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A pesar de la remera negra que le cubre los ojos, Augusto sabe que la luz matinal lo ha invadido. Sabe también que porque se piensa dormido, está ya despierto, consciente, tenso y listo para las percepciones habituales que comienzan por esa: se piensa dormido, ergo, está despierto.

El agua que escapa gota a gota de la canilla de la cocina cuenta los segundos como un metrónomo. Augusto no es un tipo a quien la naturaleza haya dotado para las artes que requieren “destreza doméstica”. No está vivo o despierto para arreglar canillas. Entonces ignora las amenazas que, de acuerdo a los principios del Feng Shui, se ciernen sobre las viviendas que permiten la persistencia de esta falla hidráulica[1].

Preciso como un reloj, ese desperfecto de un goteo repetitivo hasta la insania le recuerda el lento suplicio chino —que Augusto sabe que no lo es; su enciclopedismo lo remite al Siglo XV de Hippolytus de Marsillis. Cada mañana, en un acto recurrente se distrae de los efectos de esa tortura con un ejercicio intelectual inevitable: corrige el origen de ese método de tormento. Retirándolo del antiguo Lejano Oriente, lo resitúa en su geografía y tiempo correctos, la Italia medieval. Déjà vu. Un gusano viscoso repta el círculo vicioso de eventos cotidianos.

Con los ojos todavía cerrados, traga el sabor amargo de excesivos cigarrillos nocturnos y se estira para alcanzar el atado de Parisiennes. Apoyado contra la pared donde ha graffitado ¡BASTA DE MUERTES! enciende el primero del día y pita con fruición. Exhala un largo flujo de humo blanquecino. Un patrullero ulula su queja avenida abajo. Augusto percibe su alrededor sin emoción ni sorpresa: sólo una mañana más en Buenos Aires.

El agua gotea sobre una olla sucia olvidada en la pileta. Desnudo y con frío, camina hacia la cocina para tratar sin éxito de cerrar la canilla, tose su rumbo hacia el baño, después se prepara un café. Enciende la radio y oye la suma diaria de cuerpos. La apaga.

Augusto fija los ojos en la obra que descansa en el ancho caballete esperando el pincel. Entiende que de algún modo algo falta. Es como si todo el trabajo del día anterior hubiera desaparecido durante la noche.

Atados de cigarrillos, latas de pintura, tubos exprimidos. Pinceles sucios, una botella de vino. Decide atacar la tela de inmediato. Intuye que debe hallar una justificación para tanta carencia de sentido en medio de tanta luz natural, pero se le ha acabado un color fundamental, magenta. Mientras camina hacia la estantería, se pone la misma remera con la que, a modo de antifaz, lograra la deseada oscuridad durante la noche. Una expresión de dolor cruza su rostro mientras levanta el brazo derecho, un dolor profesional que de tan habitual ya es su amigo íntimo.

*  *  *

magenta [Del it. magenta, por alusión a la sangre derramada en la batalla de Magenta, 4 de junio de 1859, porque este color se puso de moda después de esta].

  1. De color rojo oscuro.
  2. Color magenta.

 

  1. Colorante magenta.

Diccionario de la Real Academia

*  *  *

 

Se sirve un jarro de café caliente y se deleita con su aroma. Lo posa sobre la larga mesa, y al lado coloca un recipiente para preparar la pintura. Mientras bebe a rápidos tragos la fuerte infusión que lo traerá de regreso al mundo, Augusto mezcla con cuidado el polvo bermellón con el aceite de linaza y lo revuelve despacio con una espátula de madera. Observa por largo tiempo el resultado y acaba por espolvorear un poco más de pigmento.

Magenta. Revuelve el color, pensativo. Se asemeja a sangre y esto le satisface.

Al principio, apenas acaricia la tela con movimientos simples del pincel, pero no pasa mucho tiempo antes de sorprenderse ya golpeándola, resoplando, tratando de decir aquello que es pero está y estará instalado de forma permanente en un espacio conceptual intangible, tal vez ininteligible. ¿Cómo articular el grafico de una experiencia que se refugia en una dimensión recóndita de la estructura psíquica, ya que corresponde al sistema lógico más absurdo de la existencia humana? ¿Cómo seguir creando ante la brutal reificación de la impotencia? ¿Cómo describir la historia actual —y su historia actual— sin ignorar las marcas crudas de la desesperanza? La ausencia de respuestas lo lleva a vislumbrar la sombra amenazante de una sentencia que lo condenaría a la prisión perpetua de un universo puramente retórico.

