Inicio Interes general Políticamente incorrecto – por Hugo Pezzini

Políticamente incorrecto – por Hugo Pezzini

… cómo, a nuestro parecer, cualquiera tiempo pasado fue mejor.

Entro al pueblo —no en tren como acostumbraba a hacerlo, ya que los rieles de la antigua vía ferroviaria del ferrocarril General Bartolomé Mitre hoy se hallan medio escondidos bajo la maleza que el ocio y la intemperie han contribuido a cultivar. No hay más trenes Retiro-Baradero. Transcurre la primera mitad de junio del dos mil dieciséis. Desoladas —así recuerdo las vías ahora mientras pienso y tecleo esta nota. Al mirar en ambas direcciones descubrí ese total abandono durante el cruce de las barreras la última vez que estuve en Baradero en esa fecha. Ahora ya ha pasado un lustro completo desde ese tiempo y me pregunto si la condición de la estación y de la ferrovía se mantienen así o si han cambiado durante esta otra ausencia, exactamente al fin de octubre del dos mil veintiuno. He estado lejos y quiero volver pero la pandemia no me lo permite. Espero que esto mejore pronto. Por vos, por el mundo y por mí.

Herrumbre y yuyos: así lucían las vías también desde el andén que se extiende a lo largo de las ruinas de la estación incendiada. Quería pisar nuevamente esa plataforma, mirar hacia la escalera de hierro y divisar más allá, a lo lejos y contigua a la barrera la torre del señalero. Quería cavilar allí, observar de modo detenido todo ese paisaje. Enfocar mis ojos en todas las direcciones desde el cemento pulido por tantos zapatos, botas y alpargatas de pasajeros, tal como lo hacía de niño y como tantas otras veces ya en la adolescencia, mientras esperaba el tren al fin del domingo para regresar a Buenos Aires.

Sí, estuve una vez más en ese anden en junio de dos mil dieciséis. Esa fue la última.

Pero retrocedo a esa fecha y me repito. Entro al pueblo —no en tren como acostumbraba a hacerlo, sino que testimonio esa desolación desde el remise local que a un precio increíble de tan barato me ha ido a buscar a Buenos Aires y me trae hasta Baradero. Serán cosas del mercado de cambio de moneda, me digo, con la vista clavada en el umbral de la ciudad: esas barreras.

No recuerdo si lloro al evocar el estado de la estación mientras deshago la maleta y cuelgo mis ropas en el armario de una de las cabañas de Mirko, donde me hospedo, pero sé que me siento arrasado. Si es que vos que no lo viviste de ese modo, o sí, pero lo has olvidado, te pido que —aun cuando yo mismo a nivel consciente todavía lo ignorase durante mi infancia y adolescencia baraderenses— hagas un esfuerzo mental para comprender el significado y simbolismo de ese enclave británico en la conciencia colectiva del pueblo de ese entonces. Hablo del de mi infancia.

Es desde esa construcción inglesa donde el gauchaje, los viajantes y los viajeros tomaban los trenes. No escribo ‘… y los turistas’ porque el concepto de turismo local casi no existió en la mentalidad pública baraderense hasta la creación del Festival de Música Popular Argentina. A Baradero todavía no se lo pensaba como un destino turístico.

Los pasajeros abordaban los vagones y partían hacia Rosario o a Buenos Aires, a Zárate, a Campana o aun a San Pedro. Esos eran los destinos más frecuentes durante mi infancia. En esa época uno no tenía demasiada razón u oportunidad de viajar a menudo. Salía del pueblo sólo de modo bastante esporádico, antes de que la disminución relativa del factor distancia-tiempo que causó el progreso técnico e infraestructural popularizase los viajes. El turismo era bastante menos democrático. Por ese entonces mucha gente de Baradero no conocía Buenos Aires. Un viaje era algo realmente especial, casi excepcional. Por ende, también la estación era algo especial, excepcional. La experiencia del viaje era algo tan trascendental como la estación. La magia siempre comenzaba y terminaba en la estación del ferrocarril Mitre.

La gente se “vestía bien” para viajar en tren. Muchas veces, para ir a la estación la gente tomaba “un remise”, cuando “un remise” significaba algo muy diferente de lo que hoy en Baradero significa esa palabra. Un remise era un coche en general negro y lustrado: el chofer pasaba todo su tiempo libre plumereándolo para mantenerlo impecable. El interior estaba tapizado en mullidos pancitos de cuero. El remise era la alternativa “de lujo” del taxi.

