La Mallory que llegó al consultorio de Allen decidida a darle otra oportunidad a su amor por Adriano, era una transformación de la Mallory de años anteriores. Ya no gastaba cantidades absurdas de dinero en haute couture[1]: ahora compraba sus ropas inspeccionando con determinada minucia los percheros de las tiendas de segunda mano [thriftshops] de los barrios manhattanenses de, Soho Tribeca y el Lower East Side, siempre atrás del hallazgo milagroso de su ojo perspicaz, su sabiduría, gusto y buena suerte. Ya no era modelo ni actriz; trabajaba en forma esporádica pero intensa en varias actividades y además estudiaba cinematografía en la New York Film Academy.

Pero Mallory no había abandonado el mundo de la moda, simplemente había cambiado la filosofía que regía sus decisiones al respecto:

Su cabello ya no era pelirrojo, sino de ese marrón neutro que en la lengua castellana se denomina «castaño oscuro.» Aun así lucía un corte muy sofisticado: tenía la nuca rapada al estilo militar. Sin embargo, el resto del pelo había sido altamente estilizado y el resultado era un comentario o una parodia elegante [un send-up] de un clásico corte y peinado Chanel corto.

También había dejado de maquillarse, excepto sus ojos, y apenas: una sutil línea continua recorría el borde mismo de los párpados —como si señalase el lugar de implante de cada una de sus pestañas, que se mantenían extendidas y ligeramente curvas debido a la aplicación de rimmel incoloro Shiseido. Así estaban enmarcados sus ojos; Mallory los trazaba ella misma, diestramente, con el milenario “koheul [o kohl] des femmes Mauresques de l’Algérie ancienne”[2]. En su boca,  apenas un toque de labial M.A.C. casi transparente.

Mallory no comía casi nada, pero lo poco que ingería consistía siempre de alimentos que estarían incluidos en cualquier dieta estricta natural [o “bio”, como dicen los franceses]. Adicta a “un interior limpio” por medio de high colonics,  a menudo se aplicaba enemas a presión de agua templada con zumo de jengibre, limón y sal marina, y bebía con regularidad limpiadores de colon saturados de kéfir y lactobacilos. Hacía, además,  yoga y meditación trascendental en el New York Open Center of Holistic Learning and Wold Culture.

La luz del living de su apartamento era color verde, lograda por una verdadera cortina vegetal por la cual se filtraban los rayos del sol: una rica variedad de especies de plantas crecía en un enorme cantero, embutido en el alféizar del gran ventanal que se extendía de pared a pared. Todo el salón miraba hacia el conglomerado más verde de la ciudad: Central Park.

La única decoración en la pared principal consistía en una enorme fotografía en blanco y negro del Dalai Lama, impresa en papel pesado mate y enmarcada de modo sobrio. La imagen estaba escoltada por dos espejos enormes, uno a cada lado del mismo, igualmente ascéticos. En otros tiempos, Adriano había visto estas superficies cubiertas por las brillantes y coloridas pinturas expresionistas del artista-plástico y amante de Mallory, Lucian [Gauguin].

Día y noche en ambos extremos del largo alféizar ardían velas votivas; y por la mañana y al anochecer, humeaban su aroma varitas de incienso y sándalo, incrustadas en las trompas erguidas de sendos elefantes de porcelana. Debajo de la fotografía del Lama, en el piso, había una escudilla oriental de arcilla cocida, colmada de granos crudos de arroz integral [“Los granos largos son yang, ¿sabés?”]. Frente al plato de arroz no había nada más, a no ser un mullido almohadón forrado con un batik hindú de diseño laberíntico. Tenía forma fálica y estaba especialmente destinado para occidentales, ya que en general no pueden asumir la posición del loto de manera confortable —ni por más de unos pocos minutos, y este complemento lo hacía posible. Con el falo entre las piernas podían, por fin, relajarse.

Mallory no necesitaba el almohadón, sólo formaba parte del apparel de su living. Dotada de una gran elasticidad y destreza que le daban un dominio experto de su cuerpo, a Mallory le era posible permanecer en la posición del loto por tanto tiempo cuanto lo desease, en una ausencia psíquica desde donde vislumbraba allá lejos, a la distancia… el Nirvana.

La fotografía del Lama, la escudilla de alongados granos de arroz y el almohadón-falo constituían el altar de Mallory. A ella le gustaba describir la pacífica sonrisa del Dalai Lama con tal minucia que daba la impresión de ser una de sus contadas amigas íntimas.