Hace un alto para encender el estéreo. Lo que vendrá rápido derrota todo ruido callejero. Aturdido, solidifica su decisión de construir algo a partir de esa mañana, del bandoneón obstinado de Astor Piazzolla, del intruso ocupa que no abandona su estómago, del rojo espeso y pegajoso que se resiste a la inmovilidad vertical que debería gritar desde la tela. Pero no desistirá sin antes ofrecer su más encarnizada resistencia a ese monstruo que se ha adueñado de sus vísceras.

Por eso Augusto continúa una y otra vez. Insiste. Todavía otra y otra vez. Y otra vez. Llegado un momento, hunde los dedos en la lata de negro mate para después, obstinado, arrastrarlos como tajeando diagonalmente la tela —y dejar entonces las marcas horrendas de esos intentos infructuosos de un asesinato estético que abre senderos despiadados en el rojo.

¡Fuck art!, se dice recordando un cierto poster desvalorizador del formalismo.

Al borde de la cama, sentado con las piernas separadas en total abandono, frota su rostro de forma ascendente hasta descansar la cabeza en sus manos, los codos en las rodillas. Así permanece. —¡Oh, Dios! —musita inmóvil. Augusto no lo sabe, pero su gesto le ha manchado el cabello de negro y rojo, y su rostro se halla cubierto de impresiones digitales resbaladizas que derivan en largos surcos, como tatuajes y mutilaciones tribales.

Se ha transfigurado y es una síntesis de máscaras africanas, de facciones maoríes, y de rostros heridos, destruidos.

La construcción bidimensional que lo ocupaba saltó de la tela y ha engendrado inadvertidamente una. . .  tridimensionalidad performática. . .  que lo incluye y completa. Augusto ahora está integrado de forma sublime a ese universo de ideas, acciones, artefactos y sensaciones que informan su existencia actual y que él ha estado tratando de modo infructuoso de transformar en arte. Aún no llega a entender que acaba de abandonar la limitación tradicional del espacio pictórico, tal vez lo pictórico en sí mismo. Con su imagen alterada por obra de la aplicación involuntaria acrílico y óleo a su cuerpo, frente a la pintura descomunal que impera tiránicamente en ese ámbito —más el estruendo de su carga emocional, que se suma a la momentánea angustia sobrenatural de Piazzolla— Augusto y su salón son un todo que constituye lo que busca sin hallar. Hombre, espacio y acústica se han fusionado en la instalación descriptiva del hombre que está solo y espera[2], sitiado por un universo que metaforiza esa… esa…  Iron Maiden[3] en que se ha transformado su mundo real.

Aunque Augusto no lo sabe todavía, el integrarse de forma patética al medioambiente que lo circunda, constituye un signo oracular de fin y recomienzo; un omen[4] sobre la inminencia de la acción. Desconoce aún el dinamismo que su realidad adquirirá en el futuro. Esta ignorancia lo mantiene en una búsqueda laberíntica, interminable.

Se pasea de un lado a otro [esa constante felina de lo enjaulado] entre las notas de Piazzolla que se estiran hasta quedar colgadas en las paredes desnudas de su estudio.

Parado frente a la ventana, Augusto observa el trajín de Corrientes. La húmeda saturación del gris del asfalto allí se fragmenta, justo donde el estrecho cielo refleja sus tonos metálicos en el suelo. Ruedas de taxis apresurados desintegran ese espejo en mil trozos. Siete mil años de desgracias.

Piazzolla ahora está interpretando Verano Porteño y —como Augusto— nunca decide si nombra la furia, el pesar o la ternura.

Los pensamientos del artista plástico ruedan sin línea ni lógica, descartando imágenes, preservando emociones. Este proceso finaliza siempre en lo mismo: en Alicia ausente, ida, perdida, desaparecida.