Los hombres iban a tomar el tren de traje y sombrero; las mujeres en su vestido especial, parte del “ajuar de viaje” si es que lo tenían. En su mayoría, viajaban peinadas de peluquería. Al aroma del interior tren era a perfume y a tabaco. Nunca lo olvido porque mi memoria olfativa es tan aguda como mi memoria visual. Unidas, se convierten en mi memoria emocional del tren. ¿Podés creer que hasta hoy mis sueños recurrentes están escenificados en esos trenes de mi infancia? Que recuerde, sólo los he re-vivido una noche de tormenta cuando en Holanda tomé un tren local por accidente en y los vagones acabaron estacionado en la vía “de atrás del andén” en un pueblo ignoto del interior nederlandés. Tal como se estacionaban los trenes en mi Baradero del pasado: ‘atrás del andén de enfrente’ de las vías.

Pero por esos rieles frente al andén baraderense —por esa estación de mi infancia— pasó más de una vez el Presidencial de Perón. Desde las ventanillas de esos trenes arrojó juguetes y fardos de frazadas Evita.

Hoy, las divisiones políticas radicales hacen prohibitivas las referencias nostálgicas que acabo de hacer. Son estrictamente partidarias y definen tu posición política: ciertos temas sólo te la sitúan o en el polo zurdo o facho, revolucionario o reaccionario. Estas menciones constituyen hoy verdaderas declaraciones políticas que te arrojan a un espacio combativo. Pero como lo hice más arriba se lo expresaba sin resquemores en una época mucho más amena. Siempre me estoy refiriendo a mi infancia, a ese pasado de museo que de costumbre te traen mis textos. Tomo estos trenes del tiempo a una época mucho menos prescriptiva y proscriptiva … y te aseguro que no me olvido ni del golpe de estado de la Libertadora ni de las bombas que estallaron en Plaza de Mayo ni de los gendarmes de polainas blancas armados de fusiles que vigilaban todo Baradero. Ni del peronismo proscripto. Ni mucho menos del Proceso de reorganización nacional y sus treinta mil desaparecidos, el auténtico merecedor del “The horror! The Horror”, de Joseph Conrad, esa dictadura apocalíptica que llegaría ya bastante después significando e inaugurando la verdadera decadencia y caída moral del país. Después de ese horror todo quedó permitido.

Regreso a la inocencia de los inicios de la segunda mitad del siglo XX. A pesar de esa realidad penosa e insultante para una gran mayoría obligada a secuestrarse con respecto a sus derechos electorales —una minoría oficialmente indeseable para el establishment argentino contemporáneo (y llamo “contemporáneo” a ese momento histórico al que viajo)— la vida transcurría sin el violento antagonismo presente. En general, no había demasiadas disputas políticas públicas o notables —si tenés buena memoria reconocerás que era así. La fuerza de una opinión política se expresaba en el juego de la democracia: las urnas. Es por eso que durante dos décadas a las elecciones siempre las ganó el voto en blanco. A pesar de ese absurdo que desafió el orden constitucional durante esas décadas, los argentinos aceptaron pacientemente las cartas marcadas del juego electoral.

Los argentinos jamás antes nos batimos como hoy con el encarnizamiento saturado de odio que atestiguo desde lo lejos en los medios sociales. Ese podría ser un factor importante: había menos medios de hacerlo y así alimentar el resentimiento con pseudo-hechos (verdades alternativas) y desinformación intencional. Ciertamente no podríamos trenzarnos en los “medios sociales” porque todavía no existían. La cibernética era o ciencia ficción o el acertado futurismo que teorizara el británico Alfred Turing.

 Las disputas se reducían a argumentos oposicionales entre ‘articulistas políticos’ rivales en publicaciones periodísticas. Así fue como todos los baraderenses informados leíamos semana a semana en los periódicos Antorcha y La Opinión (¿o Contragolpe?) el notable debate político-religioso que se desató entre los desaparecidos (no en la acepción del Nunca más, por supuesto) Héctor Lapadula y Alfredo Cossi (¿o era Juancito Szajnowicz quien argumentaba por el ateísmo de izquierda?). Esperábamos de modo febril la próxima entrega de ese duelo de articulaciones intelectuales en los dos periódicos (también antagónicos) con la misma anticipación con que gran parte de la población femenina esperaba la telenovela de turno. No vayas a creer que no había mujeres que leyeran la disputa de estos dos muchachos. No. Creo que los números de lectores de esas columnas se hallaban igualados en género, pero las mujeres eran mayoría en las telenovelas, mientras que el género masculino tenía su fútbol. A ambos géneros la TV les ofrecía su dosis de “circo”, si es que entendés lo que quiero decir.

