Como no me queda otra, estoy apoyado contra el buzón de la tienda La Flor del Día; o sea, en la esquina mismísima de la plaza. El buzón está implantado en la ochava noreste de la esquina donde intersectan las calles Santa María de Oro y San Martín. Justito ahí es adonde voy a morir todos los atardeceres, a pocos pasos de casa y sobre la misma vereda. Ni necesito cruzar la calle. Siempre lo mismo y siempre igual. No me calienta ni un poquito: “A mí me gusta acá”, como dice Federico Manuel Peralta Ramos.
Empieza a atardecer y acaba de pasar el regador. Impregna el ambiente esa mezcla indefinida de perfume a alquitrán de las juntas del asfalto y el olor al polvo que se ha acumulado sobre el hormigón hirviente a lo largo de la tarde. La escasa agua del regador ahora cocina todo eso lentamente mientras se seca, evaporándose. Así se expande esa fragancia; las feromonas sexuales del planeta, tal como se manifiestan en este local particular y preciso de su superficie. Especial: Aroma a crepúsculo de verano en Baradero. Exacto, preciso, definido y tan fascinante como el que brota del pan caliente que llega del horno de piedra en las enormes canastas de la panadería El vasquito.
Poco a poco, el sol se va escondiendo detrás de las cornisas y sobre los techos de cinc, esas chapas que crujen allí arriba y allá lejos, al fin de la calle, por donde se escapa el día cuando llegan a reemplazarlo las tinieblas de la noche. Al expirar las nubes que hoy han transitado por este cielo ventoso y venturoso, típico de la llanura bonaerense, estos cumulus ninbus se han hecho trizas en una miríada de cirrus —fragmentos color escarlata que se esfuman por los mas recónditos rincones de la bóveda celeste. Estas rayas rojas, anaranjadas, violáceas y púrpuras me recuerdan los campos arados que veo pasar desde el auto cuando viajamos por la ruta nueve. Cielo-y-pampa capicúa. Si Van Gogh hubiera sido baraderense y su paleta cromática, la del firmamento expresionista de mi pueblo, el desorejado habría vivido un orgasmo sublime en cada anochecer de su vida de artista. Pobrecito.
En este preciso instante la música de la publicidad oral se duplica en el eco cacofónico que se crea cuando se desincroniza el sonido. Sucede cada vez que la segunda bocina que propala desde el parapeto de La Suiza recibe la transmisión con un retraso de microsegundos con respecto a la original, que está instalada sobre la cornisa de lo Marconi. Entonces, un Bobby Darin esquizofrénico entona su Moritat con repetición casi simultánea. Así, como ahora, ¿oís? Jack the Knife and Mr. Hyde.
Algunos flacos acaban de llegar del Regatas. Fresquitos de la ducha tomada en el vestuario unos minutos antes, todos tienen todavía el pelo mojado. Miralos: se hallan sentados a dos mesas de afuera que han juntado de entre las más cercanas a la esquina del Hotel de las Naciones. Al lado de una de las patas de adelante de cada silla de cada tipo que bebe, descansan en el suelo los cubanitos hechos de cada toalla enrollada. Esta última a su vez empaqueta la malla de baño empapada. Coca-cola con fernet, Gancia con limón, gin con Paso de los Toros; dos vasos de vino blanco Suter. El cenicero CINZANO y los negros Particulares sin filtro. Trago, pitada y chamuyo.
Como en el escaparate discepoliano, el jeep irrespetuoso sin capota ha quedado olvidado en la vereda de enfrente. Juná: el utilitario guerrero ocupa una de las plazas de la parada de taxis, desafiando a Cepillo, el zorro gris. Desde la ochava de la Farmacia Italiana, este enano venal y repelente, mira alternadamente hacia la mesa de los vagos y hacia el vehículo mal estacionado —indeciso entre los potenciales vasos de vino de jeta que se va a tomar o la multa que reglamenta la contravención que debería escribir. El jeep mal parqueado de los caqueritos es el único vehículo de toda la cuadra. Debo decir, no toda. Ya cerca de la esquina de Anchorena casi tocan el cordón de la vereda las ruedas de cuatro o cinco autos allí detenidos con sus vidrios abiertos. Te apuesto ciento cincuenta mangos a que son de gente que los campanea desde las mesas de afuera del Sportman, y que toma más o menos lo mismo que los chantas de las mesas de afuera del hotel. Más que seguro. Si no, poné la guita acá y vemos.
