Muchos funcionarios esperan que un triunfo en la Copa del Mundo disimule los problemas cotidianos. Nunca fue así y en esta columna se enumeran ejemplos contundentes

(Desde Qatar) No hace falta profundizar en los archivos: para recordar cuantas veces los gobiernos nos sacuden malamente la modorra mientras jugamos al tejo o nos sacamos arena entre los dedos en (no tan) plenas vacaciones de verano basta con tocarse el corazón… y el bolsillo.

Nuestra memoria termina siendo entre distraída y piadosa; cuesta encontrar algún espacio, eso que hace un tiempo identificábamos como partidos políticos, que no haya caído en la tentación de castigarnos con dureza, decir lo indecible o hacer lo indebido aprovechando que nuestro cerebro anda en otra cosa.

Tal vez por eso, un montón de funcionarios en off y varios personajes públicos en on rezan el mantra “ya llega el Mundial” a la espera que las manos de Dibu Martínez, los pistones de De Paul o la inconmensurabilidad de Messi nos narcoticen lo suficiente como para que no nos enteremos de la ristra de groserías administrativas que adornan nuestro tiempo.

No va a pasar.

Nunca pasó.

Es indudable que millones de argentinos estamos ya en Modo Mundial. Tanto es así que casi no se ven en la tele comerciales de marcas que no se hayan subido, oficial u extraoficialmente, al bondi de la Scaloneta. Lo hacen los patrocinantes de la AFA y de la FIFA y lo hacen aquellos que sacan aproximación: te regalan camisetas aclarando que no son “de verdad” o vinculan una marca de fiambres con la dueña de los derechos de comercialización de las figuritas. A propósito, momento bizarro el de los que apelamos a los buenos oficios del kiosquero amigo que nos saco cinco paquetes de canuto; desde agosto último, pareció menos sospechoso comprar nitroglicerina que figuritas mundialistas.

Sin embargo, si por alguna razón un suceso mundialista argentino –según mi visión, llegar a las semifinales ya sería un muy buen torneo- nos alterará lo suficiente como para que los bochornos cotidianos pasasen a un segundo plano, estaríamos rompiendo con todos los antecedentes.

Revisemos los argentinos

1986. El seleccionado de Maradona y Bilardo ganó la copa en México. El presidente Alfonsín, cuyo gobierno casi a pleno pedía a gritos un cambio de técnico hasta antes del mismísimo debut con los coreanos, no dudó en ceder el balcón de la Casa Rosada para el festejo de jugadores, cuerpo técnico y allegados. Por cierto, tuvo el buen gusto de mirar la fiesta por televisión y dejó el palco para los campeones. Un año después, no solo el radicalismo perdió las legislativas de medio término sino que Cafiero le ganó a Casella la gobernación de la provincia de Buenos Aires.

1990. La épica de una final imposible, con un plantel entre austero y diezmado que fue capaz de eliminar a Brasil y a Italia, se celebró como si hubiésemos sido campeones. Otra vez hubo balcón de la Rosada. Esta vez no se la perdieron ni el presidente Menem ni algunos miembros de su gabinete, encabezados por Fernando Galmarini, entonces Secretario de Deportes. Seis meses más tarde, en medio de una crisis inflacionaria importante, el canciller Cavallo pasaba a ser Superministro. La convertibilidad pasaba a ser el salvavidas que no fue el fútbol.

Revisemos algunos extranjeros.

2010. Un maravilloso equipo español se consagró en Sudáfrica. Tiempos en los que el deporte español ganaba casi a todo. Desde la Fórmula 1 hasta el tenis. Imposibilitado de sacar una Ley de Presupuesto en 2011, el presidente José Luis Rodríguez Zapatero adelanta las elecciones que termina ganando la oposición por más de 15 puntos de ventaja.

2002. Brasil gana el penta. Ronaldo se consagra como un auténtico fenómeno después de haber sido acusado de haberse querido autoexcluir de la final de Francia, cuatro años antes. Poco tiempo después de la final en Japón y de tres intentos infructuosos, llega a la presidencia Luis Inacio Lula da Silva. No solo ganó la oposición, sino que el PSDB representado por José Serra perdió la primera vuelta por 20 millones de votos y la segunda por 19.

Conclusión: un título Mundial no regala tiempos blandos a oficialismos que solo gestan tiempos duros.

Sin dudas que no vamos ni a espiar el celular mientras jueguen nuestros muchachos. Y muy probablemente volvamos a sentir esa cosa extraña que es llorar por un gol, si es que tuviéramos la enorme dicha de ver a la celeste y blanca salir campeona.

Pero, sépanlo amigos funcionarios. Nada termina distrayéndonos lo suficiente como para que ignoremos lo importante… lo profundo.

Además, sabemos que todo es efímero. El deporte es sabio al respecto

No en vano encima de la puerta vaivén de acceso a la cancha central de Wimbledon hay un cartel en madera tallado con un fragmento de un poema de Rudyard Kipling. Ese que dice: “Si puedes encontrarte con el Triunfo y el Desastre, y tratar a esos dos impostores de la misma manera”.

Infobae

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