La desavenencia se reducía a la expresión que mediaban esas publicaciones periodísticas o entonces a encendidas pero semi-cordiales discusiones de mesa de café —tal vez un poco más aciagas en la intimidad del tinto y soda de la “mesa grande” familiar de los domingos y feriados. La ropa sucia todavía se lavaba en casa. No obstante, siempre un peronista estaría dispuesto a compartir la mesa con un conservador, o viceversa, si no había otro interlocutor mejor con quién conversar en el café esa mañana o tarde, o aun si lo hubiera.

Así permanece indeleble en mi recuerdo esa vida pasada, tal vez porque soy un trotamundos de setenta y dos años que ha vivido entre estaciones de tren, terminales de ómnibus puertos, y aeropuertos —es decir, dejando atrás y perdiendo lugares, momentos y personas, o volviendo y recuperándolos de modo efímero. Y asocio todo ese universo pasado y perdido de mi pueblo con la estación hoy destruida: en la Argentina de mi infancia y adolescencia, la estación de trenes era un monolito identificatorio de cada pueblo —un landmark arquitectónico de concepto, diseño, estilo y propiedad original importados del Mar del Norte. Lo imaginábamos indestructible, eterno, omnipresente, parte de nuestra singular identidad latinoamericana. Nos orgullecíamos nuestro “europeísmo”, de ser el país más desarrollado y educado (en el sentido de instruido y culto) de Latinoamérica; nuestra Capital, la segunda París del universo conocido. Nuestra lengua argentina, única: insular, inusual, exclusiva y exclusivista. Sólo el pueblo del Uruguay hablaba un castellano como el nuestro, y eso porque la llamada Banda Oriental una vez también había sido nuestra.

Te queda claro, ¿no?; estoy escribiendo a propósito de la conciencia colectiva media de nuestra nacionalidad como lo era en esa época, a comienzos de la segunda mitad del siglo veinte. Antes del surgimiento de los estándares actuales de corrección e incorrección política dan título a mi aguafuerte de hoy. Éramos pibes nacidos del boom de la posguerra mundial y de la pos-revolución libertadora. Ganadoras y perdedoras nos parían por igual hacia un futuro esperanzados. Emergíamos con la segunda mitad del siglo XX de la masacre y la agonía de la primera mitad, párvulos que intentaban ser brotes de regeneración y prometida abundancia. Eran épocas anteriores a la conciencia y discurso poscolonial, antes del revisionismo histórico que por esos años compendiarían los volúmenes de historia de José María Rosa. Eran los tiempos de nuestra testaruda y noble inocencia. Nuestro lugar común más gratificante era aquel que más tarde también los militares malograrían. En la esfera pública  se lo oí a mi compañero de colegio secundario Jose (sin acento) Salaberry, en una clase de Educación Cívica de Fita Raggio, durante nuestro quinto año nacional en La pajarera de vidrio (The Glass Menagerie) del Ferrari: “Nosotros no precisamos hippies ni canciones de protesta porque en nuestro país nunca tuvimos guerras”. 

Todavía esos pibes de nuestra edad no habían abordado el Belgrano para morir congelados en esos mismos Mares del Sur que albergan las islas desde donde nos enviaron los planes de construcción de la estación destruida. No existía concepto alguno que predijese este futuro titular para La Opinión: Guerra de las Malvinas. O The Falklands War para The Times, según de qué lado del mundo se narrase la disputa. Jamás nadie nos había rebautizado “Argies”. Ni nos había traído de regreso, figurativamente encadenados, a bordo de un ferry hasta Puerto Madryn. Jamás en ningún momento del siglo XX habíamos dejado seiscientos cincuenta vidas en un campo de batalla.

