.
Jorge Abelardo Ramos, aquel que Cristina Fernández acreditara como uno de los autores fundamentales en su formación, hace un relato político en su libro «Revolución y Contrarrevolución en la Argentina» de estos dos sucesos.
El golpe del 6 de septiembre de 1930
Vinculados a Justo figuraban los jefes políticos del antipersonalismo, del Partido Conservador y del Socialismo Independiente, así como los pronombres de la judicatura, el periodismo y la universidad oligárquica. (…) Al realizarse una reunión en el Colegio Militar, el jefe del instituto, coronel Reynolds, apoya la revolución. Pero sus oficiales rehúsan participar en el movimiento.
(…) Se pone en marcha el Colegio Militar, acompañado de pequeños grupos civiles. Los muy jóvenes cadetes del Colegio son, en realidad, los únicos soldados de la revolución uriburista. Sobrevuelan la ciudad algunos aviones. A las 10.25 de la mañana se pliegan dos escuadrones de Caballería de Campo de Mayo. En el interior, se subleva la base aérea de Paraná y a las 2.15 de la tarde se subleva el Regimiento de Granaderos a Caballo. La Marina, aunque con escasas fuerzas, se pliega al movimiento (…)
Yrigoyen, agotado y febril, se dirigió a la Plata para organizar la represión al motín de Uriburu. Pero ya había sido traicionado por el vicepresidente Martínez y por Elpidio González. Al llegar a la Casa de Gobierno de La Plata, mandó llamar al jefe del regimiento 7 de Infantería de esa ciudad. Pero éste ya se había subordinado a Uriburu y exigió la renuncia de Yrigoyen. (…) Yrigoyen llega al cuartel del 7º de Infantería en La Plata y suscribe su renuncia ante el jefe de la unidad. Todo ha terminado.
(…) Barrido el «Peludo» con su chusma, los moralistas de la oligarquía podían dedicarse a cosas prácticas.
El 20 de febrero de 1932 el general Agustín P. Justo entraba alegremente a la Casa de Gobierno: recibió las insignias del poder de manos del general Uriburu. (…) El día anterior se había instalado en la calle Sarmiento 944, sobre un negocio de mimbrería, en un piso destartalado prestado por un amigo, Hipólito Yrigoyen. Lo traían de la isla de Martín García. Estaba viejo y enfermo. Se beneficiaba de un indulto. Ningún hecho delictuoso le había probado la Justicia setembrina. Era tan pobre que resultaba imposible disimular la inocencia del gran hombre.
(…) si hay que situar en la imaginación del lector el momento históricamente exacto en que comienza a desplegarse el período que describimos [la Década Infame], es preciso fijarlo el día 3 de julio de 1933. Ese día murió Hipólito Yrigoyen. (…) En cierto modo, con Yrigoyen se enterraba al viejo radicalismo.
El golpe del 16 de septiembre de 1955
(…) se abría paso en la conciencia de Perón una evidencia irresistible: había creado una nueva legislación obrera, una nueva política industrial, un gran sistema de empresas del Estado, había iniciado la investigación atómica, facilitado la gravitación política de las grandes masas, había incorporado a las mujeres a la vida pública, había escrito una nueva Constitución. Pero la vieja oligarquía y su sistema de poder, apoyada en grandes sectores de la clase media que no ocultaban su odio al peronismo, se revelaba irreductible. Una década después de sus grandes realizaciones, el Presidente verificaba que el poder oligárquico no había sido tocado en su estructura esencial. Y sintió que todo estaba perdido. Y aunque esto no era cierto en la relación de fuerzas y en el amor de su pueblo, era muy cierto para su alma. Como tantas veces ha ocurrido en la historia (e Yrigoyen es un ejemplo) un estado de espíritu resultó más decisivo que las armas que esperaban una orden.
(…) La Junta aceptó la imposición de Lonardi. Entregó el gobierno constitucional y todo el Ejército, al aislado jefe de un pequeño núcleo militar. De este modo, saltaba por el aire en pedazos la alianza entre el Ejército y el pueblo, que había dado sustento y sentido a los diez años de régimen peronista.
El 23 de setiembre de 1955 el General Lonardi juraba su cargo ante una gran multitud: la formidable clase media de Buenos Aires y su clase alta, los «doctores, hacendados y escritores» de que hablará luego Ernesto Sábato, festejaron hasta el delirio «la caída del tirano». Esa misma noche Sábato vio llorar a dos chicas coyas en una cocina de Salta (…)
Perón se había refugiado en la noche del 20 de septiembre en la Embajada del Paraguay. Luego se embarcó en una cañonera de la misma bandera que lo trasladó a Asunción (…) Se inició la larga agonía del exilio. La oligarquía había regresado.
Gabriel Moretti











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