Cuando no se estaba escuchando música de algún género específico [en general, jazz o pop-new wave], la música continua en el medioambiente de Mallory era Eastern retro: muy a menudo, la cítara de Ravi Shankar.

 

Durante su reencuentro con esta Mallory irreconocible, a Adriano le había sido dado presenciar el funeral y el entierro de su carrera de actriz, después de una sesión muy dura de la ex-modelo con Allen: ella había regresado al apartamento, rasgado sus headshots y curriculum vitae y cancelado su suscripción a Variety y Backstage, las revistas de la gente de teatro. En las semanas anteriores, había sufrido varios ataques de pánico escénico [stage fright], y decidido que superarlos constituiría un esfuerzo mayor, una tarea más difícil que cualquier recompensa que sus aspiraciones artísticas le pudieran brindar. Había comprendido que esa parálisis pre-escénica se haría crónica y le impediría alcanzar el prestigio profesional que su autoestima [o su superego] le demandaba.

Otros cambios habían ocurrido también mientras estaba apartada de Adriano. Poco a poco, Mallory le fue entregando detalles de esas modificaciones [además de todo lo que Adriano fue también descubriendo] durante las citas nocturnas que habían combinado.

En ese medio-tiempo, y en este nuevo comienzo, hasta que ella pudiera librarse de su apartamento y mudarse al de Adriano, habían decidido que sólo tendrían citas. Se confiarían las circunstancias mutuas del momento actual durante ese período preliminar en el que solamente «saldrían». Sería como si estuvieran de novios.

Disfrutaban especialmente el sashimi de los lunes a la noche en el restaurante japonés Taka de la Séptima Avenida. Fue allí donde, entre roes, yellowtails y unis, ella le reveló que era experta en muebles Depression Modern, y que había adquirido un profundo conocimiento de ese estilo mobiliario en una pequeña mueblería anticuaria, en Soho, donde ahora trabajaba. Haciendo uso de su nueva especialización, entre un montón de trastos polvorientos había descubierto dos artefactos de alto valor, en el local de muebles usados del Ejército de Salvación de la Calle 96 Oeste. Los había adquiridos a ambos de inmediato: uno era una banqueta Depression Modern [cuya autenticidad estaba certificada en una plaqueta metálica remachada a la parte inferior del asiento]. El otro era un escritorio de nogal y caoba macizos de mediados de la década del treinta —también un purísimo ejemplar del estilo Depression Modern.

Mallory había pagado tan sólo cuarenta dólares por la banqueta, que fue rematada poco después en Sotheby’s; el martillo bajó a los 4.600,00 dólares [más tarde le mostró a Adriano una fotografía en colores de su mueble, ya en el catálogo para el remate de aquella misma noche]. Todo el trabajo que Mallory había hecho para ganar esa suma había sido tomar un taxi desde el local del Salvation Army en la Calle 96 hasta su apartamento, y de allí dirigirse en otro taxi hasta la Sotheby’s del East Side de Manhattan —después del par de días que le había llevado confirmar la autenticidad de la banqueta con el dueño de la boutique anticuaria de Soho.

El hermoso escritorio curvo [cien dólares] se lo había quedado para ella y algún día, para que fuera impecable, se lo haría restaurar a los ebanistas de la Depression Modern de Soho. Mientras tanto, el escritorio lucía simple, hermoso y levemente decrépito en el living de Mallory, no demasiado cerca del altar. Sobre el mismo había una lámpara ámbar Art-Nouveau de bronce y alabastro que emitía una tenue luz amarillenta, un teléfono “princesa”, su computadora Power Mac y un esbelto jarrón transparente de cristal Tiffany que albergaba una única cala [“¿Has notado que la cala es un objeto Art-Nouveau por naturaleza?”]. En los cajones había cuentas a pagar, cuadernos, lapiceras y monedas; pero el escritorio contenía también un secreto.

Una noche, después de haber bebido mucho champagne y antes de hacer el amor, Mallory decidió darle a Adriano una prueba concreta de cuánto confiaba en él. Abrió el cajón inferior  izquierdo del escritorio, hasta retirarlo por completo. Él se encontraba a pocos pasos de distancia, sentado en el sofá. Solamente la lámpara Art Nouveau estaba encendida y Mallory —de rodillas y desnuda, tratando de llegar con la mano hasta el fondo del hueco dejado por el cajón después de haber sido extraído— compuso con su cuerpo una imagen en la que Adriano vio una estética perfecta.

