Inicio Interes general «¡Serrat! ¡Serrat!, ¡periodistas!» por Hugo Pezzini

«¡Serrat! ¡Serrat!, ¡periodistas!» por Hugo Pezzini

 

Como un psicoanalista, Juan Manuel Serrat me responde con una pregunta “¿Por qué te interesa saber eso?”. Y entrecierra esos ojos brillantes que todos le conocemos de sus shows en el Canal 9 de TV. Así es como el tono de la entrevista puede ser resumido.

Fredi aprovecha la gesticulación del catalán y dispara su Leica. Foto de primer plano, de frente. 

Es un momento despiadado el de ese fin de mayo del setenta. Venimos de un plantón entre la muchedumbre de señoras gordas y caballeros de respeto que con rostros lúgubres se agrupan frente a la reja de un edificio de la calle Montevideo casi esquina Santa Fe. Es el hogar del General Pedro Eugenio Aramburu. La exclusiva muchedumbre se ha aglutinado allí porque el general golpista se halla en lugar ignorado, rehén que empuja por primera vez hasta la superficie y otorga notoriedad a la —hasta entonces, clandestina— agrupación Montoneros. Recuerdo el desenlace pocos días más tarde, el primero de junio de ese mismo año.

Cuatro años después —durante la tercera presidencia del General Juan Domingo Perón—, recordaré el hecho al oírlo hecho explícito y público en la marcha del primero de mayo rumbo a Plaza de Mayo. Hasta el balcón del departamento de mi tío Juan, en un séptimo piso de Lavalle y Callao donde estoy almorzando, llegan el golpe de sus bombos y sus voces: “ ¡Duro duro duro! ¡Estos son los Montoneros que mataron a Aramburu!”.

El cautiverio del general golpista de la Revolución Libertadora es muy corto —los Montoneros lo ejecutan el primero de junio del setenta después de un sumario juicio guerrillero. Durante los cuatro días de suspenso, estos dos proto-periodistas freelance, Fredi y yo, hacemos sebo en la puerta del hogar del general. No pasa nada. Documentamos el lúgubre silencio del grupo de aristócratas en vigilia. Hemos pasado muchas horas frente a la reja de entrada a ese solar. De modo subrepticio tratamos de oír los comentarios de los presentes. Notamos (y tomamos nota) que además, en la portada de la familia acéfala también hace sebo la desesperada (y fallida) custodia del general.

No sabemos bien para quién o para qué recogemos material. Es más bien una especie de ejercicio de entrenamiento para el futuro. Queremos aprender a aprehender la noticia, tal como me lo enseñaron en la Escuela Superior de Periodismo del Instituto Grafotécnico. Aun cuando sólo sea la imagen estática y el quasi-mutismo mortuorio de esa vigilia. Gente que habla en un susurro lúgubre. O simplemente suspira bajo el frío y estrecho cielo de la Capital.

Aprendemos sobre el ocio y el aburrimiento ante la falta de desarrollo o narrativa que para los periodistas involucran estas tragedias en las que nada sucede. Es como en las trincheras de cualquier guerra: la mayor parte del tiempo está constituida de puro suspenso paralítico. O como los detectives de La secreta en la series de TV. Dentro de un auto estacionado en las sombras, al acecho de algún maleante, beben café frío y comen sándwiches húmedos. El tiempo detenido. El universo en suspensión estática durante la vigilia que precede al desenlace. Poco disciplinados, Fredi y yo nos distraemos con una charla que, aunque en voz baja, desemboca en alguna rememoración jocosa. Al unísono estallamos en una risa compartida. De inmediato uno de los caballeros de traje negro se nos acerca y nos increpa: “¿Ustedes de qué se ríen, no saben la situación que se vive aquí? ¿Qué es lo que hacen en este lugar?” Nos damos cuenta de que en cualquier momento dejaremos de ser bienvenidos. “¡Somos periodistas!” –, me disculpo. “Oh, entiendo, perdón”. El hombre se aleja de nosotros algo compungido por haber interpelado de modo injusto a estos dos testigos de sus sufrimientos, dos tipos que se congelan a la intemperie para beneficio de la libertad de prensa e información del pueblo argentino. Fin.

