Amo París desde que tengo memoria. Y no se trata de una frase hecha. No. La amo a partir de un regalo que nos hizo mi tía Lía, mi tía más querida, allá lejos y hace tiempo, cuando yo todavía era un nene y sabía nada del mundo: unas increíbles diapositivas de los increíbles vitraux de Notre Dame.
En algún sentido, París, para mí, siempre fue esos vitraux .
También es la ciudad en la que me enamoré por primera vez, de Jolanda, en la fiesta de fin de año del 80. Y a la que voy cada vez que puedo. Una ciudad que me encanta por lo abierta, por lo fácil que resulta ver lejos desde cualquier esquina y por el río que la corta y que en su escaso ancho se parece al de mi infancia y por sus puentes y por sus cafés y por su música y por tantas otras cosas.
Acabo de volver de allá. Por enésima y espero que no última vez. Fueron quince días de caminarla y, con toda seguridad, ha sido la visita que hice a ella con más expectativas. Tantas expectativas tenía que, tres meses antes, me puse a estudiar desesperadamente francés. El francés nunca me gustó, muy a pesar de que buena parte de mis ancestros llegaron acá en un barco hablando esa lengua. Jamás me gustó. Pero, en los tres meses previos a mi partida, no hice otra cosa que estudiarlo.
Las enormes expectativas del viaje pasaban no sólo por descubrir cómo se veía en las librerías una novela mía que aparecería en esos días, “Vida interior”, sino también por la firma de un contrato para hacer “Más liviano que el aire” en el teatro Rond Point de Champs Elysées, y en encontrarme con un productor que quiere llevarla al cine en Inglaterra. Después de tanto estudio, mis expectativas estaban puestas en cómo funcionaría mi precario francés.
Y funcionó mal. Muy mal. Al principio, los parisinos no me entendían siquiera las preguntas más sencillas. Con el correr de los días y de mis charlas con el dueño del hotel en el que paraba, un viejo macedonio que hablaba casi tan mal como yo, más el invalorable aporte que le hizo a mi pronunciación mi amigo Marc, logré que, al menos, entendieran mis preguntas. De inmediato, vino la segunda frustración: no entendía con exactitud aquello que me contestaban.
Así las cosas, Vie intérieure quedaba muy bonito entre otras novelas, bastante lejos de las mesas de venta masiva de las librerías, además de que su aparición fue celebrada con unas breves líneas en Paris Match y en Le Monde; el contrato de teatro se firmó aunque recién se estrenará a fines del año que viene, y el encuentro con el productor de cine fue un típico encuentro con un productor de cine de cualquier país: me prometió capitales ingleses y a Emma Thompson como actriz y directora, aunque los carísimos cafés en el Café de Flore los pagué yo. El consejo para los viajeros: nunca exageren las expectativas antes de un viaje. El riesgo de frustrarse es enorme. Si no pueden hacer nada para disminuir sus expectativas, tengan presente el motivo último de las ganas que los llevaron hasta allí. En mi caso, el motivo de mi eterno amor por París. El último día, no puedo explicarles la felicidad con la que hice la interminable cola, junto a millones de japoneses repletos de cámaras, para entrar en Notre Dame y disfrutar, otra vez, una vez más, como siempre, de sus increíbles vitraux .
Columna Diario Clarín, domingo 17 de Noviembre-.












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