El escritor argentino habla sobre su novela “Darwin o el origen de la vejez”, en la que un músico a punto de cumplir 60 años viaja a Galápagos para pasar allí esa fecha especial. Viene de sufrir una gran decepción: la mujer de la que está enamorado lo rechazó porque lo considera viejo para ella

El argentino Federico Jeanmaire nació en Baradero en 1957. Es Licenciado en Letras y especialista en el Siglo de Oro y en El Quijote y su obra literaria es una de las más vastas y de las más premiadas en Argentina y en el mundo. Sus novelas son propuestas de diverso género y por momentos experimentales; muchas de ellas, tras una aparente sencillez, esconden apuestas audaces y originales.

PapáMás liviano que el aireMiguelFernández mata a FernándezAmores enanosTacos altos y Wërra son algunos de sus títulos. Recientemente editorial Alianza acaba de publicar Darwin o el origen de la vejez, novela ganadora del Premio Unicaja Fernando Quiñones. Esta vez el protagonista de la historia es un músico que, a punto de cumplir 60 años, viaja a Galápagos para pasar allí esa fecha especial. Viene de sufrir una gran decepción: una mujer de la que está enamorado lo rechazó porque lo considera viejo para ella y es a partir de esa mirada que el narrador advierte lo inexorable del paso del tiempo. La forma narrativa es la de una suerte de carta a la mujer que lo rechazó.

Galápagos será el escenario ideal para reencontrarse con el mundo de Darwin dos siglos después de los viajes del naturalista inglés, para reflexionar sobre los grandes cambios en la humanidad durante estos 200 años y también para volver a pensar el lugar del silencio en su actividad como músico y darle nuevos aires a la creación de su obra. Al mismo tiempo, el protagonista intentará conectar con sus instintos vitales y mantener una mirada adulta pero siempre joven sobre lo que lo rodea.

Semanas atrás conversamos con Jeanmaire vía zoom y lo que sigue es la transcripción de esa charla.

— Lo primero que te voy a preguntar tiene que ver con una curiosidad que surge en cuanto empiezo a leer la novela y es ¿por qué Galápagos?

— Eso tiene que ver un poco con mi adolescencia. Yo en algún momento de mi vida a los 12, 13 años, me peleé de alguna manera simbólica con mi padre y entonces la manera de pelearme fue pensar que su biblioteca no tenía nada que me interesara. Entonces empecé a ir a las bibliotecas de mi pueblo, las bibliotecas públicas, y en una, en la Biblioteca Municipal, encontré a Darwin y empecé a leerlo a esa edad y viste cómo es uno cuando es chico, que piensa que todo es más grande de lo que es. Hace poco volví a la casa de mi abuela y la recordaba mucho más grande de lo que es. Bueno, y me pasó lo mismo con las tortugas de las que hablaba Darwin en su viaje por el mundo cuando hablaba de Galápagos. A mí me quedó la idea de que eran inmensas y siempre tuve ganas de conocerlas. A los 20 años, cuando anduve por Sudamérica dando vueltas, no me alcanzaba la plata para pagar el barco que te llevaba a Galápagos. Cuando iba a cumplir 60 le propuse a mi hijo ir a Galápagos a festejarlo y fuimos y descubrí que las tortugas no eran tan grandes como yo suponía.

— ¿Por qué empezaste a escribir sobre la vejez? ¿Cuando estabas ahí ya pensabas que estabas en un viaje que iba a terminar convirtiéndose en literatura?

— Ay, muchas cosas. Bueno, por un lado yo me había comprado el libro La vejez de Simone de Beauvoir hacía un montón de años, lo había empezado a leer y no me había interesado.

— ¿A qué edad, te acordás?

