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Mastronardi: una estupenda edición

Mastronardi: una estupenda edición

Mastronardi: una estupenda edición

21/11/2011

Categoría: Interés general, xHoy2

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Por Gary Vila Ortiz– La Universidad Nacional del Litoral ha logrado algo que unos cuantos esperábamos con impaciencia: una edición de las obras completas de Carlos Mastronardi. Esperábamos, sin esperar, es cierto, de la misma manera que esperamos que alguna vez se haga una edición de las obras completas de Sarmiento y las de Alberdi. Sabemos de algunos intentos recientes, pero no hemos tenido oportunidad de saber hasta dónde se ha llegado. En el caso de Mastronardi estuvieron las ediciones realizadas por la Academia Argentina de Letras, pero se trata de libros inhallables.

Ahora la UNL nos alegra con una espléndida edición de las obras completas de Carlos Mastronardi en dos tomos de casi mil páginas cada uno. Es un trabajo al que no habría que mezquinarle ningún elogio, pues se hace evidente que se ha hecho un esfuerzo que requiere tanto tiempo como esa sabiduría tan retaceada en algunos trabajos realizados en nuestro país aunque muchas veces de manera tardía.

Mastronardi era alguien que no era partidario de publicar con frecuencia. Borges me dijo lo que significaba para él Mastronardi y por cierto escribió sobre ese excepcional poeta entrerriano. Decía que ese poeta era uno de los motivos para sentirse orgulloso de ser argentino.

Esta edición, en dos tomos de casi mil páginas cada uno, está realizada con un cuidado y una responsabilidad que no suele ser común entre nosotros. Los trabajos críticos que se han usado para la edición son de un excelente nivel. Nosotros somos meros lectores y creo que no tengo conocimientos críticos de ninguna especie. Recorrimos los pasillos de dos facultades, la de Medicina en Rosario y la de Derecho en Santa Fe. Los recuerdos que guardo de esos años me resultan entrañables por los amigos que tuve y por algunos profesores que curiosamente y de manera muy simpática tenían la particularidad de aplazarme. Empecé bien la carrera. Federico Llobet, titular de Introducción al Derecho me puso un sobresaliente. Y creo que la terminé bien, pero por razones inversas. Traté de rendir bien dos o tres veces contratos (Derecho Civil IIII) pero un excelente profesor, Brebbia, me aplazó cada vez que tuvo oportunidad de hacerlo. Al tiempo, yo ya estaba entregado el periodismo, nos encontramos casualmente y Brebbia me sonrió con una gran cordialidad. Yo había escrito esa mañana un artículo en el diario, entonces Brebbia me dijo: «Me hace sentir bien el haberlo aplazado tantas veces. Usted tenía pasta de periodista, no de abogado…»

Es decir, en todos esos temas que me apasionan, soy ligeramente un autodidacta. Como tal redacto estas líneas. Tuve la suerte de conocer a Mastronardi, no tanto como me hubiera gustado, pero lo suficiente para guardar un retrato suyo en la memoria.

La primera vez fue cuando me tocó compartir con él y con Araoz Anzoátegui el jurado de uno de los concursos organizados por La Capital cuando cumplió sus cien años en 1967. Hubo tres concursos, uno dedicado al ensayo, otro al cuento y un tercero a la poesía.

Trabajar con esos dos poetas fue una experiencia que no olvido, una lección del respeto que sentían por los que habían enviado sus trabajos y la forma en demostraban cómo habían profundizado en la lectura de los poemas. Como es bien sabido Mastronardi, como Conrado Nalé Roxlo y César Tiempo y ese rosarino un tanto olvidado que fue Oreste A. D’Aló, vivían de noche y dormían durante el día.

Con Mastronardi, en el hotel Italia, estuve toda una noche escuchando la forma en que Mastronardi iba leyendo los poemas y los hallazgos que encontraba en cada uno. Fue una lección de humildad de uno de los más grandes poetas de nuestra literatura. Me preguntaba sobre cada uno de los textos que leía. Señalaba y repetía tal o cual línea y me decía si yo había prestado la debida atención a ese hallazgo o al lirismo particular de este otro poeta. Y como profundo conocedor de su oficio, era indudable que muchos de los textos le revelaban que se trataba de determinado autor.