Con gran cuidado Augusto deconstruye la imagen mental de los rasgos faciales de Alicia, del agudo perfil y del perfume de su cuerpo. Revive la sensación en sus dedos al deslizarlos entre la lisura de los largos cabellos de Alicia. Volviéndose hacia la pared desnuda, le da la espalda a Corrientes. Permanece así, evocando parte por parte, con su método preciso, ese rostro que ya no existe para él desde hace una corta eternidad. La imagen y la memoria que lo acompañarán para siempre:

Ella se va, cierra la puerta; sus pasos son menos y menos audibles en el corredor distante. El ascensor.

Finalmente, de pie frente a la tela, elige una brocha gorda y pesada. La hunde en el negro mate y después en el rojo magenta.

La larga estocada deja una mancha furiosa en el mismo centro de su pintura.

Una araña aplastada.

Una estrella muerta.

Un agujero en un corazón.

Se sirve un vaso alto de vino tinto y lo posa en el alféizar de la ventana. Aprecia la sombra púrpura que se proyecta a lo largo del piso de la sucia habitación. Más tarde asa su carne en la parrilla —la ignora sobre el fuego, dejándola solamente el tiempo que le lleva beber su vaso de tinto. Corta un pedazo sangrante en un rústico plato de cerámica moldeado y cocido por manos anónimas norteñas, allá en Salta. Ese plato no es para nada diferente de todo lo que posee: simple, pálido y espartano.

Alimentado, Augusto duerme en el suelo sintiendo la madera en su mejilla: un animal encajonado. Sueña con una noche sin pasado ni futuro; sueña con una noche sin historia. Sueña con una noche sin sueños.

La pesadilla acostumbrada lo despierta sobresaltado y sin aliento:

Luces mortecinas apenas iluminan las paredes transpiradas de intrincados corredores poblados de sonidos lúgubres y perfumes rancios. Gritos, quejidos —y el espantoso olor de cuerpos putrefactos. Hay allí una puerta oxidada, abierta hacia un cubículo sin ventana alguna:

Desnuda y encapuchada Alicia lee el menú [esas alegorías oníricas], amarrada a una silla de hierro:  

El largo cuestionario

El teléfono

El saludo militar

Rodilla en tierra

La contención de la pared

El cacheteador carcajeante

El novio

Los amigos cariñosos

El “pau de arara

El submarino

Fumando espero

La manicura

El “peeling”

La máquina

El entubado

El dentista

El ginecólogo

La faux ejecución

La boleta

 

La noche rodea el cuerpo de Augusto, su habitación y la ciudad. La terrible conciencia de la realidad reemplaza la pesadilla que le ha robado el tiempo de ver el rojizo crepúsculo que cae por detrás de la línea de edificios, afinándose sobre el horizonte púrpura.

No soporta la noche temprana del invierno; cuando más cercana la noche, mayor su estupor.

Para recomenzar el viejo ritual, vuelve a la tela que se estira obscena de punta a punta de la habitación. Otra vez transpira, lidiando con su enigma por medio de un tremendo esfuerzo físico. Esta instancia paradojal se traduce en action painting. Trata de negar cualquier forma, ya que en el absoluto no existe lugar para la representación concreta: El ser y la nada.[5]

Se detiene nuevamente para recordar la última visión de Alicia. Una vez más oye el sonido amortiguado de sus pasos que se alejan por el corredor, mientras el tango en el estéreo genera una dulce melancolía. En un largo adagio conversan un violín y un contrabajo, mientras el bandoneón persiste en describir el largo camino hacia ningún lugar:

Silencio profundo de la noche. Testigo de lo inevitable, Augusto mira desde la ventana la calle vacía y mojada. Una campana de la iglesia lejana tañe las doce. En voz queda, de modo mecánico y ‘para nadie’, un canillita en la esquina anuncia “la sexta”. Augusto abre la ventana y acoda su inmovilidad. Está por ser enmarañado en pánico y sorpresa. Apenas se mueve para arrojar el pucho hacia el asfalto brillante. La lluvia. El arco de luz que crea la brasa cesa justo en el momento en que el bramido del coche que se aproxima veloz ensordece el taconeo de Alicia, ya en la calle. Ha salido del edificio y camina hacia la parada del colectivo. Comienza la náusea; el bandoneón también suena. El pibe aprieta los diarios bajo el brazo y se guarece en la protección [y la oscuridad] que ofrece la cornisa. Las imágenes se hacen borrosas cuando Augusto ve que el coche se acerca a Alicia. Un Falcon gris, sin patentes. La memoria de Augusto se acelera: Como en una vieja película muda, los detalles de la acción se pierden en la velocidad increíble de su violencia. Todo sucede en pocos segundos: del vehículo aún en movimiento, las cuatro puertas se abren en acción simultánea, sincronizada. Tres hombres interceptan con rapidez a Alicia y la rodean. El chofer permanece en su asiento. Uno de ellos la aprisiona, sórdido; le arquea el cuerpo hacia atrás, lo recorre con una mano; le estampa la otra en la cara —un cachetazo brutal— y le cubre la boca, ahogando el aullido. Augusto lee en los labios del bruto el ladrido ronco de una orden, “¡Cayyyate, puta de mierda!” pero no lo oye. Su audición cesa; la obscena crueldad de la escena lo paraliza. Un segundo hombre, que parece liderar el operativo, los precede hacia el coche. El vehículo retrocede y sube dos ruedas a la vereda para posicionar la puerta trasera en paralelo al grupo. El chofer hace su trabajo con precisión. El tercero, circula; controla su alrededor, desestimula la presencia de cualquier testigo involuntario: de su hombro cuelga ostensiva la metralleta.

El operativo es impecable. ¿Cuántas veces han hecho lo mismo?

Arrojan a Alicia en el piso trasero del Falcon y dos hombres se sientan inmovilizándola allí con los pies. El ametralladorista ocupa el asiento delantero del copiloto. Así como el relámpago del arribo, sucede la partida: las puertas aún no han acabado de cerrarse pero las ruedas ya queman caucho en la vereda; el coche salta a la calle y acelera, patina sobre el asfalto mojado. Ensañado, uno de los hombres martilla varias veces “algo” con sus tacos.

Fuera de sí, Augusto ve bermellón, magenta y su propio cuerpo paralizado en la ventana. “¡Basta de muertes!”

El canillita, aterrorizado, conocedor de «la calle», huyó mucho antes. Los diarios, ahora hojas de papel sin significado, vuelan en manos del viento calle abajo como palomas perezosas…

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“Se trata en realidad de la tradición del tango. El hombre que perdió a la mujer mira el mundo con mirada metafísica y extrema lucidez. La pérdida de la mujer es la condición para que el héroe del tango adquiera esa visión que lo distancia del mundo y le permite filosofar sobre la memoria, el tiempo, el pasado, la pureza olvidada, el sentido de la vida. El hombre herido en el corazón puede, por fin, mirar la realidad tal cual es y percibir sus secretos”.

                                                            Ricardo Piglia

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Continúa mañana

[1] De acuerdo a las teorías e interpretaciones del Feng Shui, toda pérdida o desperdicio de agua, provoca un restablecimiento del equilibrio universal por medio de la pérdida de riquezas, felicidad o salud del individuo o individuos responsables por ese derroche de líquido.

[2] Título del libro de Raúl Scalabrini Ortiz [1898 – 1959], publicado en 1931, cuyos contemporáneos vieron como una “Biblia” del Buenos Aires de ese entonces.

[3] Iron Maiden: “Dama de hierro”; instrumento de tortura utilizado durante la transición de los siglos XVIII/ XIX, cuyo origen fuera también fechado de forma errónea, como correspondiente al Medioevo europeo, pero que aparece en China durante la dinastía Ming [1368 – 1644]

[4] Omen: del griego oiomai: en este contexto significa “presagio”— pero el vocablo literal es traducible como “pienso”, “creo”, “supongo”.

[5] Hace referencia al ensayo filosófico existencialista de Jean-Paul Sartre de ese título, El ser y la nada [L’Être et le Néant], publicado en 1943.

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