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En esta triste y abandonada tumba está enterrado Guillermo Nimo

El famoso murió hace casi diez años y en ese tiempo nadie visitó su tumba. En pocos meses sus restos pueden terminar en el osario común de la Chacarita.

Esta es una nota que empieza casi en el final de la misma, pero antes hay que conocer la historia de este personaje, como introducción necesaria.

Guillermo Nimo nunca hubiera imaginado este presente.

Nunca lo hubiera pensado un histriónico que para muchos era una mezcla de poco de cultura y mucho de bizarro. Cómo se equivocaban. No lo conocieron.

Por los avatares del periodismo compartí dos años de trabajo con él en Radio Colonia, en una transmisión inolvidable de fútbol, el “Parnisari Gol”. Tiempos en que la radio era el medio casi preferido de los hinchas para seguir el fútbol.

Allí conocí a Guillermo. Él era el comentarista del partido principal relatado por Carlos Parnisari, y a mí me tocaba hacer campo de juego en esos partidos.

Nimo ya lleva 3.500 días en medio del silencio, la soledad y el olvido.

En tantas horas compartidas (con varios viajes al interior del país) entendí que Guillermo Nimo no era nada de lo que la gente pensaba de él. Era intuitivo, inteligente, tan rápido para vender su imagen y hacerse famoso que hasta era capaz de fumar bajo el agua.

De la nada, logró lo que siempre persiguió: crear un personaje y sentir ese ruido de moneda cuando se cierra la caja registradora. Recaudaba y recaudaba. No hacía nada gratis, todo tenía que ser recompensado en efectivo o en canje.

Guillermo Nimo era muchísimo más inteligente de lo que todos suponían. Y lo demostró.

EL FÚTBOL ERA EL CAMINO

Hijo único de una familia de clase media sin problemas económicos, estudió y se recibió en el Carlos Pellegrini, y siempre supo que su futuro estaría en el fútbol.

Como jugador no pudo triunfar a pesar que llegó a ser arquero de la tercera de Huracán. Y como siempre pensaba que su único destino era la fama, decidió que ser árbitro era el nuevo camino.

La década del ’60 lo vio como figura central vestido de negro (aunque una vez dirigió un partido disfrazado como la Pantera Rosa). Hasta que llegó el momento que cambió su vida, pero no su destino. Un partido definía el título del Torneo Nacional 1968 entre Vélez y River.

Todos conocen la historia. Luis Gallo, defensor de Vélez, cometió con su mano un penal que vieron todos, incluso los que no fueron a la cancha.

El único que no vio esa mano fue justamente quien más debía verla, el árbitro del partido. Que era Guillermo Nimo. Pero él no la vio.

Para colmo de males, había varios minutos adicionales para jugar y no los hizo jugar. A los 45 clavados dio por finalizado el partido con el resultado 1 a 1, y Vélez, por primera en su historia se coronaría campeón.

Si algo le gustaba a Guillermo era vestirse con estilo (según él), apostar a los burros, las mujeres y vivir la noche. En una de esas trasnoches, en un cabarute perdido de un pueblito de la provincia de Buenos Aires, tras una transmisión, y tras la centésima vez que le pregunté cuál era la verdad de lo sucedido en aquel partido de la mano de Gallo, me lo contó.

No sé si lo habrá confiado a otros. Pero para mí es un secreto inviolable que llevo desde hace más de 30 años y nunca lo revelaré. Me dijo toda la verdad de aquel partido. Y comprendí muchas cosas.

EL PERIODISTA QUE NO ERA PERIODISTA

Terminado el arbitraje, ahí estaba, en su nueva versión camino a la fama: periodista.

Nunca le importó lo que decía la gente de él. Al contrario. Deseaba que hablaran de él, mal o bien.

Y el personaje que se creó era más importante que el fútbol mismo.

Dos anécdotas vividas con él lo demuestran.

Después de cada partido daba al aire, en la transmisión de Radio Colonia, los puntajes de los jugadores. Un día, en un partido de Vélez y San Lorenzo decidimos cambiarle los apellidos a algunos jugadores.

Terminado el juego, Parnisari le iba cantando los nombres y Nimo iba dando los puntajes. Después de puntuar a algunos muy conocidos como Chilavert, Giunta o Insúa, Parnisari empezó a tirarle apellidos españoles: “Ahora el número 4, García”, y Nimo respondía “2 puntos, flojísimo, shick, shick”. “Ahora el 8, Pérez”, y Nimo respondía “Un desastre, 1 punto, Debería dedicarse a la jardinería”.

Después de puntuar media docena de futbolistas que no habían jugado y ante las risas generalizadas, y la explicación de la broma, Guillermo salió con una de las suyas: “no importa como se llamen, fueron todos horribles, shick, shick”.