Deben ser ya cerca de las siete de la tarde. No lo sé porque tenga en la muñeca un reloj que le afané a mi viejo este mes de la vidriera de la joyería. No. Lo sé porque observo a cuatro o cinco viejas de medallas colgadas al cuello con un collar hecho de cinta argentina —o sea, “Hijas de María”. Las veteranas cruzan la plaza por la diagonal que lleva hacia la iglesia. Van de mantillas en los hombros y misales en las manos porque a las diecinueve comienza la Novena de enero, una versión veraniega del rito de la Virgen María que inventó el padre Géner para justificar su laburo, entre asado y asado que se manduca con mucho tinto en alguna de las chacras cercanas al pueblo. El cuervo es el narcoléptico cura gaucho vernáculo.
Algunas pendejas hermosas caminan por el medio de la plaza, circulando por la misma dirección diagonal de las viejas, pero en sentido contrario. Estoy seguro de que no van a la novena ni vienen de la iglesia. Se acercan vestidas con polleras de ruedo arriba de la rodilla y blusas ajustadas sobre corpiños forrados y terminados en punta. Las hermosas abrazan carpetas y cartucheras contra los pechos que ocultan esos soutiens, o entonces las aprietan a la cadera derecha bajo sus manos y antebrazos. Señal de que son alumnas de la escuela profesional mixta, que aun durante las vacaciones funciona en el turno noche de la Escuela General San Martín. Están todas rebuenísimas esas minas. Aceptaría a cuaquiera de ellas; son todas divinas. Dame.
Es paulatino; los comercios van cerrando uno a uno. Entonces y como de la nada comienzan a surgir los autos que a esa hora dan la vuelta del perro extensa —esa que después de pasar por la plaza se manda por Santa María de Oro hasta O’Roarke, y por esa segunda calle llega al boulevard de la estación. Regresa por San Martín, pasa por mí, el buzón y la esquina de la plaza; sigue derecho por el mástil y le mete por la bajada hasta los muelles del puerto. Allí vibran las carrocerías, porque se hace una lenta curva al circular los automotores sobre los adoquines alrededor de los galpones. De ahí, dos opciones: de nuevo por la misma bajada o entonces a cimbrar un poco más por la subida de piedra. Anchorena todavía es de tierra en las últimas cuadras antes del boulevard así que aún no forma parte del cirtuito de la vuelta del perro. La cuarenta y uno no existe ni siquiera en los planes viales del país, así que tampoco. Eso será en el futuro, cuando yo sea grande. La vuelta extensa todavía se reduce a la zona central, urbanizada. Si fuera finde, por ahí hasta la nueve. Estacionarse y ver pasar el tráfico de la Panamericana. Y eso sería de día.
Renault 4L, Falcon, Rambler, Chevy, dos F-100, un Chevrolet 38 negro en buen estado, dos Siam Di-Tella; por último, el Valiant de mi viejo. No me ven o se hacen los que no me ven. Deben ir a la carnicería de Brandly o a la despensa de Nasif o por ahí al comisionista Formica. Lo dejo correr. Yo también me hago el sota. Musa.
¡Mono! ¡Mono! —en ese momento alguno de los del hotel me hace señas para que me junte a la barra. Cedo a la convocación de la inefable, infalible e infallable amistad pueblerina y empiezo a cruzar la calle. Dibujo mi propia diagonal, haciéndole yo mismo ahora señas a Paul Newman Panzera. Pienso pedirle que me traiga un expreso y una Bols en un vaso grande y con mucho hielo.
Un día más y un día menos.
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Pleasantville, New York, sábado 23 de mayo de 2020










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