Ha comenzado el 4 de julio. Amanecerá dentro de pocas horas. En Atracadero el viento sopla incesante su obstinación invernal. A las cuatro de la mañana, Côte d’Azur continúa repleta. A ambos lados de la calle, estacionados paragolpe contra paragolpe, los coches, apretados entre sí, ocupan toda la cuadra.
El cartel de neón de Côte d’Azur parpadea su mensaje para nadie. Cachalo ya ha dejado la puerta hace varios unos minutos, y —sentado en la barra entre Cepillo y el director de seguridad de Frigoríficos Latinoamérica, Víctor Palmeiras— ahora disfruta de un Chivas on the rocks. También en busca de un trago, muchos usan sus codos para abrirse paso entre la masa humana que bebe en un cuerpo a cuerpo de transpiraciones anhelantes. A esta altura de la madrugada el porcentaje de alcohol en la sangre colectiva ha alcanzado el nivel ideal para que los que beben olviden la monotonía del pueblo. La mayoría llegó bastante después de la medianoche del sábado, o entonces unas horas más tarde del comienzo del domingo, que es otra manera de decir lo mismo.
La ensordecedora amplificación sonora satura el éter con su exceso de tambores y escasez de melodía, y en la pequeña pista de baile los solos y las parejas que la atestan se contonean al ritmo frenético de la danza.
Entre los que bailan, Sílviano sigue el humor de la percusión atronadora. Sacude su largo cabello negro mientras balancea su figura sensual. En la barra, Cepillo se declara “totalmente mamado” y, como siempre, exhibe su euforia alcohólica por medio de violencia verbal. Como una ametralladora giratoria, reparte ofensas sin discriminación: es un hombre de mala bebida. Rota en su taburete y enfrenta a Cachalo.
—¡Gordo de mierda! ¿Para qué carajo querés todos esos kilos?; ¿cómo vas a encontrar esa verguita de mierda que tenés bajo esas montañas de grasa cuando alguna vez tengas el ojete milagroso de poder echarte un polvo? ¡Tres panzas!
Cachalo se limita a clavarle unos ojos fríos e inmóviles.
En el taburete, Cepillo rota de un lado para otro. Detrás del cuerpo amplio de Cachalo divisa a Víctor Palmeiras, que mantiene una conversación sigilosa consigo mismo, o con su vaso de whisky, mientras de frente hacia la pista observa la danza de Sílviano.
—¡Palmeiras, pajero! ¡Títere de los yankis! ¿Cuánta guita te dan para espiar a los obreros? ¡Qué odio que te tengo, botón de mierda! ¡Ya te va a llegar el día, hijo de puta!
La música es atronadora y Cepillo está demasiado borracho. Quizás Víctor Palmeiras no puede oírlo, tal vez Víctor Palmeiras no quiera oírlo. Cachalo, “amigablemente”, cierra la pinza inexorable de sus dedos sobre la nuca de Cepillo, lo levanta del taburete y lo ayuda con delicadeza a apartarse de la barra, poniéndolo así fuera del alcance de los oídos de Víctor Palmeiras. Mientras pasan por la pista, Cepillo ve a Sílviano. —¡Puto de mierda! ¡Me das asco, maricón! —.
Cachalo decide empujar a Cepillo hacia la calle. Un momento después hacen mutis por la abertura de las gruesas cortinas de terciopelo que separan el salón de baile del palier de entrada de la discoteca.
Simulando sordera ante las ofensas de Cepillo, Víctor Palmeiras continúa observando la pista, mientras mueve despacio los cubos de hielo de su whisky. En cierto momento los ojos de Sílviano y los de Víctor Palmeiras se encuentran. Casi imperceptiblemente, Víctor Palmeiras dirige su mirada hacia la salida y los de Sílviano entienden.
Víctor Palmeiras gira su taburete para enfrentar la barra y muestra su vaso a Cristina quien inmediatamente retira una botella del estante y le sirve otra generosa medida de Chivas. Le pone dos cubos de hielo y antes de entregarle el trago mete en el vaso sus largos y finos dedos de uñas afiladas y rojísimas. Con el indicador y el anular sumergidos por completo en el líquido, provocativa y promiscua le revuelve el whisky a Victor Palmeiras. Éste le toma la muñeca y, mirándola fijo a los ojos, lascivo le chupa los dedos mojados de Scotch. Ella, trémula, esboza una sonrisa casi pornográfica.
Las luces se debilitan mientras los tambores se ausentan, esa antigua operación radical del disk-jockey para disminuir la intensidad del ambiente cada vez que el grado de locura colectiva de la informe masa presente comienza a amenazar la seguridad del boliche.
