Apenas la conocí, le confesé mi amor.

                                                                                    Richard Parra

La primera vez que Adriano le dirigió la palabra a Mallory fue a finales de los años ochentas, en el sector de la Avenida Lexington del piso principal de Bloomingdale’s, a la entrada de la antigua perfumería, “La Parfumerie”, frente al mostrador de Catherine Deneuve. Justo en el punto de origen de B-Way —la “avenida central” del department store.

Mallory llevaba un vestido Jean-Paul Gaultier plateado, confeccionado con un material de calidad finísima cuyo aspecto metálico tal vez indicase lamé. Esta tela era al mismo tiempo etérea y firme; la vestía muy al cuerpo, adhiriéndose a la piel como una segunda epidermis. Los breteles que sostenían el atuendo eran tan angostos como cordones de plata tourbillon. El audaz cleavage del escote servía de display para dos pechos enhiestos y proporcionados a la silueta esbelta que la estrechez del vestido delineaba. El largo cabello pelirrojo —abundante, fino y lacio— le caía suavemente sobre dos hombros perfectos. Éstos constituian la culminación de un torso que se erguia de un modo tan esplendido que hubiera hecho las delicias del pintor Jean-Auguste Ingrès. La tersa piel que la vestimenta revelaba con generosidad era de un tono perlado translúcido, que la naturaleza había agraciado con un estratégico salpicado de diminutas pecas cobrizas. La falda tubo continuaba recta hasta los tobillos, sobre los cuales se abrochaban las hebillas de plata sterling de un par de sandalias minimalistas color gunmetal mate —también Gaultier, de altos tacos aguja— que dejaban al desnudo los pies finos y delicados de esta exótica modelo de runway.

Sus ojos esmeralda-azulados, enmarcados por largas pestañas, estaban fijos en un punto inmaterial del espacio lejano, mientras sus labios finos insinuaban una semisonrisa al mismo tiempo profesional y seductora que exaltaba la expresividad de su rostro agudo.

Adriano descubriría mucho más tarde que Mallory odiaba su trabajo, pero lo hacía como nadie. Era de sangre norte-europea, era judía, era norteamericana, era neoyorkina del Lower East Side… y era una gran actriz. Era la encarnación del Method Acting de Strassberg y el sistema actoral de Stanislavski[1] puesta al servicio del Templo de la Moda del Upper East Side de Manhattan[2]. No era realmente un templo: este escenario, para Mallory era en verdad un palacio de lujo decadente que estimulaba el desenfreno adinerado de los consumidores conspicuos que generaba la voraginosa Wall Street de aquella década. Plata dulce color verde.

Adriano estaba en el “clip central”, un puesto embutido en la enhiesta columna Déco de mármol negro que separaba la vitrina de Giorgio Beverly Hills de la de Catherine Deneuve. Este era el puesto externo principal de La Parfumerie. Adriano, perfectamente afeitado, vestía un smoking negro Gianni Versace. Su cabello estaba peinado tirante hacia atrás, fijado con una generosa cantidad de gel cristal. Un pequeño diamante engarzado en platino brillaba en su lóbulo izquierdo —“Left-is-right, right-is-wrong[3]. Con la mano izquierda sostenía un frasco de First Eau de Parfum Van Cleef & Arpels.

El clip central era un artefacto cilíndrico de laca negra, también de estilo Art-Déco, como todo el edificio. En el tope descansaban un par de botellas de Eau de Parfum y un jarrón de cristal Lalique con dos orquídeas blancas. Había también sobre ese plateau una bolsa negra con el logo dorado Van Cleef & Arpels, de la cual brotaba una erupción de papel, también dorado, plegado de forma tal que era posible detectar alguna influencia de la disciplina estética japonesa origami. Cuidadosamente disimulada entre los pliegos de papel, sobresalía la punta de un canuto de plástico negro. Mientras se inclinaba fingiendo inhalar el aroma de las orquídeas, Adriano en realidad usaba el canuto para beber café muy fuerte de un gran recipiente cerrado de material térmico, que se hallaba oculto dentro de la bolsa Van Cleef & Arpels. Muchos modelos trabajaban mambeados de cafeína, marihuana o cocaína.

De su Italia nativa, Adriano había traído —además de su inclinación por el café muy cargado [“Dame un triplice espresso. Sin azúcar por favor”]— el hábito de acercarse demasiado al rostro de las personas al hablarles, mucho más cerca todavía para hablarle a una mujer:

—¿Sabés una cosa? Vos no existías. Acabo de crearte —le respiró en el rostro a la modelo.

Sorprendida, Mallory movió su cabeza hacia atrás, distanciándose. Era varios centímetros más alta que Adriano, mientras que el amante actual de la deslumbrante mujer, Lucian, era un hombre imponente de más de dos metros de altura. No obstante, la extraña energía que Adriano generó al lanzar su críptico mensaje la sacudió de forma tal que le impidió considerar esa diferencia. A pesar de no haber captado lo que Adriano quería significar con esas palabras, Mallory sintió que esa declaración hermética penetraba como una daga hasta un espacio muy recóndito de su estructura psíquica.

