La puerta que tantas veces se ha abierto, se me presenta una vez más en las tardes de sol, cuando el reloj vuelve a marcar las 17. Ya nada parece tan gigante como los años de mi infancia, ni siquiera tengo que pegar un salto ante el timbre, prácticamente puedo tocarlo con la frente. Al ingresar, el sonido alborotado de tantos niños/as  me produce la nostalgia de tantas historias ocurridas en esos pasillos escolares que denotan la Unidad Académica “Marcos Sastre”.

La escuela de la barranca tiene la vista más privilegiada de toda la localidad, con su punto inflexible para mirar el desarrollo de la ciudad y el horizonte del Delta que nos conecta con el más allá de lo que la vista puede alcanzar. Ese era uno de los grandes estímulos para aquel niño que fui, y que imagino  un mundo tan lejano, donde todo lo que yo soñara fuera posible. Hoy, esa misma imagen se ve saturada por las aulas modulares, una especie de casillas de fibrofácil que el gobierno dispone a las escuelas cuando se encuentran en refacción de las aulas edilicias, con un tiempo estipulado de dos a tres semanas. Las que se encuentran en la escuela Marcos Sastre ya llevan un año instaladas.

¿Cómo estimular la enseñanza en un espacio opaco y de prefabricación?

Aún me veo con mis ocho años recorriendo el pasillo que conecta el edificio nuevo con el histórico. Parecía una escena de “Algo Habrán Hecho” y la idea mágica de trasladarme al pasado era una sensación única. Todo era enorme y antiguo allí. Amaba el balcón que apuntaba a mi casa y soñaba  que la seño me dejaría pararme ahí,  para ver a mi mamá y extender los brazos en un discurso formidable, tal cómo Eva Perón lo hacía con las masas. Las fotografías de alumnos antiguos y los pupitres de madera que formaban parte de la colección de reliquias de fines siglo XIX  y principios del XX me fascinaban.

Pero mi mayor exaltación  era la escalera de mármol en forma de caracol que te conducía a la planta alta del edificio. Adoraba bajar por ella, con el tímido silencio de ocultar la idea de deslizarse elegantemente como Kate Winslet lo hacía en Titanic. Dicen que el “Guardapolvo blanco” es el uniforme impuesto en la educación pública y su objetivo es normalizar a todos los alumnos. Pero para mi, en esa escalera tan fina y delicada, el guardapolvo se transformaba en el vestido más glamoroso y lujoso que podría tener. Quizás Sarmiento no lo sabría, pero ese uniforme para muchos fue la posibilidad de quitar algo de la varonia impuesta.

El edificio histórico, aquel majestuoso e imponente  lugar que desde 1869 recibe estudiantes para formar o en su versión de colonia de vacaciones, está cerrado sin poder usar sus instalaciones en la actualidad.  Las problemáticas de refacción tienen antecedentes de más de una década y se agravó  por completo en los años de pandemia, sin poder utilizarse ninguna parte del mismo. El uso explotado del edificio construido en la década del 70’ llevó a que  la sala de música y de actividades prácticas  sean  aula hace ya tiempo.  Y luego las necesidades de ocupar espacio  se llevó puesto la sala de informática y las preceptorías, las cuales  se trasladaron a los pasillos. La Escuela Marcos Sastre hoy sufre las políticas de las promesas eternas de un gobierno que responde con grandeza el uso de las aulas modulares, que son producto de la emergencia.

Pero lo que me desvela pensar es: ¿Cómo podemos enseñar creativamente en espacios grises y cuadrados? Podemos ser críticos de todo el proceso de la educación normalista y sus fuertes exclusiones del sistema. Pero realmente, esas escuelas que se crean con Marcos Sastre fueron palacios majestuosos que en su representación construyen ideales y aspiraciones a un ascenso social. Hoy, con el desencanto a flor de piel, poco nos queda a los adultos para imaginar un mundo mejor.

Quizás esos niños/as miren esas aulas modulares y creen naves espaciales o casas rodantes que los lleven a otro lugar. Las infancias  siempre ven más allá de las estructuras sociales. ¿Podrán las aulas modulares llevarnos de paseo a recorrer el mundo?  Sì para  mi  el guardapolvo blanco era un vestido y la sociedad está en un proceso de reconstrucción del género.  Tal vez el hábitat  prefabricado les de la posibilidad de imaginar otras cosas a las nuevas generaciones, que cambie la realidad educativa, que nos acecha.

Solo me queda la esperanza intacta de ver máquinas retirando esas aulas y que las infancias vean volar como naves espaciales y la vista sea despejada.  Mientras tanto, mi niño interno desea volver a bajar las majestuosas escaleras, ahora si con el elegante estilo del glamour no oculto.

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