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De qué hablamos cuando hablamos de amor – Hugo Pezzini

De qué hablamos cuando hablamos de amor – Hugo Pezzini

De qué hablamos cuando hablamos de amor – Hugo Pezzini

23/06/2019

Categoría: Interés general, xHoy1

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Alice Munro, quien recibió el Premio Nobel de literatura en 2013 (foto abajo, al final de este artículo), es una escritora canadiense que pertenece a la generación (o mejor y más exacto, escuela) de autores de un cierto estilo del cual hablaré dos palabras —más abajo— como forma de prólogo al cuento que seguirá a continuación.

El máximo exponente de ese estilo o escuela para mí fue Raymond Carver (en la foto, arriba). No obstante, menciono de todos modos a Alice Munro no sólo porque es la escritora (o sea, autor del género femenino) más prominente de esta misma línea literaria, sino también para enfatizar el hecho de que la “literatura menor” que ella escribe—la suya y la de sus iguales— es tan importante como la de los mayores escritores de la historia de este, el primer arte liberal, ya que esta autora ha merecido el Premio Nobel de Literatura.

Digo literatura menor, porque estos autoras y autores de la contemporaneidad, en apariencia “escriben sobre nada”. Lo mismo se puede expresar de otra forma; así: Estos escritores d-escriben (o mejor, “mimetizan”, en la acepción artística aristotélica del término) eventos, situaciones y personajes de modo tal que en la vida real representada dentro los textos de su ficción pareciera que nunca sucede nada. Es decir, que nunca sucediese nada de importancia literaria o histórica significativa. Es como si en esos escritos no se describiese nada suficientemente válido o digno de ser transformado en “literatura”.

Durante el siglo diecinueve, Honoré de Balzac escribió uno de los más importantes compendios épicos franceses del naturalismo (por llamar de algún modo a sus novelas agrupadas bajo el título de La comédie humaine —La comedia humana). Es en los “grandes relatos” (récit, en francés) como los suyos donde se hallan los elementos y situaciones universales que definen o explican la era moderna y la humanidad de su tiempo, la modernidad, cuya literatura (y escuela) por supuesto se conoce como modernista y su estilo como modernismo.

En contrapartida, el ascetismo literario de Carver o de Munro —autores del siglo XX (Alice Munro vive y continúa escribiendo)— genera los mencionados “pequeños relatos”. Estos son característicos de nuestra era, la de la posmodernidad. Por medio de esa forma que estos escritores eligen para decir, en ese tono de cotidianeidad y en esa aparente carencia de línea narrativa o argumento— se reproduce de modo natural una posible expresión de las grandezas y miserias de la condición humana contemporánea. 

El aparente vacío argumental y la falta de color literario del material dramático y humano que puebla estos pequeños relatos son necesarios para representar el mundo real de protagonistas cuya extracción social proviene de sectores anónimos, o cuanto mucho, bastante menos significativos que los del modernismo. La obra de autores de este modo de escribir posmoderno (el de Alice Munro y Raymond Carver, los ejemplos paradigmáticos que he escogido) existe afuera y distante del de la literatura «grandiosa» modernista, donde tanto en los hechos como en los personajes que la poblaban brillaba una importancia que los separaba de los hechos cotidianos del mundo real de su era; la representaban por su excepcionalidad. No es por nada que muchos críticos consideran al Don Quijote de La Mancha la primera novela de la historia moderna.

Estos autores posmodernos, en cambio, procrean dramas mundanos y presentan hechos y personajes inspirados en las áreas grises —tradicionalmente, invisibles— de la sociedad. A través de la engañosa intrascendencia de sus protagonistas (y de sus vidas) salta a la superficie la angustia existencial que fundamenta las acciones (o su contrapuesta parálisis) de los habitantes de este anodino mundo posmoderno: no es mero capricho que el tiempo histórico actual ha sido definido como un momento de (o un universo en) desencanto.

Hoy, entonces, en vez de escribir yo mismo un relato para BTI, opté por sugerirte y ofrecerte la lectura de uno de los dos cuentos más conocidos de Raymond Carver: “De qué hablamos cuando hablamos de amor”. Carver escribe en su propio idioma, el inglés, por supuesto; esto es una traducción al castellano.

Una avertencia: Tengo la convicción de que una de las intenciones de Raymond Carver al crear este cuento fue continuar —desde hoy, es decir, desde el posmodernismo— la conversación que Platón iniciara alrededor del año cuatrocientos cincuenta antes de Cristo: Para mí, en «De qué hablamos cuando hablamos de amor», los personajes retoman el tema del diálogo platónico titulado de modo indistinto «El  simposio» o «El banquete». En ese diálogo —que Platón escribió en la Grecia clásica del siglo cinco antes de Cristo— Sócrates y su grupo de amigos beben copiosamente mientras charlan sobre el tema del amor. Raymond Carver —en su obtuso universo posmoderno— continúa esa conversación.