Esa noche se descubrió despierta, deseando volver a Bloomingdale’s al día siguiente. A su lado en la cama, el cuerpo de Lucian era demasiado pesado. Trató sin éxito de alejarse de esa presencia que roncaba, de ignorar los ruidos de la calle.

 

Malcolm, originario de Seattle en el Estado de Washington, hoy reside en París y escribe obras de teatro. Años antes, durante la mañana siguiente a la noche insomne de Mallory, Malcolm era un joven y hermosísimo actor, y uno de los modelos que ofrecían DeneuveL’Eau de Toilette. Obstruía con su cuerpo delgado la línea de visión de Mallory, pero ella no quería inclinar el suyo de modo demasiado obvio sobre la vitrina, mientras trataba de confirmar que Adriano se hallaba en el clip central. Después de hacer algunas tentativas infructuosas desde distintos ángulos para tratar de verlo, abandonó toda discreción y se inclinó tanto que las puntas de sus pechos [el vestido Gaultier de lamé no admitía el uso de soutien] tocaron el frío mostrador de cristal. Mientras su cuerpo se estremecía por el gélido contacto, una voz a sus espaldas dijo:

—Entonces dejame decirte algo. El  SPQR; o sea, “el Senado y el Pueblo de Roma”… es decir, yo, decretan que sos la mujer más hermosa de la tierra.

Sorprendida, se volvió rápidamente y se encontró con un par de ojos a muy corta distancia y clavados en los suyos. Adriano levantó en seguida la mano, tocó apenas el rostro de Mallory, y se apartó caminando hacia una de las escaleras mecánicas. Dándole la espalda, ascendió… hasta desaparecer.

Mallory preservó la sensación de ese toque a lo largo de toda la mañana y no se retocó el maquillaje hasta la tarde. Pasaron varios días y se repitieron eventos del mismo tipo. La tensión entre ellos creció exponencialmente.

 

Un día, durante la hora del almuerzo Mallory fumó un joint [un ‘porro’] de mixtura [marihuana y hashish] cerca de la estación del cable carril que cruza de la Isla de Manhattan a la Isla Roosevelt.

A las 15:30, Adriano exhibía un frasco de perfume Eternity de Calvin Klein en el clip de la Arcada [Arcade] contigua a la góndola de relojes Rolex y Patek Philippe, frente a la entrada de la Avenida Lexington y la Calle 59.

Mallory empujó los enormes paneles de cristal, bronce, hierro patinado y acero de una de las puertas giratorias de ese acceso a Bloomingdale’s, y se dirigió rápidamente hacia Adriano.

Casi en un susurro:

—¿Podés venir conmigo un momento? Tengo que decirte algo.

Cruzaron la Gourmet Delicatessen del grand magasin y giraron a la izquierda por el corredor que conducía al banco de ascensores del primer subsuelo, Mallory siempre caminando adelante. Se detuvo frente a los esos medios de elevación de la tienda y su cuerpo hizo un giro ríspido de ciento ochenta grados. Así se situó frente a frente con Adriano. De inmediato él se colocó a la distancia apropiada para hablarle, es decir, demasiado cerca. Mallory apoyó la mano derecha con firmeza en el pecho de Adriano y lo empujó hacia atrás:

—¡No! ¡No! ¡Escuchame! ¡Esto ya ha ido demasiado lejos! ¡Dejá de perseguirme! ¡Fue sólo un sueño! ¡NO SOY quien querés que yo sea! ¿Entendés?

—Pero oíme, Mallory…

—¡No! ¡No! ¡Vos me oís a mí! ¡Dejá de perseguirme! ¡Se acabó! ¡Acabó! ¿Me has oído? ¡Acabó!

Y se marchó, decidida.

Adriano permaneció sin moverse. No entendía nada; ¿De qué hablaba Mallory? ¿Qué? ¿Cómo algo que ni siquiera había comenzado podría acabar así, tan súbitamente, sin razón alguna?

No lo entendía, pero sintió una emoción que no logró identificar. Por primera vez experimentaba un ataque de pánico. Las punzadas de un dolor desconocido contorcieron sus facciones. Lo que no llegó a entender, ni sospechaba, es que esta era en realidad la primera instancia de lo que acababa de comenzar.

Desarmado, volvió a su clip y sin cesar repitió el nombre de la fragancia que anunciaba esa semana.

Eternity, Ladies. Eternity, Eternity, Eternity, Eternity…

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* Continúa mañana

Ilustración: Una vista de B-Way, en el piso de la perfumería de Bloomingdale’s, como luce en la actualidad, después de las varias reformas sufridas al comienzo del siglo XXI.

[1] Constantin Sergeyevich Stanislavski  y Lee Strasberg desarrollaron técnicas de actuación teatral por medio de las cuales un actor extrae material afectivo de experiencias pasadas de su vida personal y lo utiliza para crear las emociones apropiadas del personaje que está representando.

[2] El East Side: el lado Este de Manhattan: el área exclusiva y costosa de la Isla de Manhattan donde residen las elites.

[3] “Correcto a la izquierda; incorrecto a la derecha”: Juego de palabras homofóbico localizando la oreja “apropiada” para lucir un aro. En el lenguaje visual codificado de identificaciones, el lado en que se ostentaba un aro único indicaba la sexualidad del usuario: la población heterosexual, a la izquierda; la gay, a la derecha.

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