— Tendría 30 y pico, 40. Más tarde lo encontré en mi biblioteca y descubrí que en ese momento ese libro sí me interesaba y mucho. La verdad es que es un libro extraordinario, un trabajo colosal de Simone de Beauvoir. Y hay otra parte que es real y que está escrita en la novela que es que me pasó eso con Ruth, me pasó que cuando la conocí yo tenía creo que 57 o 58 años y me dijo que no porque yo era muy viejo (risas). Y eso me impresionó mucho porque uno no se da cuenta de que es viejo hasta que alguien se lo dice, creo. Por ejemplo, hay una anécdota que cuenta Simone de Beauvoir en ese libro, en La vejez, que recomiendo profundamente… Su interés por investigar la vejez nace una vez que va a dar una charla a una universidad de Estados Unidos y mientras va caminando escucha a dos estudiantes, dos chicas, cuando una le dice a la otra: “No pensaba que Simone era tan vieja”. Y entonces ella se da cuenta en ese momento – tiene 50 y pico de años cuando le pasa eso-, que bueno, que está así como está. Y a partir de eso se pone a investigar años todo lo que tiene que ver con la vejez y plasma ese libro maravilloso. Bueno, a mí me pasa más o menos lo mismo, en el momento en que Ruth me lo dice, me provoca una cosa muy fuerte que es empezar a pensar que realmente estoy viejo, algo que quizás uno no se anima a pensarlo, no quiere pensarlo. La vejez está muy cerca de la muerte y a nadie le gusta ser viejo. Y entonces empiezo todo un proceso personal y creo que la ida a Galápagos también tiene que ver con eso. El libro básicamente cuenta ese proceso de una manera absolutamente literaria, creo.

— Ahora, antes que te dijeran “sos viejo” o de que te rechazaran porque eras viejo, ¿qué sentías, cómo te definías? ¿Como un adulto, como un hombre maduro, qué pensabas de vos mismo?

— Creo que en el fondo, aunque vayan pasando los años no sé si sos consciente del envejecimiento. En particular, supongo que debe haber casos en los cuales uno tiene problemas determinados de salud o algo que te habilita a pensarlo y a reflexionar sobre eso. En mi caso, como yo no sentía nada en particular y, como cuento en la novela, no soy de mirarme en el espejo, nunca me peiné en mi vida… Me acuerdo de haber llegado de ese viaje a España y tengo en mi habitación un armario, un ropero gigante que era de mi abuela que tiene un espejo de dos metros por un metro. Nunca lo había usado, y esa vez me pasé horas mirándome y dándome cuenta de que tenía razón Ruth, de que era así, que estaba viejo. Pero fue como un descubrimiento. Supongo que en el varón es distinto que en la mujer, que tienen algunas cuestiones biológicas que les van avisando ciertas cosas. En el hombre es más difícil, supongo, o en mi caso soy más tonto y no me había dado cuenta.

— Algo que me resultó interesante en tu novela es que en este momento de la revolución de las mujeres muchos hombres escritores están enojados y entonces refuerzan el lugar en donde estaban antes diciendo: “a mí nadie me va a cambiar la manera de observar el mundo porque yo no tengo ningún problema con nadie, no discrimino”, hay otros que sobreactúan el feminismo y se convierten en lo que se llaman “aliados” mientras que en tu novela el lugar de las mujeres y la reflexión sobre ellas aparece, diría, con total naturalidad. ¿Cambiaste en tu manera de mirar a las mujeres en estos años?

— Yo cambié respecto a lo que pensaba de las mujeres pero no fue ahora, de estos años, sino a los 20 años, cuando me fui a vivir a Europa. En Europa la mujer me enseñó bastante rápido que era igual a mí. Viví muchos años en España, después en Holanda viví un par de años, y entonces para mí todo lo que ha pasado por suerte en Argentina en estos últimos años es bastante normal. O sea, nunca sentí ninguna superioridad ni ninguna cuestión que me hiciera distinto respecto de las mujeres. Pero me acuerdo que sí fue una suerte de shock a los 20 años. Me acuerdo que en mi pueblo teníamos un grupo de chicos y chicas pero no éramos amigos de las chicas, éramos amigos solo de los chicos. Y, entonces, llegar a Europa y bastante rápido hacerme amigo de mujeres fue un cambio rotundo. Me desperté a esa igualdad hace muchísimo tiempo.

— Claro, la amistad te permitía conocer de las mujeres que no te permite una relación amorosa o apasionada. Es otra cosa ser amigo de las mujeres.

— Absolutamente. Por ejemplo, te cuento un caso, que lo vivo como maravilloso. Ruth existe, existe de verdad. Incluso me acompañó en un par de presentaciones. En Madrid y en Barcelona hicimos juntos las presentaciones de la novela. Fue muy divertido. Yo a Ruth la conozco, me pasa eso que cuenta la novela, en el año 2016, hace seis años. Qué sé yo, en algún momento intenté insistir, hice un viaje, y en un momento dado me di cuenta bastante claramente de que si yo seguía insistiendo en tener una relación amorosa me la perdía como persona. Y realmente no quería eso. Y hoy Ruth es, creo, mi mejor amiga. O sea, cuando tengo un problema de verdad o ella lo tiene, al primero que llama es a mí o yo la llamo a ella. Y eso solo es posible cuando, sin hacer alharaca de nada, podés ser amigo del otro. Yo no veo ninguna diferencia entre ser amigo de un hombre o de una mujer. Ninguna. Hubo varias mujeres amigas que me lo enseñaron.

