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“He esperado el amor”: fragmento de “Darwin o el origen de la vejez”, la novela de Federico Jeanmaire premiada en España

“He esperado el amor”: fragmento de “Darwin o el origen de la vejez”, la novela de Federico Jeanmaire premiada en España

“He esperado el amor”: fragmento de “Darwin o el origen de la vejez”, la novela de Federico Jeanmaire premiada en España

24/05/2022

Categoría: Cultura, xHoy1

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En su nuevo trabajo, el escritor argentino narra la historia de un músico que llega a las islas Galápagos con deseos de soledad y de olvidar a una joven mujer. La obra obtuvo el Premio Unicaja “Fernando Quiñones”.

El escritor argentino Federico Jeanmaire regresa a la escena literaria con su nueva novela, Darwin o el origen de la vejez, publicada por Alianza Editorial. En el libro, el baraderense narra un doble viaje: por un lado, el de un músico -el protagonista de esta historia-, que, a punto de cumplir 60 años siente que se le va la vida. La gota que rebalsa el vaso es cuando Rut, una mujer joven a quien conoce y lo une una relación, toma distancia por ser mucho mayor que ella. Entonces, toma una decisión -el segundo viaje-: ir a la islas Galápagos.

Allí, el mundo exterior -la flora y la fauna tan características- dialoga con el interior, como en un juego de espejos, en el que el músico reflexiona y explora el paisaje. Así, cuenta su viaje al interior, al de la introspección y la toma de conciencia de la vejez y reflexiona sobre las formas del amor de los hombres. Pero también hay alusión, una especie de identificación del protagonista- con el famoso naturalista inglés Charles Darwin, quien en las islas Galápagos desarrolla su reconocida teoría de la evolución. Viajes a un mismo lugar, a través del tiempo, en el que ambos toman conocimiento y descubren ciertas nociones trascendentes para sus vidas y la descripción única del lugar.

Jeanmaire escribió más de una veintena de obras por las que ha obtenido diferentes reconocimientos, como el Premio Especial Ricardo Rojas a la mejor novela argentina escrita entre 1997 y 1999, galardón otorgado por el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires a su obra ‘Mitre’. El autor obtuvo el Premio Emecé de Novela en 2008 por Vida interior y también ganó el Premio Clarín de Novela 2009 con la obra Más liviano que el aire. Además, ha sido finalista del Premio Herralde de Novela por su trabajo Amores enanos. Sus libros han sido traducidos a varios idiomas. Esta vez, el autor de Wërra vuelve a obtener un galardón por su obra: Darwin o el origen de la vejez fue distinguida en España con el XXII Premio Unicaja de Novela “Fernando Quiñones”.

Fragmento de “Darwin o el origen de la vejez”

Baltra/Santa Cruz

No hay tortugas en Galápagos. Ni de las gigantes ni de las otras: las ordinarias, las más pequeñas. O al menos no las veo durante el corto trayecto que hago en un incómodo autobús que me lleva desde el aeropuerto de Baltra hasta el canal de Itabaca. Tampoco veo ninguna tortuga desde la cubierta del ferry que me cruza a la isla de Santa Cruz ni en el apenas algo más confortable autobús que por dos dólares me transporta los cuarenta y pocos kilómetros que separan el canal de la escasa ciudad de Puerto Ayora.

No veo ninguna, Rut.

Juro que no.

Lo que sí alcanzo a observar, en cambio, son un par de carteles que exigen del chofer cierta precaución ante el posible paso de tortugas. Precaución que, por supuesto, el chofer del autobús no atiende disminuyendo la velocidad.

Y pájaros.

Veo pájaros.

Hacia donde mire, encuentro pájaros. Muchos. Por todos lados. Incontables. Ergo, argumentaría un apurado Borges de improbable visita en las islas, si no puedo contarlos y alguien que no sea yo puede concebir su número exacto, Dios existe.

Darwin, por el contrario, no pensaba en Dios a la hora de mirar hacia el cielo: llevaba la cuenta precisa de los pájaros que asesinaba por deporte durante los meses de verano que pasaba en Woodhouse. Un día, narra en las memorias que escribe hacia el final de su vida, mientras cazaba junto al capitán Owen y su primo el mayor Hill, más tarde lord Berwick, experimentó la sensación de haber sido tratado ignominiosamente pues cada vez que disparaba y creía haber derribado un pájaro, alguno de los dos simulaba cargar su escopeta y le avisaba que no debía sumarlo porque él había disparado al mismo tiempo y el guardabosques, percatándose de la broma, les daba la razón.

Más tarde le contaron la burla.

Aunque nunca la perdonó.

Había cazado un gran número de pájaros aquel día, pero, lamentablemente, no sabía la cantidad, por lo que no podía añadirlos a la escrupulosa lista que confeccionaba haciendo nudos en el trozo de cuerda que llevaba atado al ojal. Siguiendo el razonamiento borgeano, entonces, para aquel joven que más tarde se convertiría en el más notable naturalista del siglo XIX, Dios sólo podría existir a partir de una broma. O su existencia, mejor, sería el resultado de una broma humana.