A esa hora nos rodeaba no sólo el silencio del hotel sino también el de la ciudad. Yo sentía esa sensación de plenitud en esa escena que disfruté y nunca he olvidado. Yo era jurado como representante del diario y quien estaba a cargo de la organización de todo aquello que se hizo por el centenario, el entrañable Raúl N. Gardelli, me había recomendado que dejara que la decisión fuese tomada por los miembros invitados y así fue. Ellos estuvieron de acuerdo con el poema que ganó y se otorgó ese premio. Recuerdo, y justo es señalarlo, que tanto uno como el otro, se mostraron sorprendidos por la calidad de muchos de los poemas que habían llegado para el concurso.

Al día siguiente sometí a Mastronardi a la «tortura» de llevarlo en mi viejo Citröen hasta Fisherton para tomar algo en mi casa y que conociera a mis hijos (en ese momento tenía solamente cuatro). Mastronardi aceptó ir por las calles de un barrio que en aquel entonces tenía muy poco que ver o nada con el barrio de estos días. Ir por Boulevar Argentino hasta el golf era recorrer un camino con una calle de tierra llena de pozos, con solamente tres o cuatro casas a los costados. Mientras íbamos a los saltos vi como Mastronardi miraba que mis medias eran de lana, por lo cual me dijo: «Usted se parece en algo a Bioy Casares». Se sonrió cuando yo le dije: «¿Le parece que escribo así?», y sin darle tiempo a contestar le dije: «Sí, por las medias». En casa soportó el llanto de los niños y luego volvimos.

En agosto del año siguiente, es decir para el día 24 de agosto de 1968, el diario me mandó para cubrir un acto de homenaje a Mastronardi que se iba a realizar en Baradero. Deseo reproducir lo que publiqué en Borges en Pichincha, libro que en realidad creo que no existió aún cuando fue editado. Copio de la inexistente escritura: «Recuerdo también un día en Baradero, un 24 de agosto de 1968, cuando hubo un homenaje nacional a Carlos Mastronardi. De ese homenaje recuerdo muchas cosas que debería enumerar a la manera de Borges, una enumeración caótica y posiblemente infiel, porque la memoria así lo quiere en estos instantes, hasta jugar con los papeles que anoté en aquel día y ahora me parecen lejanos, ajenos a mí mismo. Una milonga que una muchacha de Baradero, bella y entrevista como una nostalgia, le había escrito a Borges para su cumpleaños. Un diálogo con Borges sobre un tango de Manzi, 24 de Agosto, que no tiene mucho sentido repetirlo pero que siempre le causaba mucha gracia al Lobo Sábato. Borges enseñándole a Mujica Laínez como manejaban el puñal los guapos con un puñal que le habían regalado ese mismo día. La presencia, como sombras lejanas a mi posibilidad de dialogar con ellas, de Petit de Murat, de Bioy Casares, de Jorge Calvetti. De María Angélica Bosco, de César Rosales, de León Benarós. Mujica Laínez leyendo una carta de Victoria Ocampo. Borges habló, se rió, hizo bromas, mostró su profunda amistad con Mastronardi». De ese día recuerdo también una muestra de pintores santafesinos y un poema que era muy bello y siempre dude quién era su autor. Ese poema se encontraba en el pequeño cuaderno editado con motivo del homenaje a Mastronardi. El poemas se titulaba Triste Soberanía.

Entre los trabajos críticos que incluye esta imperdible edición, en encuentran dos que me han interesado particularmente. Uno de Adolfo Prieto sobre los ensayos que escribió Mastronardi y el otro de Martín Prieto sobre la poesía de estamos recordando hoy.

Ignoro cuántas veces vino el poeta a Rosario dar alguna conferencia. Pero recuerdo una en particular que dio en Círculo Médico invitado por mi padre. Cuando terminó de hablar me aproxime a él para charlar y fue cuando, luego de algunas vanalidades que le habré preguntado, me fue señalando dos o tres personas que todavía quedaban en la sala y luego de indicarme cuáles eran me preguntó si eran amigos. Le dije que no, que pensaba que debía ser la primera vez que los veía. Entonces, con una sonrisa cómplice me pidió que le comentara que ni siquiera se aproximara a ellos pues se trataba de verdaderos delincuentes y le diría, me comentó, para ser un poco más benigno que se trataba de «delincuentes literarios».

Página 12

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