— ¿Pero eso es algo que sentís más ahora?

— No, no. Por ejemplo, yo tuve una pareja holandesa durante tres años. Vivimos parte de ese tiempo en Holanda y parte en España, y cuando terminamos seguimos siendo súper amigos. Justo antes de la pandemia vino a quedarse con el marido y la hija acá en mi casa durante un mes. Yo cada vez que voy a Europa y puedo ir a visitarlos, voy. Para mí también en el amor tiene que haber amistad. Incluso en la pasión tiene que haber amistad. No se puede escindir. Es distinto, obviamente, pero en el fondo, si no sos amigo de alguien a quien querés, a quien amas, me parece que pasa algo raro en esa relación.

— El protagonista de tu novela tiene muchos puntos en común con vos. ¿Tocas la armónica como él?

— No. Tocaba mucho la guitarra cuando era más chico pero la armónica nunca. Intenté porque mi hijo tocó un poco pero nunca pude sacarle notas a la armónica. Tuve que leer bastante para componer esa parte del personaje, yo escucho mucho jazz y mucho blues y ahí la armónica es fundamental y es un instrumento que me encanta. En mi pueblo cuando yo era chico se hacía el festival de música popular y todos los años iba Hugo Díaz, que era una maravilla con la armónica.

— ¿Cuándo surge la idea de la armónica? ¿En qué momento decidiste que fuera músico?

— Bueno, yo en principio no quería que el personaje fuera demasiado parecido a mí. Ya lo iba a ser un poco entonces traté de cambiar varias cosas, por ejemplo no solo la armónica sino que él es vegetariano, cosa que yo no soy.

— Claro.

— Tiene mal carácter, que yo no lo tengo, creo. Y el tema del músico lo estuve pensando porque a mí me parece que la música tiene muchísimo que ver con la literatura y siempre me gusta trabajar en los libros algo musical a la vez que estoy contando algo. A mí me parece que, por ejemplo, el silencio en la música es tan importante como en la literatura. Hay muchísimas cosas de la música que están metidas en la literatura aunque no haya sonido digamos, aunque solo haya palabras, pero hay un sonido cuando uno lo lee en la cabeza de uno. Hay un sonido que es una música para mí y bueno, y cada escritor tiene su ritmo, tiene su música. Entonces me pareció que era lo mejor para que ese personaje no fuera un escritor porque eso me permitía hablar de la literatura desde otro lado.

— Hablás de los silencios y de los tonos y, por ejemplo, en tu novela se leen frases que se interrumpen.

— Sí.

— ¿Por qué?

— Claro. Los viajes siempre son internos además de externos, ¿no? Si no es un turista que va a mirar lo que hay que mirar sin mirarlo de verdad, cualquier viaje te cambia, te produce cosas interiores y eso me interesaba mucho y me interesaba que él descubriera que podía hacer cosas por sí mismo. Que él podía desligarse de leer una partitura y tocarla y crear. En este caso, él va descubriendo que es capaz de crear a partir del silencio. Él se da cuenta de que puede hacer eso en un momento dado, y eso un poco se parece un poco a lo que hago yo escribiendo entonces, no sé, hay todo un juego ahí elíptico con respecto a la literatura, a lo que me interesa hacer y a lo que hace ese músico en Galápagos.

— La cuestión ambiental es un tema que aparece. No es un tema central pero sobre todo aparece durante un diálogo importante que tiene el protagonista con un señor que le sirve comida y que tiene algunos planes. Yo estos días veía algunos planes para Galápagos que siguen generando mucha resistencia. ¿Qué opinión tenés vos, cuál es tu actitud con respecto a la cuestión ambiental?

— Bueno, mirá, yo vengo de un pueblo, de Baradero, que no está a la orilla del Paraná, está a la orilla de un río que se llama Baradero que es un riacho, como una rama del Paraná, y enfrente de nuestro pueblo está la isla que llega hasta el Paraná y sigue después hasta Entre Ríos. Eso que ahora se llama humedales se llamó toda la vida bañados y es una palabra que me gusta más que humedales.

