Durante su pausa laboral para el almuerzo en la estación del cable carril de la Isla de Manhattan a la Isla Roosevelt, después de fumar la mixtura de marihuana y  hashish, pelirroja y vestida enteramente en un “largo de cocktail” azul tornasolado designed by Claude Montana —dead-stoned[1] y estresada—, a Mallory la iluminaron tres epifanías:

Descubrió que su sutil juego erótico con Adriano había crecido hasta quedar fuera de toda proporción. Comprendió por fin también el significado de las primeras palabras que él le había dicho, “¿Sabés una cosa? Vos no existías. Acabo de crearte”: La pasión que emanaba de la voz y la mirada de Adriano la había re-creado. Por último, tomó conciencia de la tamaña desolación que le generaban sus encuentros sexuales con Lucian: había perdido todo el placer de ser la Musa, Deidad y hembra de su amante.

Ahora Mallory sabía que cuando Adriano pronunció las palabras “¿Sabes una cosa?: Vos no existías. Acabo de crearte.”, le estaba diciendo que la desearía intrínsicamente. La querría con un impulso tan romántico, con una desesperación tan absurda que la sacudiría hasta sus cimientos y la arrancaría de la inmovilidad estatuesca que ella había construido para sí misma. Como si se observase desde lejos y desde afuera de su propia existencia física y espiritual [«¡Esta mixtura es realmente poderosa!»], ella ahora divisaba una fortaleza de piedra helada, erigida en medio de la polución espiritual de una vida despreciable de representación y simulacro: la suya, como “Primera Modelo” de La Parfumerie.

Comenzó a acelerar el paso; el ruido de sus tacones Manolo Blahnik de charol plateado resonaba en los zaguanes de las elegantes townhouses del Upper East Side. Dejó que ese sonido rítmico se transformara en un mecanismo para graduar la velocidad de sus hallazgos, de sus tres epifanías. Desde la estación del cable carril hasta Bloomingdale’s la acompañó el eco de esas palabras, “Vos no existías. Acabo de crearte”, “Vos no existías. Acabo de crearte”, “Vos no existías. Acabo de crearte”.

Así como Adriano se había enseñado a sí mismo a desearla, también había reimplantado en Mallory deseos y necesidades a los que ella había renunciado hacía ya largo tiempo. Mallory había interpuesto una puerta de acero entre su yo presente y la historia de su propio pasado. La modelo de Bloomingdale’s había emergido como una náufraga sobreviviente de un mar  de aguas tempestuosas —de ese tiempo anterior cuya existencia ella había conseguido borrar, pero a un precio carísimo, hoy lo sabía.

Estaba ahora aterrorizada ante la posibilidad tal vez inevitable de reencontrarse con esa historia pretérita de su vida. Esa puerta de acero entre ella y lo que existió en aquel entonces debía continuar cerrada bajo llave, pasador y tranca de hierro. Tenía que detener ese proceso de inmediato. Inmovilizar a Adriano, amordazarlo.

Llegó a la Avenida Lexington y giró a la izquierda para alcanzar una de las dos entradas principales de Bloomingdale’s, la de esa avenida y la Calle 59. Sin notar la letra del rap que brotaba rabiosamente del radio del hombre parapléjico que mendigaba a la entrada del department store, Mallory empujó la puerta giratoria y entró hecha un torbellino:

Yo, ho’

Gonna make you beg!

Yo, ho’

Gonna make you bleed!

Yo, ho’

Gonna make you feel!

Yo, ho’

Gonna make you be![2]

 

Ya en La Arcada, vio a Adriano en el clip de Eternity, de Calvin Klein. Caminó rápidamente hasta él y le susurró:

—¿Podés venir conmigo un momento? Debo decirte algo.

*    *    *

Una vez que le hubo mostrado los valores que escondía el escritorio Depression Modern, Mallory le dijo a Adriano que iría a pasar una semana en la casa de un amigo en la isla Martha’s Vineyard, en el Cape Cod de Massachusetts. Le entregó las llaves de su departamento y declaró cuánto le gustaría que las conservara en su poder desde ese momento en adelante y que, “por favor, por favor, por favor”, le regara las plantas durante su ausencia.

En esta última tentativa de salvar [en realidad, de recuperar] la relación con Adriano, Mallory aprovechaba la oportunidad —esa y cualquier otra de valor trascendente— para reafirmar su compromiso con él, su entrega a Adriano.

La posesión de las llaves había sido motivo de discusiones constantes en tiempos pasados. Mallory llevaba una vida privada que preservaba y protegía con un celo tal que la había llevado a prohibirle a Adriano cualquier acceso impromptu a su hogar de Central Park West:

—Never come again unannounced! [¡Jamás vengas otra vez sin avisarme antes!]

La realidad de estar en contacto nuevamente, de saberse juntos una vez más, de por fin superar los temores y en consecuencia bajar las defensas, en esos días tempranos era para Mallory una incongruencia que no conseguía conciliar. Ya habían sido pareja en varias oportunidades, habían estado cerca o distantes en fases diferentes de sus vidas a lo largo de nueve años, pero nunca habían vivido juntos ni intercambiado jamás las llaves de sus respectivos departamentos. Ahora, en esta última tentativa, esta etapa final —después de los votos frente a Allen, con todas las posibilidades agotadas y todos los símbolos ya destruidos o perdidos— no quedaban otros mecanismos. Por eso ella se forzaba a estas entregas radicales:  el llavero que Mallory acababa de ofrecerle a Adriano tendría que constituir el último talismán. Él abrió entonces su mano derecha, palma ahuecada hacia arriba, y Mallory depositó en la misma el pesado llavero de plata 900 maciza: eran dos letras “C” hermanadas en un abrazo, el logotipo de Chanel.

