Hace algunos años, cuando todavía vivía en Barcelona, rescaté de la basura una Lexicon 80 flamante y pesada. Había cuatro, esperando que pasara el camión de la basura, pero sólo me traje una para que mi ex mujer no me tomara por loco. Si hubiera vivido sólo me las traía a todas, porque la máquina de escribir es, de las cosas que no respiran, lo que más quiero en este mundo.
Pero sobre todo me fascina ésta, la Lexicon de Olivetti, porque reproduce los anhelos de mi infancia. Mil veces me levanté descalzo de una siesta y perseguí el ta-ca-tac que llegaba desde el comedor de Mercedes, mi ciudad natal en Buenos Aires. Cuando tenía cuatro años no había maravilla más grande que mi papá sentado frente a su Lexicon, escribiéndole cartas a la Dirección General Impositiva.
Yo arrastraba una silla blanca y me trepaba para verlo. La fila de hormigas elegantes que aparecía en la hoja se detenía únicamente cuando él se mordía un labio; el de abajo. Y cuando levantaba las cejas volvía el sonido de la marcha: ta-ca-tac, ta-ca-tac… Lo que más me gustaba era que llegara al final de una línea, porque el mejor de todos los ruidos era el timbre del salto de carro: había que mover el rodillo o las hormigas se podían caer, desde la hoja hasta el suelo, y podía ser fatal.
En aquellos tiempos lo único que yo quería de mi vida era aprender ese arte; sentía que el artefacto -macizo, gris, y más que nada poderoso- era el mejor juguete que existía sobre la tierra. Y que saber usarlo por diversión sería, por lógica, el mejor de los juegos humanos.
Recuerdo que mi ex mujer, el día que encontré aquel artefacto arrumbado en la esquina y lo traje al comedor, no sé por qué telepatía puso la Lexicon huérfana en un sitio privilegiado de la casa, así que lo empecé a mirar todos los días. Y cada vez que lo hacía, mi cabeza regresaba a Mercedes, a la época en que oía el traqueteo en el comedor, y volví a sentir en la parte de atrás de la nuca esa impaciencia por aprender a escribir.
Cuando yo tenía cuatro años me fascinaba que las personas grandes se quedaran en silencio frente a las hojas incómodas del diario La Nación (un tabloide argentino del tamaño de una sábana) y que movieran los ojos para leer.
Una vez, solo en el baño, quise repetir el gesto adulto de la lectura del periódico y entonces no me entretuve con los dibujos de la contraportada, sino con las letras indescifrables de los titulares. Las miré fijo, a esas letras incomprensibles, como si el proceso de leer no llegara desde el entendimiento, sino de una postura determinada de los ojos. Como los estereogramas que estuvieron de moda en los noventa. Pero no ocurrió ningún milagro.
Me concentré en una letra (entonces no sabía que se llamaba la jota) y pensé algo demasiado enfermizo: pensé que los mayores tampoco veían nada en aquellos garabatos, y que en realidad se burlaban de mí todo el tiempo para después, a solas, divertirse a costa de mi ingenuidad.
También supuse que crecer significaba que, a determinada edad, me dejarían ingresar al grupo de los chistosos, y que entonces yo estaría obligado a gastarle esa broma a mis propios hijos. Y que en eso consistía todo el sistema educativo del ser humano.
Debo haberle roto mucho las bolas a Roberto para que me enseñara el truco; se lo debí haber implorado hasta con espanto, porque esa misma tarde apareció en casa un libro que se llamaba Upa (un libro de lectura para primeros infantes), y al día siguiente, dos años antes de que empezara mi escuela primaria, mi papá usó la Lexicon 80 para enseñarme todo lo que sé.
Yo no sé si mi padre Roberto supo alguna vez que aquel año -1975- me divertí como un cerdo. No sé si sabe que cuando yo tenía cuatro años buscaba un gesto en sus ojos, y que la curiosidad que yo tenía por aprender quedaba en desventaja frente a las ganas de que él hiciera el gesto de triunfo, que era el de levantar las cejas y decir «muy bien, negrito», y después buscar en mi mamá, en los ojos de ella, la otra mitad de la gloria.
Yo aprendí a leer y escribir en el comedor de casa, mientras se freían las milanesas en la cocina. Roberto volvía de trabajar a las ocho. Y yo lo esperaba con el libro Upa en la mano, sentado frente a la Olivetti, para que me explicara más. Ninguna noche llegó tan cansado como para decir hoy no. Cuando él abría la puerta y dejaba el portafolios en el sillón, se encontraban dos grandes obsesiones: la mía por entender, y la suya por que entendiera.
Ahora mi padre ha muerto. Pero cuando encontré aquella máquina de escribir en la esquina de mi casa, en Barcelona, él todavía vivía. Esa misma noche me escribió un mail, preguntándome cómo hacer para encontrar un icono perdido del escáner, y yo le respondí de qué forma, usando el botón derecho, él podía colocar un acceso directo en el escritorio. Durante los últimos años de su vida yo le di muchos de estos trucos pelotudos de informática, y al hacerlo sentía que le devolvía un poco de lo que me dio en 1975. Pero no pude equilibrar nunca, ni aunque le hubiese dado mil tutoriales más. Porque él, sin saberlo, me enseñó las dos cosas que todavía hago con más tenacidad: leer y escribir.
Ahora vivo en Buenos Aires y mi hija está conmigo pasando las vacaciones. En el comedor hay una Lexicon y al ver a mi hija pasar por al lado de aquella máquina de escribir, sé que tengo delante de mis narices la única tarea fundamental de la paternidad: trasmitir pasión.
Y vuelvo a sentir en la parte de atrás de la nuca esa impaciencia, esa alegría desbordada, como si otra vez tuviese cuatro años y las letras de la Olivetti fuesen garabatos por conquistar.










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