Por Luis Verdina– A veces cuando uno asiste a lugares donde se concentra una importante cantidad de gente casi siempre se deja absorber por la dinámica de la escena y la cinética de la gente yendo de un lado a otro. Tengo la costumbre, no siempre fue así, de jugar con un efecto visual que consiste e imponer una visión detallada de los acontecimientos, como si pudiera manejar cada segundo en una especie de cámara superlenta.
Este juego que impongo me ayuda a analizar en profundidad, miradas, gestos, acciones, conversaciones, saludos, en fin cada uno de los movimientos de lo que sucede a mí alrededor. A veces esta acción dura segundos, minutos o el tiempo que lleve analizar cierto contexto. El sábado cuando llegué al playón de la estación acompañado de mi esposa y de mi hija el tiempo pareció detenerse. Me encontré con un escenario donde se registraba una fiesta infantil genuina, auténtica, exenta de vicios demagógicos, lejos de la especulación, desprovista de mentiras, de manejos, de negociados, donde tanto chicos como grandes , sin condicionamiento alguno disfrutaban sin cesar. Había un solo
Cartel que decía “asamblea de la estación” y una bandera argentina que sin mancharse de hipocresía flameaba orgullosa sostenida con una caña como únicos sellos
Distintivos de quienes estaban generando esa concentración popular. Una señora del barrio que orgullosa estaba junto a sus 5 hijos tomando un vaso de chocolate y un pedazo de torta me dice “Don Luís, ¿de que partido son estos chicos?, porque no los vi. por mi barrio estos días y tampoco me dieron propaganda, ¿Quién paga esto, el intendente , son del intendente, no? , “No, muchacha – le dije sonriéndole- acá nadie paga, tampoco el intendente tiene algo que ver, esta tarde se regala ESPERANZA, una esperanza que vos y yo quizás no veamos o disfrutemos”. Me miró sin entender , se rió por compromiso, y mirando al gordito cachetón que sostenía en su brazos, con la boca sucia de dulce de leche, pude ver el futuro de mi país reflejado en ese gurí crecido y viviendo dignamente donde sus hijos no tendrán que esperar el día del niño para tomar chocolate y comer torta hasta el hartazgo en el playón de la estación o esperando que el intendente o el señor Hat le envíe para las elecciones las chapas (con boleta incluida) para terminar “el ranchito” .
Mi ojo sigue observando lentamente como al principio, giro la vista y miro enfrente, como contrapunto la pared de la indignidad, decorada con demagogia, mentiras, decadencia y hago una comparación rápidamente , de este lado la pureza de la política, la honestidad ideológica e intelectual, del otro lado de la calle mas de lo mismo acompañado de perversidad. Hojas, crayones, música de María Elena Walsh, mis amigos de siempre, los colegas de siempre, la diputada de siempre, “la tía “infaltable, el pelcha, un decorado que se repite hasta el hartazgo como también se repite la indiferencia de los de siempre.
Queda claro quien es quien en la política y que persigue cada uno cuando lo proclaman funcionario gubernamental, este juego de seguir las secuencias lentamente te permiten hacer ver estas realidades. Vi. otras secuencias alrededor que merecerían un análisis, pero lo dejamos para otros momentos. Me quedo con la transparencia de los chicos de la asamblea, que sin dejar boletas eleccionarias junto a la taza de chocolate, ni hacer discursos políticos baratos le regalaron una sonrisa a los purretes que se congregaron en la estación, y dejaron a sus padres y abuelos con un interrogante “me dieron algo sin pedir nada a cambio, ¿Qué está pasando acá?”.
Un seudo periodista seguirá catalogándolos como “descerebrados” , parte de la sociedad los ignora, otros los critican, otros los apoyan, otros quizás esperan un resbalón para “ejecutarlos”, yo le propongo que cuando ellos movilicen y convoquen mire a su alrededor en cámara lenta, y verá a pesar del alboroto que lo rodee, el motor que los empuja, podrá observar la esperanza retratada en su retina, escuchará la claridad de su mensaje, la simpleza de su lenguaje, la militancia en su más pura esencia. Son ellos, los chicos de la asamblea de la estación, mocosos, insolentes, pero desprovistos de caretas.
Algunos seguirán hablando sin haber estado presentes, si bien no fue una fiesta con demasiados niños, donde solo se regalaba una taza de chocolate y un pedazo de torta fruto de donaciones, sin financiamientos “políticos”, podemos asegurar que la niñez no se manchó, que la fiesta fue esencialmente popular, que se mantuvo la pureza, donde la dignidad de sus organizadores estuvo presente en cada acto del evento. Facu, Marco, a todos ellos, gracias por seguir manteniendo viva la esperanza que un mundo distinto es posible.
«La sangre joven no obedece a un viejo mandato.» (W. Shakespeare).
Escrito por Luis Verdina
Periodista Radio E99











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