— Aparece en la novela eso.

— Claro. Los ecuatorianos le llaman poza, que me encanta, me gusta más todavía que bañado. Nosotros, desde chicos, todas las primaveras o los veranos -que es cuando queman la isla- no podíamos salir. Había días que no podías salir porque llegan las cenizas todo el tiempo. En ese momento creo que nadie tenía conciencia de lo malo que eso podía ser para la ecología. Hoy hay incluso en mi pueblo una conciencia absoluta de que eso no está bien y que hay que parar. Hay grupos que están trabajando en eso. Hay a veces manifestaciones en contra de eso. Y se le pide al poder político que haga algo al respecto. Creo que eso sí es algo que hemos descubierto no hace tanto. Me acuerdo de que cuando a los 20 años descubrí que la mujer era igual a mí, también descubrí una cosa que fue que en ese tiempo la juventud luchaba en Europa en contra de la energía nuclear porque se suponía que eso era muy malo para el medioambiente y que podía provocar una catástrofe, etcétera. Pero no había una conciencia de lo ecológico, eso es mucho más nuevo y es sumamente interesante porque el planeta está sufriendo y creo que hay que abrir los ojos y tratar de hacer todo lo que esté a nuestro alcance para cambiar eso. Para que la gente empiece a pensar un poco más en lo que hace y cómo lo hace. Eso sí es un descubrimiento bastante moderno, por lo menos en mi vida. Cuando volví, me traje unos libros que había comprado que uno era, por ejemplo, cómo construirte un calefón solar, que eran básicamente dos chapas con unos cañitos muy finitos que se ensortijaban y entonces el sol les daba de día y vos te podías bañar a la noche. Entonces me acuerdo de que con un amigo queríamos en algún momento irnos a vivir al campo y tratar de hacer todas esas cosas que tenían que ver con lo ecológico pero sin tener la conciencia que tenemos hoy. No estaba para nada esa conciencia.

— “Me siento enteramente joven y me doy el gusto de acompañar en el nado a un montón de enormes tortugas marinas durante un larguísimo rato”, se lee en tu novela. ¿Hiciste eso?

— Sí.

— ¿Era algo que soñabas de chico? ¿Qué te pasa con esa imagen?

— No, no. Es muy bonito. Galápagos es realmente extraordinario. Todo el que tenga posibilidad de ir, realmente es un lugar único. Yo creo que por eso le impresionó tanto a Darwin. Es un lugar lleno de playa, por ejemplo, pero no hay nadie en la playa porque el agua es muy fría, porque ahí pasa la corriente del Pacífico entonces el agua es helada, solo te podés meter al mar con un traje de neoprene, y por lo general te metes para ver animalitos, para ver peces, tortugas, lo que sea. No estás ahí tomando el sol con protector y qué sé yo. Es un turismo completamente distinto al que podés encontrar en cualquier otro sitio. Y nadar entre tortugas que no son las gigantes, estas son las tortugas de agua, que te pasan, se ponen a nadar al lado tuyo, no te tienen miedo, es tremendamente bonito. Yo hablo también ahí de unos animales que se llaman cristatus, son realmente raros, y para Darwin fue un animal fundamental para su teoría porque es el último anfibio que queda. O sea, con eso él descubrió que la primera vida vino desde el mar a la tierra y éste, que es un bicho bastante prehistórico, por su forma es el último que queda de esos anfibios. Bueno, te podés ir a nadar y podés nadar con ellos al lado. Ellos van a comer al agua y vuelven a dormir a la arena porque, si no, los tiburones se los comen. Es una relación con la naturaleza que creo que es única.

— Te hago la última. ¿Qué te imaginás que sigue en esta idea de la vejez? ¿Cómo te imaginás en los años que vienen?

— Para mí el éxito de un escritor es tener ganas de seguir escribiendo. Yo tengo ganas de seguir escribiendo. Terminé una novela antes de irme a España y cuando volví lo primero que hice fue empezar otra que no sé si va a ser o no, pero mi intención es que sea. Y trato de seguir escribiendo todo lo que pueda porque es lo que me hace feliz: yo me despierto con ganas de escribir. Así que mientras eso se pueda hacer, creo que algo de juventud me va a quedar.

Infobae

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