
En política, las puestas en escena suelen ser un boomerang. Se construyen para tapar ausencias, para simular conducción o para generar la sensación de movimiento, pero tarde o temprano regresan con más fuerza y dejan al descubierto lo que intentaron ocultar: el vacío sigue ahí. Los espacios, es cierto, siempre se ocupan. Sin embargo, ocupar un espacio no implica resolver la ausencia de quien lo provocó, ni mucho menos reemplazar la falta de liderazgo, rumbo o comprensión de la realidad.
La política no es teatro, aunque a veces se le parezca. Cuando se confunde el escenario con la realidad, el decorado con la gestión y el anuncio con la solución, el resultado suele ser el mismo: una distancia cada vez mayor entre quienes gobiernan y la comunidad a la que dicen representar.
Eso es lo que hoy empieza a evidenciarse en Baradero. Quien conduce el Estado municipal y quienes lo acompañan enfrentan las consecuencias de una falencia central: la incapacidad para comprender cómo se mueve la comunidad, cuál es su orden de prioridades y cuáles son los problemas que verdaderamente estructuran la vida cotidiana de los vecinos. Cuando esa lectura falla, todo lo demás se desordena.
La comunidad no se guía por slogans ni por fotos prolijas. Se guía por necesidades concretas: seguridad, salud, trabajo, servicios que funcionen, presencia del Estado donde hace falta. Cuando esas prioridades no son entendidas, la gestión se vuelve errática y la política se transforma en un ejercicio de simulación. Se habla mucho, se muestra mucho, pero se resuelve poco.
Los vacíos que deja una conducción sin rumbo no permanecen vacíos. La sociedad los ocupa con malestar, con desconfianza, con organización espontánea o, directamente, con indiferencia. Y esa indiferencia es uno de los síntomas más graves para cualquier gobierno local, porque marca el quiebre del vínculo entre el Estado y la comunidad.
Baradero no necesita más puestas en escena. Necesita una política que vuelva a pisar el territorio, que escuche antes de anunciar, que entienda que gobernar no es administrar gestos sino prioridades. Cuando la política recupera esa sensibilidad, el escenario deja de ser necesario. Cuando no, el boomerang siempre vuelve.










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