Una última sugerencia: Si después de leer esta narración de Raymond Carver que hoy te brindo te interesara conocer algo más de la obra de este gran autor estadounidense,  el otro cuento suyo tan popular como «De qué hablamos cuando hablamos de amor» es “Catedral” (¡fantástico!). Buscalo y disfrutalo (seguro que está disponible online -en pdf.- y por medio de Google lo encontrarás).

Ahora, a partir de aquí, sólo para tus ojos (for your eyes only), entonces, 

“De que hablamos cuando hablamos de amor” – por Raymond Carver

Estaba hablando mi amigo Mel McGinnis. Mel McGinnis es cardiólogo, y eso le da a veces derecho a hacerlo. 
       Estábamos sentados los cuatro a la mesa de la cocina de su casa, bebiendo gin. El sol, que entraba por el ventanal de detrás del fregadero, inundaba la cocina. Estábamos Mel, su segunda mujer, Teresa —la llamábamos Terri— y Laura, mi mujer, y yo. En ese entonces vivíamos en Alburquerque, allá en el Estado de New Mexico. Pero todos éramos de otra parte. 
       Había un balde de hielo encima de la mesa. El gin y el agua tónica circulaban sin parar, y surgió no sé cómo el tema del amor.

Mel opinaba que el verdadero amor no era otra cosa que el amor espiritual. Dijo que se había pasado cinco años en un seminario antes de abandonar para en cambio estudiar medicina. Dijo que aún recordaba aquellos años del seminario como los más importantes de su vida. 
       Terri dijo que el hombre con quien había vivido antes de vivir con Mel la quería tanto que había intentado matarla. Luego continuó: 
       —Una noche me dio una paliza. Me arrastró por toda la sala tirando de mis tobillos. Y me decía una y otra vez: «Te quiero, te quiero, zorra.» Y mi cabeza no paraba de golpear contra las cosas. —Terri nos miró—. ¿Qué se puede hacer con un amor así? 
       Terri era una mujer de huesos finos y cara bonita, ojos oscuros y una melena castaña que le caía por la espalda. 
       Le gustaban los collares de turquesas y los aros pendientes largos. 
       —Dios mío, no seas boba. Eso no es amor, y tú lo sabes —dijo Mel—. No sé cómo podríamos llamarlo, pero estoy seguro de que no debemos llamarlo amor. 
       —Tú dirás lo que quieras, pero sé que era amor —protestó Terri—. Puede sonarte a disparate, pero es verdad. La gente es diferente, Mel. Algunas veces él actuaba como un loco, es cierto. Lo admito. Pero me amaba. A su modo, quizá, pero me amaba. En todo aquello había amor, Mel. No digas que no. 
       Mel suspiró. Levantó el vaso y se volvió a Laura y a mí. 
       —Este tipo me amenazó con matarme —dijo. Apuró el vaso y alargó la mano hacia la botella de gin—. Terri es una romántica. Terri es de la escuela de dame una patada-y-así-sabré-que-me amas. Terri, cariño, no pongas esa cara. —Mel alargó la mano por encima de la mesa y le tocó la mejilla a Terri con los dedos. Y le sonrió. 
       —Ahora quiere arreglarlo —dijo Terri. 
       —¿Arreglar qué? —saltó Mel—. ¿Qué es lo que tengo que arreglar? Yo sé lo que sé. Eso es todo. 
       —De todas formas, ¿cómo nos hemos puesto a hablar de esto? —Terri levantó el vaso, bebió y añadió—: Mel siempre tiene metido el amor en la cabeza. ¿No es verdad, cariño? —sonrió. Pensé que el tema iba a quedar zanjado. 
       —Yo no llamaría amor al comportamiento de Ed (así se llamaba ese tipo). Eso es lo único que he dicho, cariño —puntualizó Mel—. ¿Y qué opinan ustedes? —Mel se dirigía a Laura y a mí—. ¿Les parece que eso es amor? 
       —No soy la persona más apropiada para responder —contesté yo—. Ni siquiera conocí a ese tal Ed. Sólo lo he oído mencionar de pasada. No me atrevo a juzgarle. Tendría que conocer los detalles. Pero creo que lo que estás diciendo es que el amor es un absoluto. 
       Mel aclaró: 
       —El tipo de amor al que me refiero, lo es. El tipo de amor al que me refiero no te lleva a intentar matar gente. 
       Laura intervino: 
       —Yo no sé nada de ese Ed ni de la situación. Pero ¿quién puede juzgar la situación de otro? 
       Toqué el dorso de la mano de Laura. Me envió una rápida sonrisa. Le tomé la mano. Estaba templada: uñas pulidas de una perfecta manicura. Rodeé su ancha muñeca con los dedos, y la abracé. 
       —Cuando me fui, Ed tomó un frasco de veneno de ratas —explicó Terri. Se apretó los brazos con las manos—. Lo llevaron al hospital de Santa Fe. Vivíamos allí en ese entonces, a unas diez millas. Le salvaron la vida. Pero se le pudrieron las encías. Quiero decir que era como si se le separaran de los dientes. Desde entonces, los dientes le sobresalían, como colmillos. Dios mío —suspiró Terri. Aguardó unos instantes; luego se soltó los brazos y tomó el vaso. 
       —¡Qué cosas llega a hacer la gente! —exclamó Laura. 
       —Ahora está fuera de juego —dijo Mel—. Ed murió. 
       Mel me pasó el plato de limoncitos verdes. Cogí un trozo. Lo exprimí en mi vaso, removí los cubitos con los dedos. Me hice otro gin tonic.
       —Es más grave que eso —dijo Terri—. Se pegó un tiro en la boca. Pero tampoco le salió bien. Pobre Ed. —Sacudió la cabeza. 
       —Qué pobre Ed ni qué nada —dijo Mel—. Era un tipo peligroso. 
       Mel tenía cuarenta y cinco años. Era alto, ágil y tenía el pelo rizado y suave. Cara y brazos bronceados por el tenis. Cuando estaba sobrio, sus gestos, sus movimientos, eran precisos, en extremo cuidadosos. 
       —Pero me amaba, Mel. Concédeme eso —insistió Terri—. Es lo único que te pido. No me amaba de la forma como tú me amas. No estoy diciendo eso. Pero me amaba. Podrías concederme eso, ¿no? 
       —¿Qué quieres decir con que no le salió bien? —pregunté. 
       Laura se inclinó hacia delante con el vaso. Apoyó los codos sobre la mesa y sostuvo el vaso con ambas manos. Miró a Mel y luego a Terri, y aguardó con una expresión de perplejidad en su cara franca, como si se asombrara de que tales cosas les pudieran suceder a los amigos. 
       —¿Cómo dices que le salió mal si se mató? —inquirí. 
       —Te lo contaré yo —dijo Mel—. Agarró su pistola calibre veintidós, la que se había comprado para amenazarnos a Terri y a mí.