Otro día cubrimos un encuentro nocturno de San Lorenzo en cancha de Ferro. Nimo había sido durísimo en la transmisión con los jugadores del Santo. Terminado el encuentro íbamos caminando los dos hacia la playa de estacionamiento dentro del club y veo que se acercaban media docena de hinchas del Ciclón con insultos a Nimo. Yo le digo “¿Y ahora que hacemos Guillermo?”. Impertérrito, me contesta: “Tranquilo Gustavo, está todo controlado”.

Cuando estábamos a tres metros y los gritos ya eran preludio de los golpes, Guillermo se desabrochó el saco, y sacó una pistola que llevaba en una sobaquera.

Y les dice: “¿Todo tranquilo muchachos?”. Y los muchachos contestaron que sí. Entonces supe, de su boca, que tenía autorización para portar armas. La fama, a veces, es peligrosa.

CHAU FÚTBOL, HOLA PERSONAJE

Guillermo ya era un personaje mediático. Y ya no era Guillermo Nimo. Era su personaje. Y tenía que alimentarlo.

Su show llegó a la televisión y repartía amor y odio en partes iguales. Con sus perlas blancas y negras, con sus pronósticos, con sus bombas que le pasaba su amigo “Pirincho” (que en realidad eran datos que les pasábamos los periodistas que trabajábamos junto a él, y a veces nos permitíamos darle alguna mentira inmensa que él decía al aire como si fuera una verdad divina).

Su frase: “por lo menos así lo veo yo”, se hizo tan popular que su carrera lo llevó a otros destinos, lejos del fútbol. Sus apariciones en televisión fueron el escalón previo a su llegada al cine en dos películas, compartiendo cartel con Susana Giménez, Guillermo Francella y Luis Brandoni, entre otros.

Y arribó a su mayor sueño: el teatro de Revistas, donde trabajó en varias obras con personajes como Gogó Rojo, Edda Díaz, José Marrone, Adriana Aguirre, Mario Sapag, Carmen Barbieri, Noemí Alan y Adriana Brodsky. El sueño del pibe: aplausos, fama y estar rodeado de mujeres hermosas.

Y hasta se dio el gusto de tener su cartel francés en el Teatro Premier. Ya no le faltaba nada.

Así era Guillermo. Un hombre que persiguió la fama y la encontró. Que adoraba vivir rodeado del afecto y hasta del odio de la gente. No pasar desapercibido. Estar en el recuerdo del público.

Un día dejó de fumar. Uno de sus vicios que le servía para mostrar sus boquillas, la cereza que coronaba la imagen del personaje.

TRISTE, SOLITARIO Y FINAL

A los 75 años se enamoró y se casó con una mujer 35 años más joven.

Seis años después, el 12 de enero de 2013 murió Guillermo Nimo. Y acá empieza esta nota. Que es breve en lo que resta.

Días atrás alguien me pasó un dato y no lo pude creer: “La tumba de Guillermo Nimo está a la miseria y en todos estos años nunca fueron a ponerle una flor”.

La búsqueda, sin brújula, fue intensa. Hasta que llegué a ella.

Sí, allí está enterrado Guillermo Nimo. Solo una cruz despintada con su nombre.

Allí estaba la tumba. La cruz casi despintada, la tierra que ya perdió sus límites. Solo soledad.

Sí, allí está enterrado Guillermo Nimo.

El que tuvo la tarea de cavar y depositar allí el ataúd es Mario, un antiguo cuidador del cementerio. “Yo tampoco lo puedo creer. Un gran tipo y totalmente olvidado. En casi diez años nadie vino a visitar su tumba. Lo increíble es que yo lo conocí en 1982. Trabajaba en una verdulería de Barrio Norte, cerca de su departamento, y él venía a comprar allí. Me acuerdo que cuando le preguntaba algo de fútbol me contestaba: “Ah, no amigo. Yo trabajo en televisión. Yo cobro para hablar de fútbol”.

Quedan pocos meses para cumplirse un ritual terrible pero obligatorio. A los 10 años de enterrado las tumbas en tierra se levantan. Se envía un aviso al familiar que se hizo cargo del entierro y si después de 60 días nadie se hace presente, los restos se creman y las cenizas van al osario común.

Con cientos de otros que también fueron olvidados por los suyos En casi diez años ya pasaron días que no se pueden olvidar: los de sus cumpleaños, los aniversarios de algún acontecimiento importante, los días del padre, las navidades.

En estos casi diez años, la tumba de Guillermo Nimo vio pasar esos días sin recibir una flor. Ni siquiera el rezo silencioso de algún desconocido.

Guillermo no podía vivir un día sin recibir el afecto (o el desprecio en algunos casos) de la gente. Y ya lleva 3.500 días en medio del silencio, la soledad y el olvido.

Guillermo nunca lo hubiera imaginado. Donde esté seguramente dirá “no merecía este final”.

Sería bueno que alguien autorizado, de manera piadosa, se acordara de él.

Entonces, en el aire, se escuchará como un susurro: “Por lo menos, así lo creía yo…”.

Clarin.com

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