El Gordo Giles
Estamos seguros de que no puede relatarse anécdota alguna de nuestra población sin mencionar a Eduardo «El Gordo» Giles, personaje histórico e inolvidable de Baradero que alcanzaron a conocer varias generaciones de baraderenses.
Son muchas las historias protagonizadas por El Gordo», pero puestos a elegir una, relataremos la de su casamiento y la fiesta posterior que ha quedado para siempre en nuestra historia.
Eduardo Giles era un criollo, un paisano y como tal vestía. Su casamiento con Honoria Caamaño, perteneciente a una vieja y tradicional familia local, tuvo lugar en la Iglesia Santiago Apóstol y desde el mismo arranque fue una ceremonia memorable, Eduardo Giles se presentó ante el altar vestido de gauchesca gala, su indumentaria consistía en las clásicas botas, bombacha y corralera de seda negra y rastra y tirador de plata de grandes dimensiones. A la salida de la iglesia los consortes fueron retratados por don Antonio Martín y la foto permaneció durante largo tiempo colgada en una de las paredes de su local comercial de Anchorena al 1000.
Luego de la ceremonia religiosa siguió la fiesta que tuvo lugar en la chacra que Giles tenía a la altura de donde hoy está la primera gran curva que la ruta 41 hace una vez traspuesto el puente de la ruta nacional 9 con rumbo a Santa Coloma.
En los días previos a la boda, Eduardo Giles se había encargado de difundir el carácter de la invitación a su fiesta de casamiento: «Todos están invitados» y para refrendar en los hechos lo pregonado antes, un cartel colgaba de la tranquera de su chacra con el siguiente anuncio: «Si gusta, pase».
Un gentío fue a la fiesta de bodas y, además, en una muestra de las simpatías que Giles había sabido granjearse en todo Baradero, se encontraban presentes vecinos de todas las capas sociales de la población y dicen quienes tuvieron la oportunidad de asistir, que entre los que participaron de la fiesta estuvo don Antonio Barbich, acaudalado hombre de negocios de entonces y dueño del principal almacén de ramos generales de la ciudad.
No faltaron las empanadas ni el vino ni el asado que se repartió a todos los concurrentes y en cierta manera, esa fiesta del «Gordo» Giles fue precursora de un estilo de festejo que tendría imitadores más tarde y hasta nuestros días ya que al resultar muy prolongado, sobre todo teniendo en cuenta las costumbres de la época, finales de la década del 40 o quizás principios de la del 50, la hora de la madrugada encontró a los invitados todavía festejando, cosa que Giles había previsto ya que por esas horas comenzaron a llegar los carros de la panadería portadores de los canastos con facturas que, junto con el café con leche, fue distribuido entre los presentes. Ya vemos que Giles resultó todo un precursor de las fiestas actuales.
Finalizaremos esta semblanza evocativa con solamente una de sus memorables anécdotas, como la mayoría de ellas son más conocidas, elegimos una que no lo es tanto.
En cierta oportunidad nos tocó personalmente llegar a la casa de Eduardo Giles, por esa época se estaba haciendo la segunda mano de la ruta 9 y ya había conseguido y ubicado en el patio de su vivienda, el mojón blanco y negro que señalaba el Km. 142.
Recordamos claramente que la persona que nos llevó hasta allí, le preguntó al «Gordo» si siempre tenía el ganso que hablaba. «Sí señor», contestó Giles
con sus ojos llenos de picardía. Salió en busca del animal al grito de «Sofanor… Sofanor, vení Sofanor», tal el nombre del ave, que respondió con un aleteo y el clásico graznido: «Cuac, cuac, cuac». El Gordo se dio vuelta, miró y enseguida ‘tradujo’: «Ahí dijo vinieron visitas».
Los hermanos Allende
Francisco «Paco» Allende y José «Pepe» Allende fueron dos hermanos que hicieron un valioso aporte a Baradero.
El primero de ellos tuvo actuación política y fue legislador de la provincia. Durante su labor parlamentaria, en el año 1939, presentó y consiguió la aprobación del proyecto por el cual se declaró ciudad al pueblo de Baradero, hecho beneficioso por unas cuantas razones y que se recuerda en una de las caras de la pirámide de la Plaza Mitre.
Su hermano «Pepe», formado al lado de los Dres. Finochietto, habiendo recorrido países de Europa en busca de mayor especialización fue uno de los cirujanos más destacados de la historia de Baradero. Su trabajo como tal ha sido reconocido y revolucionario en varios aspectos como, por ejemplo, el haber practicado la operación cesárea, no con un corte transversal como se estila en la actualidad, sino mediante una incisión longitudinal de unos 6 centímetros en el bajo vientre que no dejaba señas visibles en las madres. Pepe Allende fue también el médico que realizó la primera transfusión de sangre de la historia en la zona Norte de la Provincia de Buenos Aires.
El oscuro de Resich
Hace algunos años, las hermanas del hogar San José, recibieron una camioneta Peugeot tipo rural, que usaban para movilizarse en su labor pastoral. En cierta oportunidad, las monjitas circulaban por un callejón con barro que surge a un costado de la ruta 41, muy cerca del almacén «El Talero», por esos años propiedad de la familia Resich y la camioneta quedó encajada sin poder avanzar ni retroceder. Las monjas fueron caminando hasta el almacén y solicitaron ayuda al dueño que, prontamente, buscó su caballo, un oscuro, pechera, sogas y salió a auxiliar a las monjas.
Era domingo y testigo de todo esto resultó un parroquiano que vestido con ropas blancas de paisano, aprovechó para subirse a su caballo y desde allí mirar, nada más que eso, algo distinto.
Resich preparó su caballo, ató la soga a la pechera y a la camioneta y azuzó al equino que, casi sin esfuerzo, logró sacar a la camioneta del barro y traerla hasta el pavimento.
¡Al fin… gracias a Dios! expresó una de las hermanas y el paisano, que había permanecido en silencio hasta ese momento, habló y esto dijo: «¿El qué? ¿Gracias Dios?… Gracia al’ oscuro e’Resich. ¿Por qué no le pidieron a Dios que bajara y las sacara él del barro?
¡Cómo ofende a Dios este hombre! comentaron las monjas, agradecieron a Resich y no hicieron más comentarios sobre los dichos del paisano que, por supuesto, estaba con alguna copa de más.
El Diario de Baradero













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