Hablo en serio, ese hombre siempre estaba amenazándonos. Deberías haber visto el tipo de vida que llevábamos entonces. Éramos como fugitivos. Hasta yo mismo me compré una pistola. ¿Pueden creerlo? ¡Un tipo como yo! Pero lo hice. Me la compré para defenderme, y la llevaba en la guantera del coche. A veces tenía que salir del apartamento en mitad de la noche. Para ir al hospital, por mi trabajo, ya sabéis. Terri y yo no nos habíamos casado todavía, y mi primera mujer se había quedado con todo: la casa, los chicos, con el perro, con todo, y Terri y yo vivíamos en otro apartamento. A veces, como digo, me llamaban en mitad de la noche y tenía que ir al hospital a las dos o las tres de la madrugada. El estacionamiento estaba completamente oscuro, y antes de llegar al coche empezaba a transpirar. Nunca sabía si Ed iba a salir de unos arbustos o de detrás de un coche y empezar a dispararme. Quiero decir que ese hombre estaba loco. Era capaz de ponerte una bomba, de cualquier cosa. Llamaba al servicio médico a todas horas, y decía que necesitaba hablar con el doctor, y cuando yo tomaba el aparato me decía: «Hijo de puta, tus días están contados.» Y nimiedades por el estilo. Era algo que daba miedo, créanme. 
       —A mí me sigue dando lástima —confesó Terri. 
       —Parece una pesadilla —dijo Laura—. ¿Pero qué sucedió exactamente después de que se pegara el tiro? 
       Laura es secretaria jurídica. Nos habíamos conocido en el campo profesional. Y antes de que nos diéramos cuenta éramos novios. Tiene treinta y cinco años, tres menos que yo. Además de estar enamorados, nos gustamos y disfrutamos de nuestra mutua compañía. Es una mujer con la que es fácil llevarse bien.