Nos alejamos del lugar.

Es una tarde típica del invierno porteño. Hemos decidido caminar las pocas cuadras que nos separan de la Avenida Alvear. Tullidos de frío, vamos a tomar un chocolate bien caliente con medias lunas a La Biela. Una vez reestablecidos y todavía en función de periodistas, partimos hacia el único lugar donde puede suceder algo notorio, o sea, notable, anotable, digno de nota: el Alvear Palace Hotel.

Alvear y Ayacucho: subimos los escalones que dan a la recepción.

En ese mismo momento por la entrada para carruajes y al volante de una coupé Torino 380w gris metalizado (yo nunca olvido esas máquinas de los dioses) sube también el famoso cantor catalán. Ni acabamos de llegar cuando ya hemos sorprendido entrando al hotel a “Joan Manuel Serrat i Teresa”, su nombre y apellidos completos, según nos informa algo más tarde, ya durante el interview.

Serrat abre la puerta del auto y desciende. Un valet se apresa desde la puerta del hotel para estacionarle el coche. Con gran atención profesional, Fredi y yo observamos este trivial rito hotelero cinco estrellas. Pero, novatos sin recursos económicos, lo apreciamos de modo minucioso, tal como se apreciaría un Stradivarius en la vidriera de algún anticuario de Viena. Fredi toma una fotografía subrepticia del gallego al lado del auto y yo tomo nota en mi cuadernito: El cantor viste una camisa estampada de bambula con enormes flores celestes sobre fondo blanco El cabello  largo cubre el cuello de esa prenda de ropa. Desabrochada hasta la mitad del pecho hirsuto, la camisa entra sus faldones en la cintura estrecha de un par de jeans desteñidos. Se mantiene allí gracias a un cinturón de tiento gauchesco. A pesar de que los pantalones de denim son muy ajustados, la boca Oxford se acampana a partir de las rodillas. Juan Manuel va enjoyado con tres pulseras y una cadena de plata. Calza mocasines de cabritilla que comprara el día anterior en Guido. Se lleva algunos pares cada vez que visita el país, nos dirá más tarde.

Súbitamente inspirado, “Vamos, ¡vamos!, ¡vamos a entrevistarlo!”, me insta Fredi con premura.

Sin preparación previa y más verdes que manzanas verdes lo conminamos al encuentro a altas voces. Decidido a establecer intimidad desde el principio, elijo llamarlo por su nombre, “¡Juan Manuel, Juan Manuel!”. Y troto en su persecución hacia la puerta interior vaivén por la cual el cantautor acaba de entrar al hotel.

Esperando un pedido de autógrafo, intuyo, Serrat se detiene.  Fredi pronuncia el abracadabra que hasta ahora nos ha funcionado. «¡Periodistas, Serrat!»

El rumor, dixit la revista Gente de esta semana, es que el catalán ha decidido venirse a vivir a la Argentina. Los problemas crecientes con la censura franquista podrían haber influenciado esta decisión, sugiere Primera Plana. OK, es de esto que vamos a hablar.

 “¿Por qué te interesa saber esto?”, responde Serrat una vez que —a su sugestión: tiene sed—hemos llegado a la barra del bar y le he formulado mi pregunta crucial. Serrat se halla ya sentado en una de los altos taburetes. Pide un gin-tonic y con un gesto nos insta a ordenar nuestros tragos respectivos. Queremos lo mismo. Fredi y yo lo ladeamos de pie. Así quedamos frente a frente con el español, listos a apuntar sus respuestas y fotografiarlo en acción.

