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Illia y la causa nacional

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Illia y la causa nacional

18/01/2013

Categoría: Opinion, xHoy2

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Hace 46 años la antipatria autoritaria y antidemocrática derrocaba -mediante el reiterado método golpista- el gobierno popular, progresista y profundamente nacional de Arturo Illia. En aquellos días, como parte de la campaña de acción psicológica que precedió al golpe de estado, se intentó colocar al gobierno en el papel de una gestión «débil», que abría paso a la «anarquía» y al «avance del comunismo», y a su presidente, como un «buenudo» cuya única virtud era ser honesto. Por cierto que Illia era honesto y extremadamente austero, pero no era solamente eso ni lo derrocaron por esas supuestas flaquezas. Todo lo contrario, lo derribaron por su fortaleza. Porque fue fuerte para anular los contratos de petróleo y terminar con el saqueo de nuestros recursos hidrocarburíficos. Porque reflotó a YPF y la hizo grande. Porque fue fuerte para sancionar la ley de medicamentos o la llamada ley «Oñativia» que desnudó la impudicia y el robo que perpetraban los grandes laboratorios internacionales. Porque se negó a enviar tropas a Santo Domingo para no convalidar la invasión norteamericana a ese país hermano. Porque abrió el intercambio comercial con China comunista. Porque jerarquizó y respeto a rajatabla la autonomía de las Universidades Nacionales. Porque aumentó la participación de los trabajadores en la distribución de la renta nacional. Porque levantó la proscripción electoral que pesaba sobre el peronismo, legitimando en la marcha su gobierno, que había llegado de elecciones de las que no participó el justicialismo. Alguien puede suponer que esta enumeración tiene solo un sentido narrativo o simplemente enumerativo. Para nada. Se trata de repasar nuestra historia, porque si no la conocemos, no tenemos ninguna posibilidad de tener una ideología y hoy hay, desgraciadamente, hasta dirigentes, que ostentan representaciones electivas o partidarias, que  ignoran estas acciones del pasado y por eso navegan como hojas al viento sin saber de dónde vienen y hacia dónde van. Por esa razón, también se les hace imposible hilvanar un relato coherente y en línea con lo que han sido los valores más significativos de nuestra identidad política. En efecto, el radicalismo fue grande cuando fue fiel a sus principios transformadores, nacionales y populares. La firmeza y la adhesión de Hipólito Yrigoyen a lo que denominó «la causa» del pueblo, nos permitió transitar décadas de la historia nacional como un gran partido. La valentía y el apego de Arturo Illia a la defensa del interés de la nación -confrontando con las corporaciones antinacionales- fue la bandera que, después de su derrocamiento, nos sirvió a una generación de radicales para mostrarnos orgullosos y sólidos para disputarle a cualquiera la coherencia en defensa de la democracia y de los intereses populares y llegar a 1983, con Raúl Alfonsín, para repetir la historia. Otra vez un gobierno radical no claudicó. Hicimos lo que teníamos que hacer para consolidar la democracia aunque esto significara enfrentar intereses corporativos. Illia tuvo como enemigos principales y destacados a los de siempre: el gobierno imperialista de los EEUU, a Faustino Fano titular, en aquel entonces, de la Sociedad Rural, a las cúpulas militares, a lo que el propio Don Arturo definió como las veinte manzanas que rodean la Casa de Gobierno, a las empresas petroleras, a las que desapoderó de sus negocios espurios y al diario «desarrollista» que las representaba (¿adivinen cuál?). Por supuesto, en esa lista no faltaban los laboratorios medicinales extranjeros y hasta se repiten nombres que hasta hoy siguen «pontificando» cómo manejar los intereses de la patria, como es el caso de Mariano Grondona. Illia era afable, sereno, dialoguista, escuchaba como pocos, tolerante, democrático, no era confrontativo ni crispado. ¿Le sirvió eso para que los grupos concentrados no arrasaran con su gobierno y junto con él con las libertades publicas? Evidentemente no. Por eso no hay que discutir «modales» sino «modelos». Hay que definirse por políticas y contenidos. Hay que dejar atrás un radicalismo disminuido o acomplejado. Hay que abandonar la insignificancia de un partido resignado por no querer reconocerse a sí mismo como el partido de Arturo Illia, pero no solo el del Illia «republicano» sino y por sobre todas las cosas, el del Illia progresista, popular y esencialmente nacional.

Leopoldo Moreau

 

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