Para poder alcanzar lo que sea que ella buscaba, Mallory había inclinado la cabeza levemente hacia atrás y a la izquierda, había asimismo flexionado sus largas piernas de modo asimétrico, para mantener el equilibrio precario que la postura forzada le requería.

La lámpara Art Nouveau de alabastro emitía su cálida luz dorada. Los reflejos suaves de las luces de la Avenida Central Park West se transformaban en tonos verdes sombríos por su pasaje a través de la floresta en el macetero de la ventana. La composición era una combinación casual y extraordinaria de varios estilos que confluían en una unicidad estética formal.

Mallory estaba desnuda; una rodilla se apoyaba en el suelo; la otra, daba apoyo al codo de su brazo derecho; la cabeza se encontraba inclinada hacia atrás y a la izquierda; la silueta completa de Mallory resplandecía delante del halo dorado de la lámpara de alabastro. La iluminación intimista de una pintura de Flandes, el Art déco de las esculturas de porcelana de Erté y la gracia física natural de Mallory, se fusionaban en una escultura viva: un tableau vivant unipersonal. Mallory era ahora la estilización de un sublime contrapposto in ginocchio: the Canon[3].

Era uno de esos momentos mágicos que duran apenas el instante mínimo de su percepción. Mientras la mente de Adriano trataba de asimilar la impredecibilidad del instante que se le ofrecía, ¡zum! la imagen se desintegró. Mallory extrajo el brazo del hueco, recuperó el equilibrio, y Adriano vio que tenía dos bolsas de polietileno en sus manos. Había en ellas gruesos fajos de dólares. Mallory alzó ambos brazos exhibiendo las bolsas, como trofeos, o como presas de caza.

Ese dinero era el valioso secreto del escritorio. Provenía de empleos informales que le redituaban ingresos inmediatos, en cash, libres de impuestos. Varias noches por semana, por ejemplo, Mallory era maître d’hotel [otras veces simplemente camarera] en barcos charter que navegaban cíclicamente por la noche alrededor de la Isla de Manhattan, mientras los pasajeros comían y bebían en exceso a un precio ridículo de tan oneroso. Adriano consiguió memorizar el nombre de dos de esos barcos: Le Raconteur y L’Entrepreneur.

Adriano sabía que lo que se le ofrecía era un momento precioso, y que por lo tanto debía atesorarlo para siempre. Entonces, en silencio se lo re-describió a sí mismo para no olvidar detalle alguno.

Como si hubiesen penetrado el celuloide de un film noir de la década del cuarenta, así recordaría Adriano la escena: Mallory se hallaba de pie ante él, hermosa y desnuda, iluminada por el reflejo de la luz de las lámparas de la Avenida Central Park West que se filtraba a través de las plantas —su silueta difuminada por el halo ámbar de la lámpara interior Art-Déco de alabastro.

Mientras Adriano pugnaba por inscribir esos detalles cruciales en las tablillas prodigiosas de la memoria perdurable, Mallory permanecía erguida ante él —en su inefable desnudez— con una bolsa de polietileno transparente repleta de fajos de dólares levantada en cada mano —como una misteriosa imagen totémnica cuyo poder y significado Adriano jamás sería capaz de descifrar.

No obstante, un par de minutos más tarde la tendría estremecida entre sus brazos.

________________

*Continúa mañana

[1] Francés: “alta costura”.

[2] Koheul: polvo negro para ojos  hecho de galena molida. “Koheul de las mujeres moras de la antigua Argelia”.

[3] Contrapposto in ginocchio: “‘Opuesto armónico’ de rodillas”. La palabra contrapposto se usa para describir estéticamente una posición de la figura humana en escultura, el “opuesto armónico”.  En esta posición, el individuo apoya la mayor parte de su peso en sólo uno de sus miembros, creando así [principalmente a los ojos del observador] un balance de tensión y relajación en la organización muscular y postural de las partes del cuerpo. La escultura Doryphoros (Δορυφόρος – El lancero), circa 450 AC, del escultor griego Polykleitos, es considerada el perfecto contrapposto, y por eso es también llamada “el Canon” (“la Norma”).

Comentarios de Facebook