Dicen bastante sobre Darwin, los pájaros.

Y también sobre Borges.

Sin embargo, no creo que digan demasiado acerca de mí. Quizá sí o quizá no. Algo sospecho, de todos modos. Estoy acostumbrado a que la memoria, la mía, siempre tan precaria, tan pobre, recuerde nada de aquello que no tiene sentido recordar. Absolutamente nada. Tampoco demasiado de lo que tendría sentido, a decir verdad. Por eso es que algo sospecho. Aunque, claro, no tenga la menor idea de hacia dónde dirigir las sospechas de lo que he pensado acerca de Dios o acerca de cualquier otro asunto, mientras descubro, aquella mañana, una incontable cantidad de pájaros desde la ventanilla del autobús.

Darwin llega a la isla de Chatham, hoy San Cristóbal, el 15 de septiembre de 1835. Llega en un barco, el Beagle, casi cuatro años después de su partida desde Devonport, Inglaterra. Y tarda todavía dos días más en desembarcar.

Eran otros tiempos.

Y él mismo era otro hombre del que sería luego, también.

El que desembarca en las islas de los Galápagos es un hombre joven, repleto de preguntas y de ilusiones, tan diferente a aquel otro hombre que, hacia el final de su vida, escribe para sus hijos una suerte de amoroso y monótono legado en forma de memorias. A mí, el autobús me deja justo frente al muelle del puerto, en el centro neurálgico de la pequeña ciudad. Camino por la avenida que bordea el mar en busca de un hotel. La avenida se llama Charles Darwin, por supuesto. Entro en varios, pero ninguno termina de convencerme. Hasta que, por fin, me decido por uno, Lobo de mar, en el que, desde la terraza que está junto a mi inminente habitación, se alcanza a ver la bahía en toda su extensión.

Estoy cansado.

He tenido que hacer dos trasbordos de avión, uno en Lima y el otro en Quito, quince horas de viaje en total.

Y me parece mucho. Demasiado. Me pregunto qué hace Darwin durante los dos días que le lleva a la tripulación del Beagle desembarcar en San Cristóbal. ¿Está cansado? ¿Se aburre? No escribe nada en su diario acerca de ese tiempo muerto. Lo entiendo perfectamente, tampoco yo podría escribir tres palabras seguidas acerca de las varias horas que he debido esperar en el aeropuerto de Quito para tomar el último de los aviones.

¿Ha cambiado la percepción humana del tiempo en los casi dos siglos que separan su llegada a las islas de los Galápagos de la mía?

Se me ocurre que sí, que ha cambiado.

Recuerdo, mientras observo la bahía desde la terraza del hotel, que Darwin dedica un montón de horas, durante su estancia en las islas, a perseguir tortugas para decidir que pueden recorrer hasta nueve kilómetros por día en busca de agua dulce. Le sobraba el tiempo, me da la impresión. Y enseguida me pregunto, para mis adentros y muy seriamente, si alguna vez he sentido que el tiempo me sobrara.

Me respondo que no.

Me respondo que nunca.

Los pelícanos, estacionados sobre las rocas volcánicas que bordean el mar, apenas se mueven. Simulan no estar allí en donde están hasta el exacto instante en que descubren a su presa. Entonces, empujan apenas las alas y se lanzan como rayos, con su largo pico como estandarte, a la pesca. A los pocos segundos emergen, terminan de guardar lo pescado dentro de los pliegues de sus buches, tiemblan para desprender el exceso de agua de sus cuerpos y vuelven a quedarse tan estáticos como lo estaban antes de la cacería.

Esperan.

Y se me ocurre, mirándolos esperar confundidos entre las rocas, que aunque jamás yo haya sentido que el tiempo me sobrara, he pasado buena parte de mi vida esperando.

Tantas cosas.

He esperado el amor, por ejemplo.

Y cada tanto, muy de vez en cuando, reconozco haberlo encontrado. No recuerdo haber intentado contar los pájaros del cielo ni recuerdo haber pretendido matarlos. Para bien o para mal, nunca me ha interesado la existencia o inexistencia de Dios. Pero sí me importó el amor.

Y el mundo.

También he sabido esperar a que el mundo cambie.

En vano, lo he esperado. Casi todos los días de mi vida he esperado que modificaran sus conductas los seres humanos que habitan el mundo. Hasta que, un día cualquiera, me cansé de esperar.

Quién es Federico Jeanmaire

♦ Nació en Baradero, Provincia de Buenos Aires, en 1957

♦ Es licenciado en Letras, profesor universitario y especialista en El Quijote.

♦ Obtuvo numerosos y muy importantes premios, como el Rojas, el Emecé y el Clarín. También fue finalista del Premio Herralde de Novela.

♦ Publicó obras como Papá, Una virgen peronista, Tacos altos, Amores enanos, Miguel, Más liviano que el aire y Wërra, entre otros.

♦ Su obra fue traducida en más de veinte idiomas.

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