La peor crítica que se hacía de nosotros en la jerga satírico-política durante los cincuenta y sesenta era en las tiras de Tía Vicenta; parece que la criollada se había vendido al oro inglés. Los yankis por ahora eran tan sólo los directivos de Refinerías de Maíz y aún estos buitres nos regalaban una pesada medalla de oro al cumplir cincuenta (¿o veinticinco?) años de empleo en esa fábrica. Recuerdo la espiga de maíz en relieve en la cara de esa moneda: repetía el logotipo de nuestros campos fértiles y magnánimos.

Modestos y silenciosos (aunque no dejábamos de mencionarlo en cada oportunidad apropiada) todos nos sentíamos honrados de nuestra europea britanidad. Fieles a su origen, nuestros equipos de fútbol tenían nombres ingleses; la Patagonia misma era un enclave anglo-europeo. Muchos de nuestros pueblos tenían identificaciones fuertemente transatlánticas. El cantito cordobés no conseguía disimular el eco del nombre de su pueblito de James Craig. Nosotros mismos, baraderenses, éramos indiscutibles propietarios de la denominación “Primera Colonia Agrícola del País”: Éramos los suizos de la argentina. Que se joda la santafecina Esperanza, el cetro alpino era de Baradero. Sumábamos horas interminables de tertulia en el café La Suiza, o entonces no nos perdíamos las seriales del al Cine Suiza, comíamos el chucrut de la Casa Suiza. O entonces íbamos Cine Colón del Círculo Italiano, bailábamos en el Tiro Flowert sin preocuparnos por su extranjerismo, ni preguntarnos el significado de este vocablo, ni en qué idioma estaba escrito. Los gallegos sampedrinos hacen hasta hoy la mejor ensaimada mallorquina. La Boca era una piccola Italia. Nuestra herencia todavía no significaba colonialismo, sino la aventura del Nuevo Mundo.

Éramos felices y quizás lo ignoráramos. Vírgenes y henchidos de placer. Al menos lo era este pibe de clase media que ahora aquí escribe, un pequeño burguesito hijo de comerciantes, tal como hoy, después de la pérdida de mi virginidad física e intelectual, lo leo en la teoría de las clases sociales impulsoras de la revolución francesa de Albert Soboul: Pequeño comerciante = pequeño burgués. El mío reproducía las facciones del rostro social “identitario” de la República Argentina. La argentinidad emergía de modo natural a partir del estamento medio de la pirámide social nacional; de esa multitud emanaba nuestra cultura media. Mirá los avisos publicitarios televisivos argentinos de esa época (están en youtube) y verás que clase está representada en los mismos, y a quienes se dirigen. Esa sección descomunal de la pirámide era el perfil sociocultural de la República Argentina de la época. No podría ser de otra manera, ya que en ese período de nuestra historia reciente la clase media nacional era una de las mayores per cápita —sino la mayor— de todo el mundo. La identidad nacional era una construcción articulada por esa clase media descomunal y afluente. Surgía de la posguerra al mundo, en paralelo al de su idéntica norteamericana y con la misma potencia y poder adquisitivo. Eran los dos polos socioeconómicos estratégicos de la posguerra, uno en cada hemisferio.

Esa inocencia, esa seguridad, esa omnipotencia estaban implantadas a hierro y fuego en el incipiente intelecto de este infante de clase media que era yo durante mi crecimiento (aunque yo no lo supiera), y estaban simbolizadas allí, en nuestra estación de trenes. De ahí partía yo; subía los escalones al tren de la mano de mamá para viajar hacia la gran ciudad. Desde el tren, en cada viaje miraba los campos sembrados, el pasto infinito cubierto de reses de un mismo pelaje, los pueblos con sus silos y sus estaciones, Campana con su refinería interminable, Escobar, Pacheco. Todo me daba una micro cosmovisión que me permitía ir entendiendo cómo y qué era ser argentino. Ser uno de esos tipejos que Borges —me repito— con su típico sarcasmo alegre definiera así (por enésima vez lo escribo): Un argentino es un italiano que habla en castellano y cree ser inglés.

Parado en el andén en junio de dos mil dieciséis me digo que aquella antigua argentinidad original —esa que he descripto para bien o para mal, según el punto de vista cultural o político, todo es relativo— se halla en el mismo estado como hallé la estación. No sé si esa destrucción fue por accidente o por arson.

Sólo es posible y necesaria una re-construcción.

___________________

New York City, sábado 30 de octubre de 2021

Comentarios de Facebook