No voy a cansar al lector con el diálogo que mantenemos con el astro. Al fin de mi gin & tonic, he escrito ya en mi cuadernito que es de Boca y del Barça. Tiene en vista una casa con una enorme pileta de natación y jardín en San Isidro. La Torino es suya. Compra su ropa en Buenos Aires. «¿Es verdad que tenés una relación bastante seria con una chica de aquí? ¿Pensás casarte con una argentina?» “¿Por qué te interesa saber eso?”. Era esa la pregunta crucial que yo me traía, pero que mereció su ‘respuesta no-respuesta’. No importa. Al fin, casi olvidando la entrevista, una simpatía mutua se hace creciente entre el Divo y los dos Tiernitos. Probablemente está podrido de los profesionales. Charlamos, charlamos, y charlamos hasta que al fin nos dice, “Mirad, se está haciendop tarde, debo irme a mi habitación. No sé si sabeis que esta noche es la recepción posterior al casamiento de Marti Cosens. Tengo que mostrar presencia, ufff”, suspira atribulado. Esto nos pone en “modo periodístico una vez más”. ¿Se casa Marti Cosens?, ¿con quien se casa, nos decís?” (ya hemos ingresado a la fase del tuteo) «¡Pues ¿por acaso creeís que soy una  bruja gitana? ¿Si sé con quién se casa?, coño!», ríe con sorna Juan Manuel. “¿Quereis venir?”. “¡Sííí!» (al unísono, Fredi y yo), «¿Dónde es la fiesta?” “Aquí mismo. ¿Os veo a las ocho?”. Parte hacia los ascensores. Nosotros, hacia la esquina de Callao. Tomamos el colectivo. Vamos a vestirnos.

La fiesta es lo que el lector imagina. Entonces la hago breve. El salón de fiestas del hotel está lleno de estrellitas y algunas divas de la TV. Marti Cosens en un smoking celeste, su hermosa novia, ignota y desconocida en la farándula, ya se ha sacado el vestido de novia y tiene un vestido mini de seda color marfil, bien ajustado al cuerpo. Reconozco a  Rocky Pontoni, Mariquita Gallegos y hay otros tantos y tantos que no conozco. Por su pose es obvio que son celebridades. La Pata Villanueva y Chunchuna Villafañe, están allí. No pasan más de veinte minutos y Palito Ortega ya se retira. Bastante tarde en la noche llegan Jolly Land y Johnny Tedesco. Ni bien descubren a Serrat de inmediato vienen hacia nuestra mesa. Fredi y yo, borrachos de emoción de estar ahí, de abrazar a los famosos como si fuéramos sus ex compañeros de la primaria, y del champán canilla libre que los mozos derraman como cataratas en todas las copas. Alejandro Vignati, el columnista de espectáculos de Maribel se abraza a Serrat y después, a nosotros dos. Vignati parece borracho, pero no de alcohol, como lo parecen estar de la misma substancia no identificada las dos hermosas chicas con las que el periodista de verdad ha llegado. Como “somos como chanchos” con el catalán, ambas nos besan efusivamente cuando Vignati hace las presentaciones. Por mera coincidencia a Vignati ya lo conocíamos del festival de Baradero. Las dos bellezas se sientan a nuestro lado en sillas que han arrastrado de una mesa cercana. Algunos desafortunados no las hallarán cuando regresen de bailar. Contamos mentiras enormes y nos cuentan mentiras aún mas grandes. Participamos del juego social acostumbrado, en el cual Fredi y yo somos nuevitos flamantes. Nos divertimos como locos mientras chupamos como esponjas.

Pasadas unas horas, varias danzas y un par de besos más serios, las dos preciosuras, Fredi y yo partimos en un taxi hacia Bárbaro, el boliche en voga de la cortada Tres Sargentos, donde seguiremos besándonos y bebiendo. Al fin de la noche, quedamos en encontrarnos al día siguiente en la Hípica, de la cual las pibas son miembros. Habrá un torneo de salto y ellas nos harán entrar para “hacer una nota”.

 Así es como “acabamos saliendo” con las mismas chicas durante unos dos años.

Esa es nuestra primera noche festiva como periodistas. Muchas otras vendrán, pero eso es otra historia. Para otra nota.

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Pleasantville (bajo la nieve), New York, Sábado 19 de febrero de 2022

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