El nombre de Cristina Gacitúa se fue haciendo conocida en Baradero en buena parte por su prolongado desempeño en las escuelas de Islas de nuestro distrito. Trabajó entre 2001 y 2008 en la «Marcos Sastre» del paraje Vuelta de los Patos y desde 2008 hasta la fecha se desempeña en la «Almirante G. Brown» en la lejana zona de Los Laureles.
Cuenta que ahora, al ser dos las lanchas que transportan maestras y alumnos, el viaje dura tres horas, una menos que anteriormente y sacando la cuenta tenenos que los maestros, desde que salen del puerto de Baradero hasta que retornan están ausentes 10 horas, dos menos que antes.
En Los Laureles ya hay más de 100 alumnos puesto que también funciona la escuela secundaria, pero ese número no constituye problema porque cada lancha transporta 74 pasajeros. Relata la maestra que debió luchar un buen tiempo para conseguir esa segunda lancha y recuerda con tristeza el periodo durante el cual, por insuficiente capacidad del transporte acuático, debía decirles a algunos alumnos que esperaban ser transportados, que no había lugar y en consecuencia, no podían ir a clases ese día.
En la actualidad Cristina Gacitúa se desempeña en el Consejo Escolar y está con licencia en su trabajo de maestra; El Diario llegó a su casa para conversar de un tema especial, más allá del estrictamente escolar.
La maestra Cristina nació en Santiago del Estero, pero a los tres meses de vida su padre, ferroviario, fue trasladado a Salta y tiempo después a la localidad de Campo Quijano, conocida com o «El portal de Los Andes» e importante centro ferroviario provincial del que parte el Ramal C-14 que recorre el famoso «Tren a las Nubes». Allí hizo su escuela primaria hasta que, nuevamente mudada a Salta, empezó sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Salta donde en el primer año tuvo como profesor de Historia Antigua al doctor Gustavo «El Cuchi» Leguizamón y la suerte quiso que en tercer año lo volviese a encontrar en las horas de Filosofía.
Dice cristina que muchas veces llegaba a clase «amanecido» desde lo de Balderrama, con el «acullico» a un costado, las huellas de la saliva en la comisura de los labios y un fuerte olor a tabaco de los habanos que fumaba. Narrra que en cierta ocasión, tanto se demoró el profesor que, al ser la materia la de la última hora de la jornada, tras una más que prudente espera que llegóa hasta unos pocos minutos antes de la finalización del horario estipulado para la materia, los alumnos se iban a su casa cuando en la puerta del colegio, los encuentra «El Cuchi» quien pregunta «¿A dónde se van changos si yo recién he llegado?».
El profesor, entraba a dar clases y de inmediato hacía gala del humor que lo caracterizaba: «Pero che, qué olor a pata hay acá adentro. No se puede estar». Tenía por costumbre bautizar con sobrenombres a todos los alumnos y Cristina recuerda especialmente el de un compañero que lucía un cabello muy ruliento y al que Leguizamón le había puesto «Colchón roto». En el intercambio jocoso que se producía en sus clases, siempre amenas e interesantes acota Cristina, alguno sugería sobrenombres, más cuando se trataba del de una mujer, el profesor advertía que cuando se trata de ponerle sobrenombre a una dama hay que tener mucho cuidado, ya que debe ser adecuado para su condición, nunca ofensivo o que dé lugar a falsas interpretaciones.
Agrega Gacitúa que ellos, a su edad, si bien percibían que estaba en presencia de alguien especial, no anotaron la cantidad de versos y coplas que en clase improvisaba «El Cuchi», ni se sacaron las fotos con él que hoy hubieran deseado. Años después la vida les enseñó que habían sido los privilegiados alumnos de un genio, refrendando aquella famosa frase de Ringo Bonavena: «La experiencia es como un peine que te dan cuando ya no te queda pelo para peinarte».












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