Las próximas elecciones presidenciales muestran una particularidad que se ha dado en otras ocasiones a lo largo de nuestra historia. Una cláusula de la Constitución Nacional impide la reelección por un nuevo período de la actual Presidente de la Nación. Se pretende mediante esa medida, lograr lo que los medios del «establishment» y sus lamebotas llaman «la alternancia en el poder», pero que bien mirado no es más que el intento de despojar al pueblo de su cuadro político más importante: la señora Cristina Fernández de Kirchner.
Los que hablan a diario y a todas horas de democracia, hacen como que no advierten que mediante la cláusula se logra que todos los argentinos puedan ser electos presidente menos uno; en este caso la nombrada señora.
En el año 1922 concluía el primer período presidencial de Hipólito Yrigoyen que se había iniciado en 1916 cuando, tras una larga lucha y Ley Sáenz Peña mediante («la tremenda encrucijada del cuarto oscuro», al decir de los conservadores de entonces), llegaba a la presidencia el caudillo radical representante de los sectores populares. La oligarquía, apelando a cuanto recurso tuvo a su alcance, había impedido la libre elección del presidente hasta que ya no pudo resistir, pero consiguió que don Hipólito llegara a la presidencia siendo ya un hombre anciano.
Fue entonces que, además, se aprovechó la famosa «alternancia» para introducir a Marcelo Torcuato de Alvear, representante de la corriente conocida como «galeritas», políticamente alejada de los sectores yrigoyenistas y más cercana a la de los conservadors derrotados en las urnas.
Juan Domingo Perón reformó la vetusta constitución del año 1853 y la reemplazó por la de 1949, cuyo principal redactor, don Arturo Sampay, es tenido hoy por uno de los juristas más destacados de cuantos tuvo nuestro país. Esa modificación, entre muchas otras francamente revolucionarias, permitía la reelección presidencial. Perón había advertido que era necesaria cierta continuidad y mutó los seis años primitivos por los cuatro con reelección; el golpe pro imperialista de 1955 impidió el término de su mandato con las consecuencias políticas y sociales que todos conocemos y hasta ahora padecemos.
Hoy se intenta, mediante la exaltación mediática de falsos valores, impedir que el pueblo vote a la persona que mejor lo representa: Cristina Fernández. Si tanto se quiere la democracia, ¿qué mejor entonces que dejar que el pueblo se exprese con la más absoluta libertad y elija a quien desea?
Parece que para algunos la alternancia es una cuestión de estado superior a los intereses de la Nación. Si se sometiera a referéndum la idea, se sabe cuál sería el resultado y, precisamente, esa es la preocupación de los que buscan medrar en las tinieblas. Creían que el desgaste iba a jugarle en contra a la presidente y que los números estarían a favor de los candidatos que ellos impulsan, pero las encuestas dicen otra cosa.
Quizás el candidato oficialista a la presidencia resulte electo y mantenga firme el rumbo trazado, pero es indudable que las fuerzas de la reacción tienen la esperanza de que, alternancia mediante, quien deba reemplazar a la candidata que el pueblo desea votar, sea más débil en sus convicciones, más permeable a las presiones, en fin, más del gusto de los intereses que siempre, agazapados o desembozadamente, pretenden ser los que, sin alternancia alguna, manejen las palancas del poder.
G. M.











Comentarios de Facebook