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Cuento ganador: La hazaña jamás revelada de Don Quijote y Sancho Panza

Cuento ganador: La hazaña jamás revelada de Don Quijote y Sancho Panza

Cuento ganador: La hazaña jamás revelada de Don Quijote y Sancho Panza

29/07/2016

Categoría: Interés general, xHoy1

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Este cuento fue el ganador del Concurso «El Quijote, hoy», organizado por la Municipalidad de Baradero con motivo de cumplirse el custricentenario de Miguel De Cervantes.

Avalado por el escritor Federico Jeanmaire y coordinado por Mónica Carretti, este certamen literario contó con una importante cantidad de inscriptos.

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La autora de este fantástico cuento, merecedor de tan valioso premio es Candela Cejas, del Instituto Santiago Ferrari.

A disfrutar del cuento:

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La hazaña jamás revelada de Don Quijote y Sancho Panza

Cuenta el autor, con cierto recelo de que lo que ocurrió no se considere factible, que finalmente Sancho y Don Quijote, decidieron embarcarse hacia tierras lejanas en busca de una nueva hazaña, sin rumbo ni horizonte, del mismo modo que los honorables caballeros.

-Vamos Sancho, si realmente sabes de aventuras y anhelas con ansias ser gobernador en un futuro próximo, debes hacer valer tu orgullo y honra. ¡Mi profesión de caballero andante lo amerita!

-Pues claro que seré un gran gobernador, tal como lo he prometido, señor.

-Entonces, dejémonos de titubear y… ¡Vámonos caramba!

Sin emitir palabra alguna, se subieron al caballo y al burro, y comenzaron su travesía. Luego de haber pasado largas horas deambulando; se aproximaron a un pueblo, que sólo lo pudo saber Don Quijote quien divisó a unos metros un gran desalineado rótulo que llevaba inscripto “Bienvenidos a Ireneo Portela”.

Panza, no logró percatarse de lo que el letrero decía, pero se sintió regocijado al comprender a través de la alegría y entusiasmo de su compinche, que en aquel poblado podrían toparse con algún asunto interesante. El último tramo del ingreso a la aldea, un tanto raro por su solidez y textura, les resultó engorroso y agotador por la gran cantidad de pozos y deformidades que el camino presentaba.

-Disculpe señor, pero me parece que encontrar aquí una buena aventura será como meterse en camisa de once varas.

-En mi opinión, lo que sientes es nuevamente  miedo, Panza.

-¡Qué va! En esta ocasión no es miedo lo que me atormenta, sino que ya he perdido las esperanzas de tanto andar y luchar, y que nunca llegue el momento de ser “Sancho Panza, honorable Gobernador”

-Lo último que un caballero debe perder es la fe, compañero. Así que deja de ronronear que estorbas mi proceder.

Empezó a atardecer  pero nuestros héroes siguieron andando, hasta que se acercaron a un extenso sembrado que le resultó un tanto peculiar a Don Quijote y no tardó en sobresaltarse:

-¡Bendito sea el Dios, todopoderoso, mi señor! No ha demorado en oír su quejido, Panza, y dichoso sea usted de paso, mire la señal que nos envió. Yo si fuera Alá no hubiese reaccionado favorablemente a esa insolencia.

-¿De qué señal me hablas? Pues lo único que yo veo es un extenso terreno…

-¡Oh santo cielo! Allí Sancho, frente a nosotros: un salvaje Endriago,  desplazándose por el campo y deja a su paso un largo rastro de humo negro, exhalado por su boca. ¡Qué bestia más estremecedora! Sólo un valiente caballero podría vencerla, y aquí estamos nosotros, dispuestos a hacerlo; ¿no es así mi querido compañero?

-Sepa disculpar el atrevimiento, pero… ¡Usted sí que está como una cabra! No podría asegurar con absoluta certeza que es lo que está viendo, pero si podría decirle que no es aquella fiera que  nombra. Pareciera una suerte de carreta, un poco modificada y vieja, a esto puede deberse el humo;  tal vez los aldeanos de este pueblecito son unos lunáticos y usen esa clase de artilugio para transportarse o trabajar. También se puede apreciar que está siendo  arreado por un simple hombre, con vestimenta insólita por cierto.

-Demasiado palabrerío para mi gusto, mí querido Sancho. Además, ¡¿Con que yo estoy como una cabra, eh?! Cierra el pico, gallina, que no te atreves a plantar cara. ¡Quítate de mi paso, porque yo no tengo miedo!

Entonces Don Quijote apuró a Rocinante para que lo acarreara eufóricamente al encuentro con aquella fiera. Sancho permaneció atónito, perplejo con lo que estaba pasando. Sería inútil oponerse, pues su anfitrión tenía una notable distorsión de la realidad, que él en algún momento había considerado así, pero ¿qué era la realidad realmente?