Con la grave expresión de quien efectúa un juramento legal o una promesa de carácter religioso, Mallory le dijo:

—Quiero que poseas estas llaves, que te las quedes tanto cuanto lo desees. Quiero que mientras yo tenga este departamento, que es también tu lugar, te sientas dueño de venir aquí cuando quieras, de permanecer aquí tanto tiempo como quieras…

*    *    *

Adriano llegó a la mañana temprano. Abrió la doble cerradura y encendió las luces. Era domingo de mañana y Mallory estaba en Martha’s Vineyard. Con algo de aprehensión, se paseó por el departamento antes de atreverse a encender el estéreo para escuchar música. Finalmente oprimió el interruptor y algunos segundos después surgió del piano de Thelonious Monk la melodía de  “Nuthin’s Perfect” [Nada es perfecto]; sin duda, lo último que Mallory había estado escuchando antes de partir.

Adriano permaneció un momento de pie en el centro exacto del living, oyendo la digitación percusiva de Monk sobre las teclas, —muchas negras, sostenido y bemol. Mientras tanto cavilaba sobre la ironía que en ese momento representaba para él el título de esa canción, Nuthin’s Perfect!.

Entonces emergieron a la superficie de su conciencia los recuerdos de su relación pasada con este lugar, el hogar de Mallory. Éstos permeaban de modo gradual su acostumbrado buen humor del séptimo día —y así se insinuó en su interior un malestar que Adriano imaginó sentiría cualquier invasor dotado de cierta ética.

Entonces puso manos a la obra: llenó la gran jarra de cristal en la cocina y comenzó a regar los varios potes y macetas que se hallaban disimulados dentro del gran plantero del ventanal. En uno de los viajes a la cocina para re-llenar la jarra de agua, se detuvo a observar con atención absorta el enorme reloj de madera de péndulo oscilante que colgaba de la pared, al final del corredor; había sido construido por un actor y músico de blues, Martial —un amante más de Mallory. Para Adriano, ese reloj constituía una reliquia, el símbolo literal y cronográfico de otro tiempo tormentoso[3].

 

Mallory había conocido a Martial en un taller de Hamlet. Sólo le confesó a Adriano que Martial había penetrado en su vida cuando ya no supo más cómo continuar ocultando esa verdad. No obstante, le aclaró que estaba sólo deslumbrada con Martial, porque “era muy hermoso”. Le aseguró que no estaba enamorada de él; era simplemente “una infatuación momentánea”.

Sin embargo, algunas semanas más tarde Mallory comenzó a comprar bags de heroína Starsky & Hutch y a perderse días enteros aspirándola. El aislamiento absoluto que crea la comunión total con la heroína había sido el medio que Mallory encontró para apartarse de Adriano… para desaparecer de su propia conciencia y re-emerger junto a Martial.

Pasaron días y días de ausencia.

Entonces hubo una nueva oportunidad y Adriano fue admitido al departamento de Mallory. Al entrar se deparó con una Gibson Les Paul de caja acústica —un refinado instrumento de madera ahumada color miel y diapasón de ébano. Ésta descansaba sobre el sofá del living, al lado de una maleta negra de  aspecto profesional. Era la costosa guitarra y el resto de las pertenencias de Martial, que acababa de mudarse a ese lugar. Mallory, con los ojos a media asta [¿heroína?] le informó a Adriano que Martial era ahora su roomate.[4]

Y ese momento había determinado el fin de otra de sus etapas con Mallory.

 

Cuando Adriano terminó de regar las plantas, el reloj que Martial había construido tic-taqueaba las diez horas y treinta y cinco minutos de la mañana. La memoria de ese final desastroso, causado por la llegada de Martial, le advirtió a Adriano que no debía confiar jamás en Mallory. ¿Estaba realmente ella en Martha’s Vineyard, hospedada en la casa que allá tenía Ronald, su amigo y jefe, el propietario de Depression Modern?

Mallory le había presentado a Ronald en la mueblería-boutique de Soho, por lo tanto Adriano no sólo sabía que era gay sino también que era, desde hacía muchos años, el amante de un hombre mucho mayor que él. La relación había comenzado como las que establecían los aristócratas de la Grecia clásica con sus amantes adolescentes, the boy lovers.

No obstante, ¿qué fantasmas subsistían en los rincones oscuros del corazón de Mallory y en los del torturado cerebro de Adriano?

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*Continúa mañana

[1] Expresión del Slang inglés: “muerta, como de piedra”, o sea, muy afectada por los efectos de alguna substancia «fumable» sobre la psiquis, principalmente marihuana, hashish u opio.

[2] ¡Che, puta*

te voy a hacer implorar!

¡Che, puta

te voy a hacer sangrar!

¡Che, puta

te voy a hacer sentir!

¡Che, puta

te voy a hacer ser!

* En el slang o argot del Black English [inglés negro], ho’ ” es una contracción de whore, puta.

[3] Tiempo tormentoso: imagen tomada del título de la canción de jazz Stormy Weather, compuesta por Harold Arlen y Ted Koehler en 1933, estrenada ese mismo año en el Cotton Club de Harlem, a pocas cuadras de donde se halla Adriano regando las plantas en ese momento. Stormy Weather se tranformó en un clásico del jazz por las versiones que grabaron Lena Horne y también Billie Holiday. Stormy Weather es también el título de un Álbum de 1990 de Thelonious Monk, probablemente el que está girando en la bandeja tocadiscos: una de sus tracks es «Nuthin’s Perfect», la que Adriano oye en esa escena de Mujer Beatles.

[4] Roomate: compañero de cuarto

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