Raramente se escucha tango en Côte d’Azur, pero Pablo Ziegler teclea su introducción al bandoneón de Piazzolla en Adiós Nonino. Este solo es tan in-bailable como es efectiva la estrategia del D.J.: Las pocas parejas que permanecen en la pista apenas se mecen mientras suena el piano. Cuando la vorágine del tango ya se ha lanzado, las variaciones piazzolleanas auspician a unos pocos bailarines de tango avanzados. Los más audaces intentan emular con sus piernas la arquitectura de esa elegía que escribiera el compositor a la muerte de su padre, pero que parece también ser el lamento de una pasión interrumpida.
En el rincón más apartado del bar, Sílviano enciende un cigarrillo. Cristina lo observa: él viste jeans negros bien justos y una camisa de satén también negro, bien abierta para mostrar sus músculos pectorales perfectos, producto del trabajo constante en el gimnasio, a fuerza de máquinas, hierros y vanidad. Cristina se acoda en la barra y dice para nadie, “¡Qué desperdicio!”
Sílviano se levanta el pelo con las manos —bien alto sobre la cabeza— y lo junta tirante en la nuca como para hacer una cola, pero de inmediato lo suelta para que caiga y, suave como la seda, se despliegue sobre sus hombros. Un mero gesto de charm para nadie en particular…. No obstante, siente los ojos de Víctor Palmeiras recorriéndolo de pies a cabeza, pero es insensible a los de Cristina que están haciendo lo mismo: acariciándolo con la vista.
Sílviano camina sin preocupación ni prisa hacia el palier, retira del guardarropas su blazer naval negro y su enorme bufanda de seda salvaje plateada, los viste sin prisa y por fin parte hacia la calle. Lo último que oye es la respiración febril del bandoneón de Piazzolla.
Mientras le sirve el último whisky a Víctor Palmeiras, Cristina lo observa en detalle: lleva unos jeans impecables, botas tejanas de taco elevado y puntas agudas, y una camisa de franela fina a cuadros azules, verdes y rojos. Un pañuelo azul marino de tela de algodón muy delgada está anudado flojo al cuello. Es un hombre todavía alto, tan erguido como un ciprés, y fuerte para su edad, pero ésta avanza de modo inexorable. Dos arrugas tan largas y profundas como tajos de navaja, marcan sus enjutas mejillas; su cabeza calva está rodeada por una estrecha banda de cabello grisáceo cortado tan corto que apenas si se insinúa. Sus ojos tienen la calidad del acero y su piel es muy bronceada. Una vez, Víctor Palmeiras volvió de los Estados Unidos trayendo una cama solar. Ha adoptado para siempre la imagen de The Marlboro man.
Pasan largos minutos; la música ha variado. Lo que se oye es bossa-nova. Víctor Palmeiras apura rápido su whisky: el humo y el ruido, el rugido de la conversación colectiva y la compacta densidad de los cuerpos —en un ambiente que de pronto siente diminuto— se le han vuelto insoportables. Una súbita urgencia claustrofóbica lo obliga a marcharse de inmediato. Después de dejar algunos pesos sobre la barra, gesticula un saludo hacia Cristina, quien se lo devuelve elevando la botella que tiene en la mano en ese momento.
Victor Palmeiras pasa por el guardarropas; toma y se pone la chaqueta de gamuza, el sombrero tabaco y los guantes de carpincho, mientras se contempla con detenimiento en un enorme espejo. A través de la cortina le llega la conversación de Cachalo y Cepillo. No podría asegurar que oye su nombre mezclándose con el de Sílviano entre dichos soeces y risotadas.
Enceguecido por el cambio de la luz, Víctor Palmeiras se demora unos minutos en el umbral. Enciende un Marlboro mientras observa la calle desierta. La vereda, los coches estacionados, las paredes de las casas de enfrente —y hasta los árboles—, cambian de modo cíclico del azul al rojo: mantienen su mudo diálogo de reflejos con la secuencia cromática del cartel de neón:
Cada color que surge transforma la calle: el efecto visual es casi mágico. Onírico.
Víctor Palmeiras camina hacia la esquina, dobla por la calle transversal y se dirige hacia la sección más oscura de la cuadra. Hace muchas horas allí estacionó de modo estratégico y precalculado su pick-up Ford F-100 doble-cabina. Cerca de la misma, oculto entre las sombras creadas por la fila de árboles idénticos que bordean la vereda, lo espera un hombre vestido de negro. Las luces distantes crean destellos metálicos en su enorme bufanda de seda salvaje plateada.
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Continúa mañana










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