–Creo que estoy volviéndome loco- suspiro Panza, y al levantar la vista, vio como su colega se dirigía firme y osado al combate. El pobre campesino que manejaba el deslucido tractor, quedó totalmente desconcertado  e inmediatamente se encontró obligado a frenar la máquina al divisar la polvareda que se le abalanzaba,  encaminada por un viejo chiflado intentando lucir como un  caballero medieval, tal como los de los cuentos que había leído en el colegio, pero éste insólitamente llevaba una palangana en su cabeza.

–Esto sí que son cosas que no se ven todos los días, ¿estaré soñando?

-pensó el sujeto- Si, definitivamente es un sueño. ¡Ana, Anita despiértame de esta pesadilla por favor!

En ese instante, Don Quijote se detuvo bruscamente frente a él y exclamó con intensidad abismal:

– ¡Endriago, bestia repugnante, atroz, si tienes un Dios ruégale que se apiade de ti, porque hoy será tu fin!

 Y sin dejar que el aldeano pudiese emitir palabra, se lanzó sobre el remolcador lanzando espadazos al aire, creyendo inocentemente, que en lugar de estar  destrozando los neumáticos, estaba descuartizando a la fiera. El campesino, ya en cólera, y sumido en furia y enojo, saltó violentamente del vehículo, y se defendió del ataque tal como se lo concedió su improvisación: lo atacó súbitamente por detrás, lo sujetó de las piernas y realizando un intensivo movimiento hacia atrás, hizo que nuestro “héroe” cayera de panza (al decir esto el autor se refiere a la posición en que cayó al suelo, no a su colega, que por cierto, se había recostado a dormir una siesta bajo un bello algarrobo blanco; que jamás había visto, pero a decir verdad era esplendido). El hombre, entonces, sacó el cinto de su pantalón y ató al  agresor de las muñecas, quedando este tendido totalmente inmóvil sobre el terreno. Don Quijote no cesaba de condolerse e increpar  al supuesto Endriago que lo acababa de maniatar.

 En ese momento, el pueblerino sacó de sus bolsillos un pequeño artefacto rectangular, al cual hizo funcionar con unas pequeñas teclas, y sosteniéndolo en sus manos, lo apuntó al cuerpo del caballero por unos segundos (el rumor dice que el campesino fotografió con su celular a Don Quijote, y en ese mismo instante compartió la imagen capturada en Twitter: “Pequeña gran sorpresa en mi día de trabajo… #loco #disfrazado #acánosefestejahalloween #muyextrañotodo”. También cuentan las malas lenguas, que el señor fue investigado judicialmente por aquella publicación, pero nadie lograba identificar aquel extraño sujeto fotografiado en la postal).

Se alejó caminando entonces el retador de nuestro caballero de la mancha, dejando en el lugar a su carro averiado. Unos minutos más tarde, despertó Panza de su pequeño descanso al oír los chillidos de su señor. Completamente desconcertado,  vio a Don Quijote echado en el suelo y también, el viejo tractor totalmente estropeado.

Se acercó a él, e inmediatamente lo despojó de las ataduras. Entonces, éste volvió en sí, y se sintió imperioso y satisfecho; por lo que exclamó altaneramente:

-¡Lo logré, he vencido al Endriago! ¡Todo el honor y la gloria me pertenecen! Y tú Sancho, que no crees en el poder de la magia, ahora has de creer, pues yo lo he vencido.

– Pero, ¿Cómo es que dices que has vencido si lo acabo de encontrar con sus muñecas vendadas y lo único que puedo ver aquí es una máquina destartalada?

– ¡Ay ingenuo! Cuenta la leyenda que cuando una fiera como ésta es asesinada en una lucha, su cabeza se esfuma consagrando la espada y reputación del vencedor. Y con respecto a las ataduras… la bestia me las colocó antes de morir, pero no le han servido para su salvación, pues ya estaba escalofriantemente herida. Lo que tú ves son los restos descuartizados de un ser siniestro.

– ¡Santo Dios! ¿Y qué haremos ahora?

– Regresar, querido, a los brazos de mi amada Dulcinea. Para despojarme de esta perenne congoja por estar lejos suyo, y ofrecerle mi amor, para ser su solemne esposo. E indudablemente, presentarme ante el Rey para reivindicar mis nobles reconocimientos y retribuciones propicias de un caballero.

– ¿Usted está diciéndome que finalmente seré gobernador? ¡Emprendamos ya nuestro camino de regreso, que ya no hay nada que perder!

Y partieron así nuestros dos héroes deseosos de retornar a España, pero lo que nunca supieron, es que jamás volverían a la Mancha, pues fruto de un real encantamiento, se convirtieron en inmortales viajeros del tiempo.

 Se dice, que aún siguen vagando por los campos en busca de una nueva aventura, y persisten en aquellas imágenes que fueron tomando los que en algún momento los cruzaron y en la memoria de todos los que han escuchado y transmitido sus andanzas.

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Candela Cejas

Instituto Santiago Ferrari

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