       —¿Qué sucedió? —insistió Laura. Mel explicó: 
       —Se pegó un tiro en la boca, en su cuarto. Alguien oyó el disparo y avisó al gerente. Entraron con una llave maestra y vieron lo que había pasado y llamaron una ambulancia. Coincidió que yo estaba en el hospital cuando lo trajeron, pero su estado era irreversible. Vivió tres días. La cabeza se le hinchó, se le puso de tamaño doble al de una cabeza normal. Nunca había visto nada semejante, y espero no volver a verlo. Terri, al enterarse, quiso ir al hospital para estar con él. Peleamos por culpa de eso. Yo opinaba que no debía verlo en aquel estado. Pensaba que no debía verlo, y sigo pensando lo mismo. 
       —¿Quién se salió con la suya? —dijo Laura. 
       —Yo estaba con él en su habitación cuando murió —precisó Terri—. No recuperó el conocimiento en ningún momento. Pero me quedé con él. No tenía a nadie más. 
       —Era peligroso —dijo Mel—. Si quieres llamarlo amor, allá tú. 
       —Era amor —repitió Terri—. Ya sé que era un amor anormal para la mayoría de la gente. Pero estaba dispuesto a morir por su amor. Murió por él. 
       —Pues para mí eso no es amor, puedes estar segura —dijo Mel—. Lo que quiero decir es que nadie sabe por qué lo hizo. He visto muchos suicidas, y en mi opinión nadie ha sabido nunca por qué lo hicieron. 
       Mel se puso las manos en la nuca e inclinó la silla hacia atrás. 
       —No me interesa ese tipo de amor —declaró—. Si para ti eso es amor, allá tú. 
      Terri explicó: 
       —Estábamos asustados. Mel incluso hizo testamento, y le escribió a su hermano, que había sido Boina Verde y vivía en California, diciéndole a quién debía llamar si algo le sucediese. 
       Terri bebió de su vaso. Prosiguió: 
       —Pero Mel tiene razón: vivíamos como fugitivos. Teníamos miedo. Mel tenía miedo, ¿verdad, cariño? Llegado cierto momento, yo hasta llamé a la policía, pero no sirvió de nada. Me aseguraron que no podían actuar mientras Ed no hiciera algo concreto. ¿No es gracioso? —dijo Terri. 
       Se sirvió lo que quedaba de gin y agitó la botella. Mel se levantó y fue al aparador. Sacó otra botella.

       —Bien, Nick y yo sabemos lo que es amor —dijo Laura—. Para nosotros, por lo menos. —Laura me dio un golpecito en la rodilla con la suya—. Se supone que ahora debes decir algo —insinuó, y se volvió hacia mí sonriendo. 
       A modo de respuesta, tomé la mano de Laura y me la llevé a los labios. La besé con gran fruición y vehemencia. Todos mostraron su regocijo. 
       —Somos afortunados —declaré. 
       —Eh, chicos —exclamó Terri—. Déjenlo ahí. Me están haciendo sentir mal. Aún siguen en la luna de miel, ustedes dos, santo Dios. Aún continúan alelados, ¿será posible? Pero ya verán. ¿Cuánto tiempo llevan juntos? ¿Cuánto tiempo hace? ¿Un año? ¿Más de un año? 
       —Un año y medio —contestó Laura, ruborizada y sonriente. —Oh, vaya —dijo Terri—. Pues esperen un poco. Levantó el vaso y miró a Laura. 
       —Sólo estoy bromeando —puntualizó Terri. 
       Mel abrió la botella y nos sirvió más gin
       —Vamos, muchachos —intervino—. Brindemos. Quiero proponer un brindis. Un brindis por el amor. Por el amor verdadero. Hicimos chocar los vasos. 
       —Por el amor —coreamos.

