El marqués Alcides D’Orbigny, noble francés dedicado a recorrer la provincia de Buenos Aires para escribir más tarde un libro acerca de sus impresiones, describe a Baradero de manera tal que no nos hace quedar muy bien que digamos. El marqués llega a estos lares en la segunda mitad del siglo XIX y así nos describe: «llegué al poblado de Baradero, un villorrio que no consiste más que en algunos ranchos miserables y una taberna en la que se reúnen cuatreros y asesinos de la toda la zona». Es probable que el francés exagerara un tanto, pero seguramente entre aquellos lugares que D’Orbigny describe en la forma tan despectiva, un tanto propia de todo europeo que visita estas tierras, estaba el bar «El Portuario» sitio especial que tanto llamara la atención a Jorge Luis Borges cuando lo visitara.
Los datos más antiguos que poseemos acerca del lugar, nos dicen que hace muchos años era su propietario el viejo «Pariyín» (o Pariggin quizás), un marino inmigrante, genovés de origen, que atendía a su clientela con el clásico aro colgando de una oreja y llegado a nuestro Baradero vaya uno a saber de qué manera, aunque quizñás por relaciones de parentesco ya que su apellido era el mismo de una conocida familia local. Una de las especialidades de «Pariyín» era guardar huevos en cal; se preparaba cal con agua formando una mezcla espesa que se volcaba dentro de un tonel y allí, en capas sucesivas, se iban colocando los huevos frescos de forma alternada hasta llegar a estar todos inmersos en la cal que luego se secaba y formaba un continente absolutamente hermético que permitía que los huevos durasen largo tiempo en buena forma.
Hay que tener en cuenta que no existía la heladera y la habilidad era guardar los productos de ave en época de abundancia para tenerlo cuando faltaran, recordar que eso es real, de allí el refrán asegurando que: «En la época de la granada la gallina no pone nada»; precisamente entonces, al llegar la época de la granada y escasear los huevos, que seguramente en esos años formaban parte esencial de la alimentación familiar, no se conseguían fácilmente y entonces «Pariyín», cavaba la cal e iba sacando los que allí tenía guardados que, por supuesto, vendía a mejor precio del que los había pagado cuando abundaban.
El bar «El Portuario» está ubicado en el exacto punto de inicio de la calle San Martín, de tal manera que su dirección postal correcta sería San Martín Nº 1, y tal vez lo sea. Sus paredes interiores, hasta no hace mucho, mostraban las pinturas «del pintor del bajo», Donato Villanueva, artista plástico de la zona quien dedicó la mayoría de sus trabajos precisamente al río, al puerto y, esencialmente, a Baradero.
Quienes conocen la edificación saben que se encuentra como en un pozo, bastante por debajo del nivel de la calle ya que conserva el nivel de antaño, cuando todavía no se había construiido lo que se conoce como bajada de San Martín y existía «El Cerrito», promontorio que estaba más o menos frente a «El Portuario» y subidos al cual los vecinos de entonces miraban el río, la isla y quizás, como hacemos hoy, los barcos que navegaban por el Paraná y era uno de los motivos de esparcimiento de las familias baraderenses de esos años.
«El Cerrito» estuvo allí hasta que se decidió construir el actual puerto y, con la práctica conocida como «desvestir un santo para vestir otro», se decidió usar la tierra de la montañita para relleno y se lo destruyó totalmente. Las crónicas de la época reflejan la indignación popular que tal determinación produjo en la población que durante mucho tiempo reprochó a las autoridades el haber destruido lo que para muchos era tradición y símbolo de nuestro pueblo.
Pángaro y el doctor Liaudat
Pángaro era un italiano muy especial que vivió entre nosotros a principios del siglo XX, participaba en la sociedad de connacionales que era muy activa y hay una anécdota que resulta interesante por lo graciosa y para que nos ubiquemos hoy en la composición social del Baradero de entonces.
En la Plaza Colón se hacían las romerías, cosa que las nuevas generaciones desconocen pero que entonces convocaba a multitudes. No había en ese tiempo ninguno de los múltiples entretenimientos de hoy día.
En una de esas romerías, sus organizadores, probablemente la Sociedad Italiana, había puesto en venta una rifa y Pángaro, uno de sus integrantes era vendedor. Cerca de la puerta de ingreso esperaba la entrada de posibles compradores y en eso estaba cuando llegó a la romería el Dr. Casimiro Liaudat, uno de los pocos médicos que había en Baradero y, además, el primer baraderense en obtener el título de médico, por lo tanto todo un personaje. Fue entrar el doctor y abordarlo Pángaro con una pregunta a quemarropa, por supuesto que en una mezcla de español y dialecto nativo: «¿Dottó, voi catá nu número (*)», a lo que el médico repreguntó ¿Y qué se rifa Pángaro?: «Nu porco píccolo e nu peccorino (**)», contestó el italiano. Se nota que había que ser entendido en idiomas varios en esos años. Los inmigrantes se defendían como podían y los nativos debían esforzarse para entenderlos.
(*) ¿Doctor quiere comprar un número?
(**) Un cerdito y un corderito.
El Diario de Baradero












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