—¿Adriano? ¡Hola! Pasá, por favor.

—Hola, Allen. ¿Cómo estás? Gracias.

—¿Cómo has estado? Sentate aquí, por favor.

Alan es gordo, de rostro redondo, calvo en la parte superior de la cabeza, pero en las sienes y en la nuca el cabello ondulado y grisáceo le llega hasta el cuello de la camisa. Su aspecto general y su barba enorme causaron que Mallory y Adriano se refirieran a él alternadamente como “El Gnomo” o “El Duende”. Lleva anteojos estilo John Lennon, sandalias, un pulóver tejido en New México y pantalones de corderoy beige.

En la sala de espera, Adriano se había entretenido mirando las pinturas bastante malas [“Regalos de pacientes”, pensó], y varios artículos enmarcados sobre Allen Markovitch, El Analista de los Comediantes. Su atención apenas registró la música clásica, siempre a volumen susurrante, que oficiaba como una sutil barrera sonora para ocultar las voces del diálogo psicoanalítico[1], que de otro modo hubiera sido posible percibir desde la sala de espera. Supuestamente, la melodía neutralizaba cualquier posibilidad de indiscreción auditiva que estimulara la curiosidad mórbida de algún analizante a la espera de sus cincuenta minutos. Surtía tan sólo un relativo efecto.

—¿Te molestaría si esperáramos hasta que llegue Mallory?

—¡Oh, no, está bien! … Mirá, entonces aprovecharé para decirte que para mí estar aquí una vez más no es del todo coherente. Siempre he pensado que, estrictamente hablando, es imposible conocer a nadie.

—Mmmm… tendríamos que ver qué es exactamente lo que querés decir con eso de “estrictamente hablando”, pero si es lo que yo o cualquier otro entendería de inmediato, sin detenerse demasiado a reflexionar analíticamente, es… bien… no estoy de acuerdo con vos. Creo que es posible conocer a una determinada persona bastante bien, hasta un grado… digamos… satisfactorio. Por supuesto que lleva tiempo, y el esfuerzo de las partes involucradas en el proceso. Es un compromiso mutuo.

Esta charla superficial continuó hasta desembocar en una discusión algo antagónica, que de todos modos estableció las líneas generales de pensamiento que distanciaban y conectaban al amante de Mallory y al psicoanalista de esta última. Adriano mencionó un ensayo del filósofo Thomas Nagel[2] sobre la imposibilidad de aprehender experiencias específicas: Para saber cómo sería ser un murciélago habría que estar dotado de un sistema biológico idéntico al de ese animal. “Ni aun colgándose cabeza abajo en la oscuridad de un armario cerrado, uno lograría tener la más vaguísima idea de cómo sería ser un murciélago. La experiencia sería siempre la de un ser humano colgando cabeza abajo en la oscuridad de un estrecho espacio cerrado —algo muy diferente de las percepciones del murciélago en esa postura y de sus razones para permanecer en esa posición física en ese lugar”, no sin lógica declaró Adriano. Allen tomó nota mental del carácter gótico de la imagen que Adriano había elegido como ejemplo.

Entonces sonó el timbre.

Cuando Allen abrió la puerta, Mallory estaba desabrochándose el cinturón del tapado. Se lo quitó rápidamente, lo colgó en el perchero, y tomó una bolsa de papel marrón que estaba sobre la mesita de la sala de espera; había traído café para los tres. Entró, se sentó, y de inmediato comenzó a hablar, como si lo que tenía que decir la estuviera ahogando o la desbordara.

