
Las estanterías del almacén Ferrara.
Su vida comenzó a agotarse poco a poco en la década del 60 cuando llegaron a nuestro país las primeras cadenas de supermercados. Algunos almaceneros, de ellos se está hablando, lo advirtieron de inmediato y trataron de convertirse también ellos y, no pudiendo ser supermercados, fueron autoservicios y con ciertas facilidades, algo de ingenio y también un poco de suerte, lograron subsistir y, en casos, hasta prosperaron.
Otros, en cambio, decidieron seguir «con la de ellos» y continuaron la tradición familiar, pero la realidad terminó arrinconándolos, reduciéndolos hasta el punto de ser, como ahora, una curiosidad.
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Despensa Martig
Los almacenes cumplieron una función importantísima dentro de la comunidad, no los había en cantidad y la población se concentraba en ellos para adquirir las mercaderías cotidianas. Para rememorar esas épocas, El Diario conversó con Luis Martig, «Caíto» para todos sus conocidos, quien hace más de 60 años que está detrás del mismo mostrador, el de su despensa y almacén de calle San Martín al 1000, negocio que fuera de su abuelo y de padre y que hasta el presente atiende él.
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Martig relató cómo se inició el comercio familiar; su padre era empleado de la Unión Telefónica empresa de origen inglés, antecesora de ENTel., había sido trasladado a la localidad de Tornquist y su abuelo, Belesía, trabajaba como comisionista a Buenos Aires para lo que, como otros que hubieron, partía en el tren de las 4:20 a la Capital y regresaba por la tarde a Baradero. Don Belesía, además de las comisiones que hacía, traía bolsas de café «Richmond» que compraba en Retiro y revendía en Baradero y los mismo con otras cosas hasta que un día, Martig padre, su yerno, le confiesa desde Tornquist que extrañaba Baradero y no se adaptaba a la vida en el lejano lugar. Belesía le dijo entonces que volviera a Baradero para hacer comisiones de a dos; viajarían un día cada uno a Buenos Aires y se arreglarían para vivir.
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Las comisiones eran suficientes, pero cada día aumentaba la mercadería que al regreso traían a Baradero, eso hizo que decidieran abrir un almacén para ñla venta. Una de las cosas que llegaban eran los fideos frescos; en nuestra ciudad, era el año 1938, no había fábrica de pastas por lo que los viernes llegaban desde la Capital Federal, unos 150 kilos de fideos frescos que se pesaban en fracciones de 500, 750 y 1000 grs., se envolvían en sus respectivos paquetes de papel blanco atados con hilo de igual color.
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Caíto comenzó a ayudar en el negocio familiar a partir de los 9 años y, cuando terminó de estudiar perito mercantil y se disponía a iniciar una promisoria carrera bancaria, su padre enfermo del corazón a tal punto que no podía realizar el más mínimo esfuerzo sin riesgo para su vida. Caíto decide entonces postergar la carrera bancaria y dedicarse a la atención del almacén sin siquiera sospechar que la postergación sería para siempre y que, pasados los años, se encontraría hasta ahora tras el mostrador de siempre.
Confiesa que ya no vive de la venta al mostrador y que, casi increíblemente, conserva la representación de los productos de panificación Calsa, inicialmente sólo levaduras que comenzó trayendo a Baradero su abuelo, en la época de comisionista, cuando en Baradero había muy pocas panaderías que necesitaban de ella. También el comercio es proveedor municipal y de los comedores escolares de manera que entre todas esas cosas, puede seguir viviendo de su negocio, el que por cuestiones del destino culminó siendo su vida misma.

Madre e hija, las actuales responsables del comercio.
Almacén Ferrara
Los orígenes del almacén «Ferrara», ubicado en F. Justo Santa Ma. de Oro y Pedro Ignacio de Castro Barros, se remontan hacia la década del 40 cuando el fundador, don Ferrara, se desempeñaba como cocinero del comedor de trabajadores de «La Alcoholera» (hoy Atanor). Cuando se acercaba la edad de retirarse, pensó en abrir un almacén para lo cual modificó su casa de familia anexándole un gran salón que, hasta hoy, es el que se usa para que funcione el almacén, comercio tradicional que todavía hoy mantiene viejos clientes que usan la clásica «libreta» en la que se anotan las compras.
Fallecido su fundador, continuó su hijo, Julio Ferrara al frente del negocio durante largos años y hoy atienden el mostrador, su esposa y su hija Laura que mantienen vínculos con todo el barrio que acude a comprar como antaño.
Relata la señora Reynold de Ferrara, que el actual local de almacén, al momento de su apertura se encontraba en un páramo, muy pocas casas, la sodería de Querzoli, la Escuela de Comercio y baldíos en su mayoría. Hoy cuesta imaginarse que esa zona, hace 70 años, era casi un descampado.
Este almacén, junto al de Martig, son los dos más antiguos que aún perduran en la ciudad, aunque existe otro, de menos antigüedad en la zona de la estación, del que El Diario también se ocupará. Con él se agotan los últimos almacenes que resisten el avance de la modernidad conservando cierto aire de un pasado que se resiste a desaparecer.
El Diario de Baradero
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