El ministro de Hacienda Prat Gay, días antes de serlo, se encargó de anunciar que se necesitarían 14 pesos para obtener un dólar o, si se quiere, el que tuviera un dólar, recibiría por él $ 14 y no ya los casi $ 10 que obtenía hasta el 10 de diciembre.
Alertados por esas palabras, los industriales, comerciantes, importadores y demás, ni lerdos ni perezosos, se lanzaron a una alocada carrera de precios que aún no ha culminado mientras el gobierno, fiel a sus principios, deja que se produzca «el libre juego de la oferta y la demanda» que significa el zorro, libre, en el gallinero, libre.
Al serle quitados los impuestos al sector agropecuario, éste está de parabienes, los importadores felices porque a ellos también se los ha favorecido al eliminar restricciones y los comerciantes, acostumbrados a un país en el que han ocurrido estas cosas, ya saben cómo defenderse: remarcando lo justo y algo más para cubrirse. Por las dudas ¿vio?
Lo anterior significa que industriales, agraristas, importadores, comerciantes y algunos más como los bancos que, al igual que los gatos siempre caen parados, se han favorecido.
Si las cosas continuaran de la misma manera en todos los sectores, se llegaría a un nivel de paridad absoluta que nos llevaría a estar igual que antes de la devaluación y que, en tal caso permitiría preguntarnos para qué diablos se hizo la devalución si, al final, estamos en la misma. Ahí está el meollo, el quid de la cuestión. Para que la devalución sirva a los fines que se propusieron quienes la llevaron a cabo, hay algo que no hay que permitir que se adecue al nuevo valor del peso, y esa cosa no es otra que el salario.
En síntesis, para algunos pocos, los de siempre, facilidades, quita de impuestos, mejoras. Para el que vive de un sueldo… historia conocida: «ajo y agua».
G. M.











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