La selección argentina inició su camino en el Mundial de Qatar con una inesperada derrota por 2 a 1 ante Arabia Saudita

La tentación de tantos periodistas de encontrarle una explicación a todo, a veces, se topa con obstáculos infranqueables.

Puede ser el suceso electoral de los llamados cisnes negros, el (los) motivos de la inflación galopante…o un partido de fútbol.

Pasado más de un día, la derrota argentina ante Arabia Saudita encaja perfectamente en esa calificación.

Se habla de algunos jugadores fuera de ritmo, de superioridad atlética y física de los rivales o de falta de ingenio para superar un esquema defensivo tan obvio como analizado por nuestro cuerpo técnico. En lo personal, elijo quedarme con la nula capacidad de absorción al contratiempo que significó el primer gol árabe, casi una hora después de haber comenzado un partido en el que, hasta ese momento, el rival no había pateado al arco. Casi como si no hubiesen creído real encontrarse empatado en uno, nuestro seleccionado construyó, en cinco minutos de terror, una derrota incalificable.

A propósito de calificativos, no creo en la idea de subestimación, aunque es evidente que se decidió probar el ritmo de juego de algunos titulares –Romero, Paredes y Gómez a la cabeza– porque se suponía (me incluyo) que si ante algún rival podía cometerse algún error con tiempo para corregirse era, justamente, Arabia Saudita.

Tampoco creo que la Argentina se haya visto sorprendida por el planteo táctico del rival. Desde Scaloni hasta el propio Messi reconocieron que venían estudiando hace rato el esquema del rival. Por cierto, un esquema de achique de espacios cerca de la mitad de la cancha bastante transparente, aún siendo bien ejecutado. Sin embargo, ni la previsibilidad ni el estudio previo fueron suficientes como para neutralizarlo.

Que los cambios, que las imprecisiones de De Paul, que la cabeza gacha de Messi, que el VAR… las excusas y los reproches son los únicos amigos nobles de las derrotas impensadas.

Para un montón de argumentos válidos hay un montón de argumentos que los neutralizan.

¿Y si, simplemente, aceptamos que la derrota menos pensada de nuestra historia mundialista no merece explicaciones?

Cuando perdimos 6 a 1 con Checoslovaquia en 1958 nos dimos cuenta de que no era prudente salir a jugar un partido ante un rival al cual, más que subestimar, ignoramos: los delegados argentinos encargados del tema prefirieron salir de paseo en vez de ir a ver a los checoslovacos en partidos previos.

Cuando Holanda nos clavó un 4 a 0 en la segunda fase de Alemania ‘74 empezamos a comprender que aquello de jugar con “la nuestra” tenía mucho de vagancia y poco de eficacia.

Cuando Camerún nos ganó 1 a 0 en la inauguración de Italia ‘90 ya teníamos registro de que los muchachos de Roger Milla eran una potencia africana capaz de robarle puntos a Perú, Polonia o Italia y quedarse fuera de España ‘82 aún sin perder partidos.

Nada de esto se compara con haber perdido ante un rival cuyos jugadores compiten en una liga doméstica de segundo orden, que debutó en mundiales recién en 1994 y que, en 18 partidos disputados, solo suma 5 victorias.

Lo sucedido en el Estadio Lusail constituyó, además, en uno de los más inesperados –como se dijo, inexplicables– resultados de la historia mundialista. Al mismo nivel que el 1 a 0 de Estados Unidos a Inglaterra en 1950 o del 1 a 0 de Corea del Norte a Italia en 1966. Ni siquiera me animaría a augurar que Arabia sea, al final del camino, la auténtica revelación del torneo y no ya una variable futbolera del One Hit Wonder.

Suena lindo y fácil hablar, entonces, de dar vuelta la página, sanar las heridas y poner el foco en México, equipo en crisis de resultado y de desvinculo con la opinión pública –muy ingratamente, le tiran duro al Tata Martino, su entrenador argentino– pero que debutó empatando con los polacos en un partido que, así como pudieron perder con el penal que Ochoa atajó a Lewandowski, perfectamente pudieron ganar a partir de algunos buenos pasajes que tuvieron durante el juego.

Dicho en bruto, México llega en leve ascenso a enfrentarse a un equipo que necesita urgentemente huir de la sensación de estar ante un descenso brusco, impredecible e inédito.

El trabajo de Scaloni y sus colaboradores por estas horas no es poca cosa. Porque a los cambios que seguramente realizará en la formación inicial –muy arbitrariamente, imagino entre tres y cinco–, tiene que adosarle la madurez suficiente para no caer en un arrebato que, en lugar de ser solución, termine siendo un problema más grande que el original.

Tampoco es poca cosa el trabajo emocional con un plantel que debe estar aún aturdido por semejante sacudón. Se trata, ni más ni menos, que de convertir en algo tangible técnica, física y tácticamente el pregón de unidad y convicción que, muy necesariamente, hizo Messi después de la derrota.

Y, por encima de todo, se trata de encarar exitosamente el desafío de que el corazón no desborde ni al cerebro ni a las piernas. La Argentina necesita actitud, es cierto. Pero entiéndase por actitud la búsqueda de intensidad, dinámica y creatividad y no andar dando patadas de impotencia por cada rincón de la cancha. Se trata, además, de despejar un fantasma que merodea nuestras almas futboleras y que preferimos ni siquiera insinuar camino a 90 minutos prematuramente decisivos.

Por Gonzalo Bonadeo

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