       Fuera, en el patio, empezó a ladrar uno de los perros. Las hojas del álamo tembloroso que pendían al otro lado de la ventana golpeaban tenuemente el cristal. El sol de la tarde era como una presencia en la cocina: la ancha luz de la calma y la generosidad. Podríamos haber estado en cualquier otro lugar, en algún lugar encantado. Volvimos a alzar los vasos y nos sonreímos unos a otros como niños que han pactado algo prohibido. 
       —Voy a explicarles lo que es el amor verdadero —dijo Mel—. Voy a colocarles un buen ejemplo. Luego podrán sacar sus propias conclusiones. —Se sirvió gin. Añadió un cubito de hielo y una rodajita de lima. Esperamos, bebimos todos a pequeños sorbos. Laura y yo volvimos a juntar nuestras rodillas. Le puse una mano en el cálido muslo y la dejé allí encima. 
       —¿Qué es lo que cualquiera de nosotros sabe realmente del amor? —dijo Mel—. Creo que en el amor no somos más que principiantes. Decimos que nos amamos, y nos amamos, no lo dudo. Yo amo a Terri y Terri me ama a mí, y también ustedes dos se aman. Ya saben a qué tipo de amor me refiero ahora. Al amor físico, ese impulso que te arrastra hacia alguien concreto, y al amor que inspira el ser de la otra persona. La esencia de esa persona, podríamos decir. El amor carnal y, bueno, digamos el amor sentimental, ese cuidado cotidiano para con la otra persona. Pero a veces me resulta difícil explicarme el hecho de que también debí de amar a mi primera mujer. Pero la amé, sé que la amé. Así que supongo que soy como Terri a este respecto. Como Terri y Ed. —Se quedó pensando en ello y luego continuó—: Hubo un tiempo en que creí que amaba a mi ex mujer más que a la propia vida. Pero ahora la aborrezco. De verdad. ¿Cómo se explica eso? ¿Qué ha sido de aquel amor? Qué ha sido de ese amor, eso es lo que quisiera yo saber. Me gustaría que alguien pudiera decírmelo. Ahí tenemos el caso de Ed. De acuerdo, otra vez Ed. Ama tanto a Terri que trata de matarla, y acaba matándose a sí mismo. —Calló y bebió un trago de gin—. Ustedes dos llevan juntos dieciocho meses, y se aman. Se les nota en todo. Rebosan amor. Pero los dos han amado a otra gente antes de encontrarse uno al otro. Los dos han estado casados antes, igual que nosotros. Y probablemente amaron a otras personas antes de su primer matrimonio. Terri y yo llevamos juntos cinco años, y casados cuatro. Y lo terrible, lo terrible, aunque también lo bueno, la gracia salvadora, podríamos decir, es que si algo nos pasara a alguno de nosotros, perdónenme que lo diga, si algo nos pasara a alguno de nosotros mañana, creo que el otro, la otra persona, lo pasaría mal una temporada, entiendan, pero, luego, el que sobreviviese saldría y volvería a amar, tendría a alguien muy pronto. Y todo esto, todo el amor del que hablamos no sería sino un recuerdo. Y puede que ni siquiera un recuerdo. ¿Me equivoco? ¿Estoy despistado? Porque quiero que me corrijan si no estoy en lo cierto. Quiero saber. Porque no sé nada, ¿entienden? Y soy el primero en admitirlo. De eso no sé nada
       —Mel, por el amor de Dios —intervino Terri. Se inclinó hacia él y le tomó de la muñeca—. ¿Ya te has pasado de la raya, cariño?: ¿estás borracho? 
       —Cariño, sólo estoy hablando —protestó Mel—. ¿Vale? No necesito estar borracho para decir lo que pienso. Estamos hablando, ¿no es eso? —dijo, y fijó la mirada en ella. 
       —No te estoy criticando —aseguró Terri. 
       Terri tomó su vaso. 
       —Hoy no estoy de guardia —puntualizó Mel—. Permíteme que te lo recuerde. No estoy de guardia. Puedo beber. 
       —Mel, te queremos —dijo Laura. 
       Mel miró a Laura. La miró como si no lograra ubicarla, como si no fuera la mujer que era. 
       —Yo también te quiero, Laura —dijo Mel—. Y a ti, Nick. También te quiero a ti. ¿Saben una cosa? —se interrumpió—. Ustedes son nuestros mejores amigos —afirmó. 
       Y cogió el vaso.