—Allen, estoy aquí con Adriano porque quiero que oigas lo que tengo que decirle: quiero decir estas cosas en tu presencia. Durante el último par de meses, he estado pensando con más y más intensidad a medida que pasan los días, que aunque mi relación con Adriano haya sido siempre tan difícil, aun cuando esta es la tercera o cuarta vez que tratamos de arreglarla, estoy segura de que Adriano es el hombre que amo y quiero que lo intentemos una vez más. Quiero ser su mujer. Quiero a este hombre porque es inteligente, porque es sensible, porque sé que me ama y sabe que lo amo, porque existen tantas coincidencias entre nosotros… compartimos tantas opiniones en tantas áreas diferentes… Claro que tenemos ese pasado, tengo conciencia de eso; las cosas siempre han sido muy duras y difíciles entre nosotros… nos hemos herido mutuamente muchas veces, pero también creo que, justo porque hemos vivido todo esto que te digo, ahora estamos listos para probar de nuevo; quiero decir… para vivir esta vez nuestra relación de la forma que deberíamos haberlo hecho antes —. Ahora se volvió hacia Adriano y lo miró a los ojos. —Adriano, te pedí que vinieras aquí hoy porque… ¿cómo decirlo…? …hacemos nuestros votos delante de los jueces y las deidades en quienes creemos. No puedo imaginar a otra persona u otra situación que yo respete más que a Allen y mi terapia. Sé que debe ser muy difícil para vos confiar en mí ahora. He huido tantas veces… pero, quiero estar con vos; quiero vivir con vos, de verdad, Adriano. Quiero tener un hijo con vos. No tengo otra forma de demostrarte que esta vez es en serio, que esta vez mis palabras son totalmente sinceras. Pensé que tal vez si te invitara a mi terapia para decirte todo esto delante de Allen me escucharías… lo considerarías. ¿Me oirás, por favor?

Era obvio: Con su tono mesurado Mallory trataba de conferir a sus palabras el profundo valor de ese compromiso que estaba asumiendo frente a Allen y a Adriano. Su elocución era desprovista de ciertos tonos que en la mayoría de las ocasiones delatan a los pacientes cuando expresan expectativas irrealizables, las fantasías comunes de los  neuróticos, observó Allen en silencio. Mallory no estaba exteriorizando emociones melodramáticas; en cambio, su voz articulaba inflexiones que sugerían actitudes de seguridad y esperanza. Al mismo tiempo, al decir “Quiero a este hombre”, era perceptible un grado considerable de ternura en el tono su voz. Sus sentimientos constituían la consecuencia coherente de las razones que los originaban. Había una clara conexión entre los auténticos sentimientos de Mallory y las emociones que exteriorizaba. Por último, Mallory había iniciado su discurso refiriéndose a Adriano en tercera persona, hablándole de forma clara a su terapeuta. Luego, no obstante, dirigió sus palabras de forma directa a Adriano. Para Allen, esto constituía una pauta más del compromiso de su paciente tanto para con su tratamiento psicoanalítico como para con sus afectos: Allen estaba satisfecho.

Se recostó en su sillón, cruzó los dedos sobre el estómago y dejó que brotase su sonrisa tranquilizadora de psicoanalista:

—¿Ves? Hoy sos una Mallory muy distinta; sos una persona con un sentido sólido… concreto… de tu yo. Conocés tus objetivos… es decir, sabés lo que querés, lo articulás claramente… podés expresarlo, y hacés los movimientos necesarios para obtenerlo… para satisfacer tus deseos y canalizar tus afectos. Tengo la impresión de que esta vez existen las condiciones apropiadas para que ustedes puedan trabajar sus… hum… cosas… bastante bien. En el pasado, tu noción de identidad… [pensando, remoto, casi para sí mismo, habla Allen] tu sentido de identidad… era tan vago que… no podías involucrarte en ninguna relación afectiva profunda sin sentir que estabas desapareciendo dentro de la misma… hum… no alcanzabas a sentirte segura ni siquiera… hum… …

Adriano ya no escuchaba. Su pensamiento había volado a lo lejos, hacia una mañana en ese mismo consultorio algunos años atrás. En aquella oportunidad, Allen había dicho que Mallory era “una lágrima cayendo en el aire”. Adriano había encontrado esa metáfora excesivamente poética para un terapeuta, pero el momento estaba cargado de trágico romanticismo –tanto que su percepción había sido sepultada de inmediato por un torrente de emociones entremezcladas. Todo había terminado. Una tristeza que dolía físicamente en su intensidad había envuelto a Adriano en una nube de pánico.

