Por Inambú Carrasquero – Seis y media de la tarde del lunes en Baradero. Plaza colón. Pensé en lo inaudito de encontrarnos en este lamentable trance, a solo dos cuadras de donde hace poco menos de un año se desató otra tragedia inolvidable en este pueblo.
Éramos muchos, sorprendentemente muchos. No busqué acercarme a nadie porque no tenia ganas de hablar, ¿qué podía decir?. Me bastó ver que cada vez éramos más. De pronto el rugido ensordecedor de las motos, que al contrario que a otros, a mi no me molestó ni me asustó. Sentí que el nudo que me oprimía el estómago subía a mi garganta y tuve que reprimir un tremendo deseo de llorar. En ese instante me abarcó brutalmente el inmenso dolor de los padres, hermanos y amigos de Lucas; podía sentirlo aunque no los veía desde mi lugar. Me metí entre la gente y empecé a caminar; me hacia bien caminar entre tantos que estaban sintiendo lo mismo que yo; el estruendo de las motos hablaba por todos, tenía la intensidad y la fuerza de la bronca y la impotencia que a todos se nos fue amontonando en el pecho desde hace mucho tiempo; ya sabemos por que, no es necesario detallar nada. Nadie quería violencia, eso se podía oler claramente, pero esa vuelta a la plaza en medio del ruido furioso y el olor de los escapes fue una catarsis inesperada; hubiese querido que no dejáramos de caminar nunca.
Marchando hacia la comisaría, miraba la cara de Lucas multiplicada en la espalda de otros chicos, en carteles y en banderas, ¡qué demencial!, pensé con espanto que esa cara joven, sonriente, podría haber sido la de un hijo de cualquiera de nosotros, empujado fatalmente a un camino sin regreso, justamente por alguien que debería haberlo protegido: un policía.
La comisaría esperó y soportó la presencia pacífica, pero firme y numerosa de la gente, con las puertas cerradas a martillo y las persianas vergonzosamente bajas, como símbolo de la sinrazón, del contrasentido y del descalabro moral al que nos ha conducido esta administración municipal. El pueblo reclamando justicia frente al edificio de su “Policía Comunal” por la inadmisible muerte de un joven de diecinueve años, acribillado cobardemente por la espalda por un miembro de esa policía, era realmente un cuadro pintado por un desquiciado. Desde mi lugar pude ver que adentro, detrás de los vidrios de la entrada, se apiñaban como anchoas en un frasco, todos los policías que pudieron rejuntar para que los “ defendieran” a ellos; armados con cascos y escudos, como si la gente afuera, demandando justicia, fuera el verdadero peligro en esta ciudad.
La formidable máquina de echar leña al fuego que es Aldo Carossi, es también ilimitadamente incapaz de reaccionar acertadamente y por si fuera poco, de una insensibilidad patológica. No creo que exista en el mundo alguien con menos inteligencia para leer la realidad que ha generado con sus atropellos y con su arbitrariedad y las consecuencias de ello, de manera que no queda otro camino que tener la certeza de que tampoco se hará cargo ahora de esta espantosa tragedia que nos ha llevado nuevamente a las portadas de los medios nacionales.
Su naturaleza necia y primitiva le impide tomar conciencia de que es el responsable máximo de las muertes de Giuliana y Miguel y ahora de Lucas. Él es el que ha elegido y sostenido contra viento y marea a funcionarios incapaces, sin la idoneidad necesaria para gestionar en áreas de tamaña importancia como lo son la Seguridad y el Control de Tránsito. Él es el que ha hecho caso omiso a los reclamos de la población por la inseguridad sin precedentes que venimos padeciendo y él y nadie más que él, es quien decide adoptar las peores actitudes para seguir confrontando y lastimando a un pueblo al que no puede aportar ni la más mínima satisfacción.
Tantas afrentas, tantos dolores, no se olvidan fácilmente ni se pueden borrar con una goma. Espero y deseo que en un día no muy lejano deba rendirnos cuentas.
Inambú Carrasquero











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