       —Iba a contarles algo —empezó Mel—. Bueno, iba a demostrar algo. Verán: sucedió hace unos meses, pero sigue sucediendo también en este mismo instante, y es algo que debería hacer que nos avergoncemos cuando hablamos como si supiéramos de qué hablamos cuando hablamos de amor. 
       —Vamos, Mel —lo regañó Terri—. No hables como si estuvieras borracho si no lo estás. 
       —Cállate por una vez en la vida —le pidió Mel con suma calma—. ¿Me harás ese favor, sólo durante un minuto? Como iba diciendo, hay una pareja de viejos que tuvo un accidente en la autopista interestatal. Un pibe chocó con ellos y los dejó hechos mierda. Nadie les daba muchas probabilidades de que salieran de esa con vida. 
       Terri nos miró y luego miró a Mel. Parecía ansiosa, aunque quizás ésta sea una palabra demasiado exagerada. 
       Mel nos seguía pasando la botella. 
       —Yo estaba de guardia aquella noche —explicó—. Era mayo, o quizá junio. Terri y yo acabábamos de sentarnos a la mesa cuando llamaron del hospital. Era por lo de ese accidente de la interestatal. Un pibe borracho, parecía un quinceañero, había estrellado la pickup de su papá contra el coche de los viejos. Tenían unos setenta y tantos años, los viejos. El chico, de dieciocho o diecinueve o algo así, murió al llegar al hospital. Se le había hundido el volante en el esternón. La pareja de ancianos seguía con vida, ya ven. Pero estaban graves. Tenían de todo. Fracturas múltiples, heridas internas, hemorragias, contusiones, desgarrones, de todo… Y conmoción cerebral, los dos. Créanme, un estado lamentable. Y, claro está, la edad lo empeoraba todo. Creo que ella estaba bastante peor que él. Para completarla le había estallado el bazo. Y tenía las dos rótulas fracturadas. Pero llevaban puestos los cinturones de seguridad, y bien sabe Dios que eso fue lo que los salvó de una muerte instantánea. 
       —Chicos, “he aquí un aviso del Consejo Nacional de Seguridad Vial. Vuestro portavoz, el doctor Melvin R. McGinnis, al habla” —Terri rió—. Mel —prosiguió—, a veces eres demasiado, . . . Pero te quiero, cariño. 
       —Cariño, te quiero —declaró Mel a su vez. 
       Estiró el cuerpo por encima de la mesa. Terri fue a su encuentro. Se besaron. 
       —Terri tiene razón —corroboró Mel, de nuevo en su silla—. Usen siempre los cinturones de seguridad. Pero, hablando en serio, los viejos estaban muy mal. Cuando llegué abajo, el pibe había muerto, como ya les he dicho. Estaba en un rincón, tendido en una camilla. Revisé por encima a los viejos y le dije a la enfermera de urgencias que hiciera bajar de inmediato a un neurólogo, a un traumatólogo y a un par de cirujanos. 
       Bebió un trago de gin
       —Trataré de no extenderme —continuó—. Los subimos al quirófano y estuvimos casi toda la noche trabajando en ellos. Qué increíble resistencia la de esos viejos. Raras veces se ve algo parecido. De modo que hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance, y al filo de la mañana les dábamos un cincuenta por ciento de probabilidades de vida, quizás algo menos a ella. Y ahí los tienen por la mañana, todavía vivos. Bien, pues los instalamos en Terapia Intensiva; pasaron dos semanas luchando por sobrevivir, mejorando poco a poco en todos los aspectos. Así que los trasladamos a una habitación. 
       Mel hizo una pausa. 
       —Vamos —prosiguió—. Acabemos este maldito gin barato. Y nos vamos a cenar, ¿de acuerdo? Terri y yo conocemos un sitio nuevo. Cenaremos allí, en ese lugar. Pero no nos moveremos de acá hasta que acabemos este maldito gin
       Terri aclaró: 
       —En realidad nunca aún hemos comido allí. Pero tiene buen aspecto. Por fuera, quiero decir. 
       —Me gusta comer —comentó Mel—. Si volviera a empezar de nuevo, me haría chef, ¿saben? ¿Te parece bien, Terri? 
       Rió. Hurgó en los cubitos de hielo con los dedos. 
       —Terri lo sabe —explicó—. Terri puede contárselos. Pero dejen que les diga una cosa. Si pudiera volver a nacer, vivir una vida diferente, en un tiempo diferente y todo eso, ¿saben qué? Me gustaría ser un caballero andante. Uno tenía que sentirse muy seguro con aquellas armaduras. Debe haber estado muy bien eso de ser caballero, hasta que inventaron la pólvora y los mosquetes y las pistolas. 
       —A Mel le gustaría ir a caballo con la lanza en ristre —añadió Terri. 
       —Y llevar siempre consigo el pañuelo de una mujer atado a la lanza—agregó Laura. 
       —O simplemente una mujer —redondeó Mel. 
       —¿No te da vergüenza? —saltó Laura. 
       Terri dijo: 
       —Supón entonces que volvieras a vivir y fueses un siervo. A los siervos no les iba tan bien por aquellos tiempos. 
       —A los siervos nunca les ha ido bien—dijo Mel—. Pero imagino que hasta los caballeros eran vesallos de alguien. ¿No era así como funcionaban las cosas? Pero incluso hoy todos somos siempre vesallos de alguien. ¿No es cierto? ¿Eh, Terri? Pero lo que me gusta de los caballeros, aparte de sus damas, es esa armadura que llevaban. No era nada fácil herirlos. No había coches en aquel tiempo. No había pibes borrachos que te embistieran y te rompieran la crisma. 
       —Vasallos —corrigió Terri. 
       —¿Qué? —preguntó Mel. 
       —Vasallos —repitió Terri—. Es vasallos, no vesallos
       —Vasallos, vesallos —protestó Mel—. ¿Qué diferencia hay, carajo? Me has entendido, ¿no? Muy bien —reconoció—. No soy culto. He aprendido lo mío. Soy cirujano del corazón, perfecto, pero no soy más que un mecánico. Voy y me meto las manos por allí y arreglo cosas. Mierda. 
       —La modestia no te sienta bien —dijo Terri. 
       —No es más que un humilde matasanos —intervine yo—. A veces, Mel, los caballeros se asfixiaban dentro de aquellas armaduras. Sufrían incluso ataques al corazón cuando las armaduras se calentaban en exceso, o si ellos estaban demasiado cansados y desfallecidos. He leído en alguna parte que a veces se caían del caballo y no podían levantarse, porque el cansancio les impedía mantenerse en pie con toda aquella armadura puesta encima. Y a veces los pisoteaban sus propios caballos. 
       —Terrible —exclamó Mel—. Es terrible, Nicky. Los imagino tendidos en el suelo, a la espera de que apareciera alguien y los lanceara, convirtiéndolos en brochettes de lomo.