—Adriano,. . . a Mallory…, la tenés que dejar ir. Ténes que dejarla ir —había dicho Allen—. Dejala que se vaya —continuó—. Deben separarse por tu propio bien, por el bien de los dos.

Entonces, Adriano había partido del consultorio y caminado por la Calle 72 en dirección a Central Park. Caía una nevada suave, y la capa que blanqueaba todo el parque  amortiguaba todos los sonidos. No bien se adentró en él, sintió que se confundía con el silencio y la falta de color del paisaje. Las ramas más delgadas de los árboles, desnudas, se curvaban imperceptiblemente bajo el peso mínimo de la nieve. El viento afeitaba estos pequeños depósitos de polvo blanco, y creaba un segunda tormenta horizontal que lanzaba agujas congeladas hacia los ojos lacrimosos y el rostro lívido de Adriano. Él caminó, caminó, y caminó preguntándose si sus lágrimas también se congelarían en sus mejillas —perdido en el parque, tropezando una y otra vez, siempre consciente de los pasajes aéreos que había en su bolsillo, del hecho absurdo ridículo, sin sentido, de que ahora esos pasajes eran para nadie.

Había comprado esos boletos aéreos para volar con Mallory a Tahití. Era un gesto desesperado, una tentativa demente de crear un paraíso que rescatara a la pareja destruida. Nunca tuvo la oportunidad de mostrárselos a ella… y terminó volando solo. Pasó días y días caminando tambaleante por las arenas de Tahiti, llorando, y recordando que Mallory llamaba a su ex amante indistintamente por su nombre, Lucian, o por el apodo que ella le había instituido, Gauguin. ¿Por qué Tahití, después de todo? Quizás porque Adriano sabía que en la mitología personal de Mallory Tahití significaba no solamente otra tierra, sino también otra dimensión, un lugar de posibilidades ideales, infinitas. En las historias de Mallory, Tahití siempre había significado el pasaje a la felicidad absoluta. Un refugio para el pueblo elegido, su Nueva Jerusalem. Extraño grupo de raras coincidencias: Marlon Brando era el único ídolo viviente de Mallory. Ver One Eyed Jacks[3] era uno de sus rituales constantes. Por medio de los ojos de Mallory, Adriano había aprendido a “entender” a Brando: una vez ella le había dicho [parafraseando a Elaine Stritch[4]] que mandar a Marlon Brando a clase para que aprendiera el Method Acting era como mandar a un tigre a clase para que aprendiera a vivir en la jungla.

Sumido estaba en aquella maraña de recuerdos instantáneos, cuando algún súbito silencio lo forzó a retornar a la sala. Entonces bebió unos tragos de café, y tomó el orgullo profesional de Allen como firma de endoso a la recién hallada “constancia” de su paciente. ¿Sería ella desde ahora en más La ninfa constante?[5] Con esta garantía de Allen, pero no sin cierta reluctancia, Adriano apartó sus dudas y miedos, y aceptó la propuesta de Mallory.

Allen estaba sentado en un aparente estado de olvido total de sí mismo, apenas hamacándose en su gastado sillón de cuero. Ese lenguaje, esto es, exclusivamente el lenguaje gestual del cuerpo de Allen, llevó a Adriano a ignorar la arrogancia del analista y, en cambio, refugiarse en la seguridad que representaba. Adriano se dijo que lo intentaría. De cualquier modo, a lo largo de todos esos años no había habido otra cosa que esperase siempre con mayor tesón que un proyecto con Mallory que no estuviese destinado al repetido fracaso. Ella estaba de regreso. ¿Pero, quién era aquella que estaba de regreso?

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* Continúa mañana

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