       —Algún vesallo como ellos —dijo Terri. 
       —Exacto —apoyó Mel—. Aparecería algún vasallo y atravesaría a los muy bastardos—en nombre del amor. O en nombre de la puta causa que fuera por la que lucharan en aquellos tiempos. 
       —Las mismas por las que luchamos hoy en día —dijo Terri. 
       Laura sentenció: 
       —Nada ha cambiado. 
       Las mejillas de Laura seguían subidas de color. Sus ojos brillaban. Se llevó el vaso a los labios. 
       Mel se sirvió otra copa. Miró la etiqueta detenidamente, como si estudiara la larga hilera de números del código de barras. Luego dejó la botella sobre la mesa, con lentitud, y estiró la mano despacio hacia el agua tónica. 
       —¿Qué pasó con la pareja de ancianos? —quiso saber Laura—. No has acabado de contar la historia. 
       Laura tenía dificultades para encender su cigarrillo. Los fósforos se le apagaban una y otra vez. 
       La luz del sol, dentro de la cocina, era ahora diferente; cambiaba, se hacía más tenue. Pero las hojas del otro lado de la ventana seguían trémulas, y me puse a mirar las formas que dibujaban en los cristales y en el tablero de fórmica. No eran formas iguales, claro está. 
       —¿Qué pasó con los viejos? —pregunté. 
       —Más viejos pero más sabios; ahí siguen—comentó Terri. 
       Mel la miró con fijeza. 
       Terri prosiguió: 
       —Sigue con la historia, cariño. Era una broma. ¿Qué pasó? 
       —Terri, a veces… —empezó Mel. 
       —Mel, por favor —la interrumpió Terri—. No seas tan serio siempre, cariño. ¿No soportas una broma? 
       —¿Dónde está la broma? —inquirió Mel. 
       Mantuvo el vaso en la mano y miró fijo a su mujer. 
       —¿Qué pasó? —insistió Laura. 
       Mel clavó la mirada en Laura. Dijo: 
       —Laura, si no tuviera a Terri y si no la amara tanto, y si Nick no fuera mi mejor amigo, me enamoraría de ti. Y te raptaría. 
       —Cuéntanos la historia —lo instó Terri—. Y luego nos vamos a ese restaurante nuevo, ¿de acuerdo? 
       —De acuerdo —dijo Mel—. ¿Dónde estaba? —Se quedó mirando la mesa; luego siguió con la historia—: Iba a ver a los dos viejos todos los días, y hasta dos veces al día cuando tenía que quedarme a visitar a otros enfermos. Escayolas y vendajes, de la cabeza a los pies, ambos. Ya saben, lo han visto en las películas. Ese era el aspecto que tenían, igual que en las películas. Sólo tenían sobre las vendas unos agujeritos para los ojos, para la nariz y para la boca. Y ella, para colmo, con las piernas en alto. Bien, pues el marido estaba deprimido la mayor parte del tiempo. Incluso después de enterarse de que su mujer saldría de aquélla. Seguía muy deprimido. Pero no por el accidente. Me refiero a que el accidente era una cosa, sí, pero no lo era todo. Yo me acercaba al agujero de su boca, y él me decía que no, que no era por el accidente que estaba deprimido, exactamente, sino porque no podía ver a la mujer por los agujeros de los ojos. Decía que era eso lo que le hacía sentirse tan mal. ¿Se lo imaginan? Pueden creerme: al hombre le rompía el corazón no poder girar la maldita cabeza para ver a su maldita esposa. 
       Mel nos miró a unos y a otros y, ante lo que estaba a punto de decir, meneó la cabeza. 
       —Digo que lo que estaba matando a aquel idiota era que no podía mirar a su puta mujer. 
       Los tres miramos a Mel. 
       —¿Entienden lo que quiero decir? —preguntó. 
       Puede que para entonces estuviéramos todos ya un poco borrachos. Sé que nos resultaba difícil mantener las cosas en su punto justo. La luz abandonaba ya la cocina, se retiraba a través de la ventana hacia el lugar de donde había venido. Y sin embargo nadie hizo el más mínimo ademán de levantarse para encender la luz de encima de nuestras cabezas. 
       —Escuchen —propuso Mel—. Acabemos este gin de mierda. Todavía queda para una vuelta más. Luego nos vamos a cenar. A ese sitio nuevo. 
       — Mel está deprimido —observó Terri—. Mel, ¿por qué no te tomas una pastilla? 
       Mel sacudió la cabeza. 
       —He tomado todo lo que debía tomar. 
       —A todos nos hace falta una pastilla de vez en cuando —dije. 
       —Hay gente que las necesita desde que nace —comentó Terri. 
       Frotaba con el dedo algo que había encima de la mesa. Luego dejó de hacerlo. 
       —Creo que me gustaría llamar a mis hijos —dijo Mel—. ¿Les importa? Voy a llamar a mis hijos. 
       Terri le avisó: 
       —¿Y si Marjorie contesta al teléfono? Eh, chicos, ¿les hemos hablado de Marjorie? Cariño, sabes muy bien que no quieres hablar con Marjorie. Te hará sentirte peor. 
       —No quiero hablar con Marjorie —reconoció Mel—. Pero quiero hablar con mis hijos. 
       —No pasa un día sin que Mel diga que tiene ganas de que su ex mujer vuelva a casarse. O de que se muera —explicó Terri—. En primer lugar —afirmó—, nos está arruinando. Mel dice que si no se casa es sólo para fastidiarlo. Tiene un novio que vive con ella y con los niños. Así que Mel mantiene también al novio. 
       —Marjorie es alérgica a las abejas —contó Mel—. Cuando no rezo para que vuelva a casarse, rezo para que se le eche encima un puto enjambre de abejas y la mate a aguijonazos. 
       —Qué vergüenza —dijo Laura. 
       —Bzzzzz —susurró Mel, convirtiendo sus dedos en abejas y haciéndolas zumbar en dirección a la garganta de Terri. Después dejó caer las manos a ambos lados de su cuerpo. 
       »Es perversa —dijo Mel—. A veces hasta pienso en ir a su casa vestido de apicultor. Ya sabes: esa especie de yelmo con la plancha que te tapa la cara, los grandes guantes y el traje acolchado. Llamo a la puerta y suelto el enjambre dentro de la casa. Pero antes tendría que asegurarme de que no estuvieran los chicos, por supuesto. 
       Cruzó las piernas. Le llevó tiempo hacerlo. Luego puso ambos pies en el suelo y se inclinó hacia adelante, con los codos sobre la mesa y la barbilla en el hueco de las manos. 
       —Puede que no llame a mis hijos. Puede que no sea tan buena idea. Puede que lo que hagamos sea irnos a cenar. ¿Qué les parece? 
       —A mí me parece bien —asentí—. Comer o no comer. O seguir bebiendo. Yo podría seguir hasta que anochezca. 
       —¿Qué quieres decir, cariño? —preguntó Laura. 
       —Exactamente lo que he dicho —respondí—. Que podría seguir bebiendo. Eso es todo lo que he dicho. 
       —Pues yo comería algo —confesó Laura—. Creo que nunca he tenido tanta hambre en mi vida. ¿Hay algo para picar? 
       —Sacaré queso y galletas —dijo Terri. 
       Pero Terri siguió sentada. No se levantó ni trajo nada. 
       Mel volcó accidentalmente su vaso. Lo derramó sobre la mesa. 
       —Se acabó el gin —anunció. 
       —¿Y ahora qué? —dijo Terri. 
       Oía los latidos de mi corazón. Oía el corazón de los demás. Oía el ruido humano que hacíamos allí sentados, sin movernos, ninguno lo más mínimo, ni siquiera cuando la cocina quedó a oscuras.

____________ FIN ____________________

Alice Munro

Canadian author Alice Munro has won the Nobel Prize in literature. The 82-year-old author recently announced that she plans to stop writing.

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